Dicho texto lleva un pequeño preámbulo y, en éste, aparecía una chica a la que, a pesar de tener novio, sólo había dos cosas en el mundo que le causaban respeto: las víboras y las vacas.
Pero he aquí que a un amigo de Valencia, llamado Agustín, las víboras no le llamaron la atención, y sí la chica y las vacas. Lo cual me sorprendió sobremanera, porque el motivo del relato no eran ni la chica ni las vacas, sino las víboras. Total, que me vi en la necesidad de escribir unas líneas sobre las vacas, que he recuperado para exponerlas aquí:
Con un abrazo
De vacas y de víboras
¿La chica? Mal puse el ejemplo, compañero, si, queriendo yo atraer la atención sobre las víboras, tu te has fijado en la chica y en las vacas... Y de ahí, por no sé qué vericuetos de la imaginación, has llegado a la maldad de la primera, conectando así con la víbora, y a la bondad de las segundas, concretándola en el queso y en la leche y olvidándote por completo del arado y de la carne Y digo yo: ¿es que no has oído hablar nunca del estofado de vaca?
Pues bien, el miedo es libre, querido Agustín, y hay vacas y vacas. En Muelas de los Caballeros ha habido algunas torcidas y éstas han infundido siempre cierto respeto. La de Severiana, a la que yo he tenido el gusto de conocer personalmente (“el gusto es mío”, mugía ella sin disimulos), es una digna representante de estas últimas. Lo sé de buena ley, pues amén de ser su vecino ocasional, fui sufridor indirecto de una de sus embestidas. Las víctimas, Rosa y Charo, que son respectivamente mi mujer y mi hermana. Eran vacaciones de Navidad, estábamos en días de matanza, hacía frío, había nieve en las calles… Por encargo de mi madre, Rosa y Charo habían ido a buscar a una casa vecina la máquina de picar los chorizos, que va sobre una tabla como las leyes de Moisés, aunque ésta era más larga y más estrecha y su propietaria era Bea, la tendera del barrio.
Y ahí vino el problema porque la vaca, que las guipó desde lejos, al acercarse las embistió como un toro despendolado. Instintivamente, ellas soltaron el armatoste, se pusieron a correr y, por fortuna, llegaron salvas a casa. Eso sí, llegaron con angustias, con pálpitos, con histerias, con sofocos... Y también llegaron descalzas, como carmelitas, ya que los zapatos, al correr, se les habían perdido en la nieve.
Dicho lo cual, podríamos llegar a la siguiente conclusión: con vacas como ésta ¿para qué temer a los toros y a las víboras? Pero no, lo que decimos es que, al lado de los toros y las víboras, las vacas son postes de la luz, incluidas las de peor catadura. Por no decir mansedumbres, que en realidad es lo que son, sin necesidad de ir a
la India a sacralizarlas. En efecto, las vacas son nobles y buenas. Y dan leches y carnes y alegrías. Además, son trabajadoras infatigables y tienen un aspecto de bondadosa pesadez ¿Cómo van a dar miedo con esa pinta, a pesar de su cornamenta descomunal y más o menos desparramada?
No, miedo exactamente no dan. Dan coces. Acaso a veces dan risa... De hecho, yo me he reído mucho con la historia de mi mujer y de mi hermana. Me reí sobre el terreno, cuando vimos que todo había quedado en un susto. Y, desde entonces, me río cada vez que se la recuerdo a Charo y a Rosa. A decir verdad, ellas son las primeras que se desternillan, olvidándose de que pudieron ser corneadas, arrojadas por los aires, machucadas contra el suelo y finalmente “esmurniadas” (*) (Este localismo lo decía mucho mi madre, pero ella no le ponía comillas)
En cuanto a los toros, siempre me he admirado de que un solo macho pudiera cubrir a tantas hembras. ¿Doscientas, trescientas? Con días por delante, claro. El apareamiento es interesante de ver, especialmente cuando la vaca se encorva, porque ello quiere decir que ha llegado al orgasmo. Los toros son hermosos y fuertes. Eso sí, hay que mirarlos de lejos. Las víboras no me han hecho nunca reír...
¿Y la chica? La chica era buena, muy buena, casi óptima, casi pluscuamperfecta. Lo que pasa es que la declaración de sus miedos está un tanto sacada de contexto. De todos modos, hay que estar delante de una vaca en un callejón estrecho y con una difícil salida ¿Te sitúas, Agustín? La inmensa mole que crece, los cuernos que se agigantan, las aguas que empiezan a fluir por los fondales...