Quintanilla, Zamora. Foto JM. Piña
Otoño en la fragua
Jacinto y Tiburcio pasaron
la adolescencia y gran parte de la juventud encerrados en un seminario, donde
estudiaron religión, música, latín, filosofía y otras muchas cosas. No se hicieron curas porque, llegado el momento,
se percataron de que realmente no tenían vocación sacerdotal, aunque estuvieron
muy a punto. Así que regresaron al pueblo, donde sólo había casas y campo:
pocas casas y mucho campo. En una de esas casas, de planta baja, su padre había
puesto una fragua que luego abandonó por enfermedad. Ellos la heredaron y la
convirtieron en una forma de vida. No es que fuera muy buena, pero el trabajo
tampoco les mataba. Además, estaban siempre juntos y, entre martillazo y
martillazo, tenían mucho tiempo para filosofar, porque, eso sí, los dos se
consideraban filósofos, tal vez un poco poetas. Y puede ser que lo fueran
porque en el pueblo nadie les acababa de entender...
