miércoles, 4 de julio de 2018
Palomas desprendidas de un alero de barro
domingo, 18 de septiembre de 2016
Del agua que somos a la gaseosa del vino
martes, 13 de agosto de 2013
La aldea
jueves, 1 de noviembre de 2012
Del dolor de la muerte: van cayendo las hojas
un sahumerio de amor, un vaho
dulce que brota en la ceniza...
La relativización, la temperancia, el desapego... son algunas cosas que, a cambio de juventud, nos van dando los años. Desde ellas, y llegado el momento, se puede razonar el dolor de la muerte, aceptando con serenidad que nada es del todo.
domingo, 29 de abril de 2012
Amar
domingo, 15 de abril de 2012
El viaje
miércoles, 16 de noviembre de 2011
El burro, el fuego, el carro, el barro… Y el olvido
jueves, 15 de abril de 2010
Palomas desprendidas de un alero de barro
Palomas desprendidas de un alero de barro
La palabras que dejo a continuación, en cursiva, pertenecen a un pequeño prólogo del libro “Palomas desprendidas de un alero de barro”, incluido en “Azumbres de la noche”. Fueron escritas en las proximidades del año noventa. No es un texto del que, formalmente, me sienta especialmente orgulloso, sino que tira más bien a normalito. Lo que sí me parece destacable es que, a pesar de haber cruzado yo la barrera de los sesenta años, hoy podría afirmar exactamente lo que en ellas se afirma. Y es que, para bien o para mal, hay cosas que uno no puede elegir, sino que, invocando una vez más a JL Borges, son ellas las que eligen por uno.
sábado, 6 de febrero de 2010
Como barro
Como barro
Entre la poesía amorosa de Miguel Hernández, que es abundante y buena, hay un poema de marcado estilo gongorino que, con forma de octava real y fondo de pecado y de serpiente, a mí me ha llamado siempre la atención, especialmente por la contundencia de sus dos últimos versos, en los que -más allá de la alusión a determinadas supersticiones-, hay una altísima carga de sexualidad:
En tu angosto silbido está tu quid,
y, cohete, te elevas y te abates;
de la arena, del sol con más quilates,
lógica consecuencia de la vid.
Por mi dicha, a mi madre, con tu ardid,
en humanos hiciste entrar combates.
Dame, aunque se horroricen los gitanos,
veneno activo el más, de
los manzanos.
En la última página del universal libro de la lírica, donde está escrita la poesía amorosa de los poetas de todos los tiempos, aparecen estos versos míos que muy escasamente llegan a formar un poema:
Fruta del frutero
no la quiero.
Yo la quiero del árbol, apetente,
con engaño mortal de la serpiente.
Con las debidas distancias en cuanto a la calidad de los respectivos ejemplares, la carga sexual es aproximadamente la misma. Y eso es justamente lo que a mí me interesa destacar para colgar el soneto que dejo a continuación, de cuya lectura se desprende que, en las relaciones amorosas, el barro es un elemento indispensable.
COMO BARRO
Como barro te quiero, como arcilla,
sin tamiz ni remiendo ni censura;
con la esencia mortal o levadura
con que fue modelada la costilla.
Te requiero mujer, no mantequilla
ni artificio de libro o de pintura.
Que te abunden en barro la cintura,
la cadera, los pechos, la rodilla.
Porque barro naciste, de semilla
que fue barro anterior en andadura
al barniz, al disfraz, a la cultura.
Y del barro tuviste la mancilla
que yo quiero ensanchar hasta la orilla
de la tierra final, la sepultura.
Del libro El cielo se hizo de amor (1986)
Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios



