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martes, 21 de enero de 2020

Puede que tuviera un cierto estilo, pero afición no tenía ninguna.


Mariano, Muelas de los Caballeros, 1969


Puede que tuviera un cierto estilo, pero afición no tenía ninguna.

A la vista de esta foto, cualquiera diría que soy aficionado a la caza. Pero nada más lejos de la realidad. Ni siquiera sé qué ha sido de la escopeta con la que estoy apuntando y que quería dejarme mi padre en herencia, una sarasqueta del 12 de la que él estaba enamorado, si así puede decirse de la íntima relación de un hombre con un arma de fuego. Por cierto, mi padre era un cazador de buen tino. Él lo solía decir de este modo:

jueves, 10 de mayo de 2012

Octubre del 67



 
 Huerta Muelas. Foto familiar. Antonia detrás del objetivo. Tere no estaba



Visita en Facebook la página “Propósitos adversos”

Octubre del 67

“No se dispute esa liebre,
que tiene amo”

-¡Qué disparate! ¿Se puede saber a quién le disparaba ese hombre?
-Cuidado, chaval, que ese hombre no es Franco, sino mi padre
-Entonces rectifico la pregunta: ¿Se puede saber a quién le disparaba tu padre con esa magnífica planta de cazador y esa sarasqueta del 12 que él te quiso dejar en herencia?
-¿De veras quieres saberlo? Pues mira, muchacho: deduce, juzga, pon el magín a trabajar y conclusiona:

“En un zarzal, dos palomas
alegremente zurean.
Ignoran que les apuntan
los caños de una escopeta”

-¿Insinúas que tu padre disparaba a las palomas? ¡Qué horror! ¿Y qué palomas eran, si puede saberse? ¿Tórtolas, torcaces, mensajeras? ¿La de la Paz establecida, con su ramita de olivo? ¿La de Picasso, que algunos convirtieron en tanque? ¿La de Alberti, que viajaba con nuestras iniciales en el pico? ¿La de Antonio Molina, que era tan blanca como la nieve? ¿La de Antonio el de tu pueblo que, además de llamarse Paloma, era vaca marela? ¿La del Obispo de Roma, que era una paloma en espíritu, trinitaria e hipostática? Pero, vamos a ver: ¿disparaba tu padre en realidad, o solamente apuntaba?

“Y el cazador, ¡va, que viene!
ya no contiene
la espera.

Tris, tris, apunta.
Pum, pum, aprieta.
El fuego sale a montones
de los cañones
de la escopeta".

-No sé. Lo que está claro es que, en los concurrentes, concitaba más interés el indiscreto objetivo de la cámara -que manejaba diestramente una Monja-, que los presuntos disparos de mi padre, hecho que queda demostrado tanto en la actitud de mi madre, con su brazada de berzas desmochadas, como en la de mis hermanos y la mía, que ni siquiera requiere explicación. Además, en el lugar hacia el que apuntaba mi padre no había zarzales ni palomas ni mucho menos zureos, puesto que en tal dirección sólo estaba el pozo, aquel que tenía un hermoso brocal de granito y que unos años más tarde me iba a dar mucha pena, tanta como las mieles que fueron y han dejado de ser, tanta como los sueños estrellados contra ciertos amaneceres tenebrosamente inhóspitos y oscuros.

Sí, sí…

¡QUÉ PENA!

Qué pena tengo en los campos
rendidos a la maleza.
Qué pena tengo en las hoces,
qué pena tengo en la siembra.

Y en los caminos truncados
¡qué pena!

Qué pena tengo en los surcos
borrosos de las roderas;
y en las sonatas del carro
y en el jaez de las yeguas.

Y en las veredas del río
¡qué pena!

Qué pena tengo en los ojos
de remirar tanta ausencia:
manales, zachos, traíllas,
bigornias, entalladeras...

Y en los olores del heno
¡qué pena!

Qué pena tengo más honda
en el hondón de la huerta:
tomates, habas, cebollas,
patatas, ajos, cerezas...

Qué pena y pena más grande.
¡Ay, ay, qué pena!

Del pozo que daba el agua,
del agua que era tan buena.
Y del caldero herrumbroso
que aún pende de la polea.

Del libro “Trozos de cazuela compartida”

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

lunes, 14 de marzo de 2011

Lobos: del miedo a la admiración

Foto tomada de internet sin ánimo de lucro

Lobos: del miedo a la admiración

La primera noticia directa que yo tuve del lobo fue una tarde de nubes y olor reciente de lluvia. Según calculo ahora, basándome en acontecimientos familiares de muy difícil olvido, habrían pasado siete años desde el día de mi nacimiento. Por un asunto de tratos en ganadería, de los que a mí me llegaba únicamente el enternecedor balido de los corderos, mi padre había ido a un pueblo de lo que para mí era entonces la ultramontana Cabrera, más allá de Velilla, donde había un lago azul, un pico muy alto, llamado Vizcodillo -que en agosto conservaba intacta la nieve-, y un lejano tufillo de supersticiones y fantasmagorías, no muy bien definidas, entre las que estaban las historias espeluznantes del lobo y los mágicos ululares de ciertas almas en pena, a cuya sombra se cobijaban los forajidos y malhechores.