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Disquisiciones sobre la rosa
Hace unos días le envié a mi amigo Ramón Hernández Martín, teólogo y filósofo, este pequeño texto sobre la rosa que pertenece al libro Los territorios de la inocencia (2014)
La rosa
En la clase había alumnos de varias profesiones y creencias. Todos eran
mayores y trabajaban, al menos, ocho horas al día. Pero estaban allí porque
querían mejorar el estatus, aunque algunos de ellos no supieran muy bien lo que
era el estatus.
-Maestro-dijo de pronto el soñador- quiero que nos hables de la rosa.
-¿Qué rosa, muchacho? –respondió el maestro un tanto escépticamente. Y
añadió- ¿La del jardinero, que la cultiva? ¿La del revolucionario, que la
persigue? ¿La del poeta, que la canta? ¿La del místico, que la espiritualiza?
¿La del transido por una espada de amor, que la convierte en una baba constante
y objetivamente indigesta?
-La rosa de los sueños, señor, la de Platón y Milton y Alejandría.
-Toda rosa es efímera, señor crédulo, incluso la que Coleridge trajo
directamente del Paraíso.
-No estoy tan seguro como tú, Maestro. La rosa es metáfora de la vida, que
se renueva. Y al mismo tiempo es sueño, y el sueño es promesa e incitación.
El maestro adoptó una interesante postura de pensador o de filósofo en
trance y, tras un largo y hondo silencio, dijo:
-Tú no quieres que te hable de la rosa, ¿verdad, muchacho? Tú quieres que
te diga simplemente que la rosa es eterna…
Dicho lo cual, adoptó un aire de suficiencia y se dirigió a la muchedumbre
de los alumnos, a los que inquirió retóricamente:
-Muchachos: ¿Es eterna la rosa? ¿Es inmortal?
Pero éstos permanecieron cabizbajos y silenciosos. Tenían ganas de irse
cuanto antes a sus casas. Eran más de las once de la noche, no habían cenado
aún y al día siguiente tenían que levantarse muy pronto para acudir
puntualmente a su cita con el trabajo. Cuando el maestro dijo que la clase
había terminado salieron todos en estampida. Todos menos uno, al que parecía
que le pesaban considerablemente las piernas.
Era verano, hacía calor y no se sentía capaz de afrontar el estrepitoso
fárrago de las calles para ir a su casa. De manera que se dirigió al parque más
próximo, se instaló cómodamente en un banco y se quedó profundamente dormido.
Le despertó una algarabía de pájaros que cantaban la mañana sobre su aún
entumecida cabeza. Muy cerca de él, un jovial jardinero silbaba
desentendidamente mientras regaba un magnífico parterre de rosas. Tomó una de
ellas y, dirigiéndose al soñador, se la ofreció diciendo:
-Toma, esta es la rosa de Ronsard, la que se marchita siempre en el pecho
de la persona amada.
La tomó en sus manos, la apretó contra su pecho y exclamó: “Te marchitarás
junto a mí y serás viento y paloma. Así tendrás ocaso y amanecer, muerte y
resurrección. Tendrás pasado, pero también presente y futuro”.
No volvió a clase, tampoco a casa. ¿Tenía casa? En una pequeña nota
marginal, el periódico local informaba de que un hombre había amanecido muerto
en un banco del parque de los vagabundos y que sostenía una rosa en la mano.
Añadía que la tenía tan apretada que le había hecho un pequeño surco de sangre.
Esta fue su respuesta:
Excelente trabajo, amigo Mariano, y hermoso despliegue de la rosa, con un final
totalmente desdramatizado. Estaría bien que un día me sirviera para una
reflexión sugerente para el blog, ya veremos. Viniendo al pensamiento de Eladio
Chávarri, él se expresa de forma parecida refiriéndose a la manzana y a la
luna, seres, como otros muchísimos, que se revisten de tantas entidades
(ontológicas, valga la redundancia) como referencias hacen a las distintas
vertientes o dimensiones humanas. Puede que lo más hondo y atrevido de Chávarri
haya sido haber hecho trizas la metafísica aristotélica al hablar del ser, pues
al famoso "operari sequitur esse"(el obrar sigue al ser) él ha
añadido y probado por activa y pasiva que también "esse sequitur
operari" (el ser sigue al obrar), pues cada relación valiosa que
establecemos con cualquier ser nos transforma, nos añade entidad, nos hace un
"esse" distinto, más rico si lo añadido es un valor, más deteriorado
si es un contravalor. También transforma el ser y lo hace distinto en cada
relación con nosotros. Como tú mismo expones maravillosamente, siendo la rosa
una, su potencialidad la convierte en muchos entes distintos, tales como los
que perciben, por ejemplo, el poeta, el enamorado y el decorador. Un gran
abrazo agradecido por ser para mí un excelente "valor".
Y esta fue mi réplica
Gracias,
Ramón. Desde un punto de vista poético, la rosa es un esse fundamental,
aunque esta aserción ontológica no sea coincidente con la metafísica aristotélica.
Y, en todo caso, yo no sé pensar filosóficamente la rosa, ya que no dispongo de
los necesarios conocimientos para ello. Dicho de una forma general, el campo de
la poesía es la intuición, al menos en una buena parte. “El mundo irracional es
muy rico y a los poetas nadie les pide demostraciones ni responsabilidades”.
Lo que sí sé es que las flores en general, y
especialmente las rosas, son “bálsamos
para paliar las tristezas y aguijones para estimular las alegrías”.
Me gusta cómo has
llevado el “esse sequitur operari” eladiano a la potencialidad de la rosa en
mi pequeño texto sobre la misma, porque, efectivamente, aunque la rosa sea una,
sin duda es percibida de muy diversas maneras por ditintas sensibilidades. Y a
propósito de la unicidad, “¿qué importa que una rosa se marchite
cada segundo si hay otras que nacen de manera continua e incesante?”.
En cuanto a la luna,
no creo que exista un solo poeta que no haya puesto en ella sus ojos y, con sus
ojos, su alma y todo su ser. Lógicamente, las percepciones sobre ella serán también
tan distintas como distintos son los enfoques de cuantos la miramos, si es que realmente
lo hacemos, porque en mi poema “La luna” yo mismo hago, con riguroso
escepticismo, la siguiente afirmación: “Ya nadie mira a la luna / la luna ya no
es de nadie / ya no la llenan de besos / ya no la bañan con sangre”. Te dejo aquí
el poema completo. Con un abrazo 14-05-2026
La luna
A Federico García Lorca
Ya nadie mira a la luna,
la luna ya no es de nadie;
ya no la cubren de besos,
ya no la bañan con sangre.
Ni ya le escriben poemas,
ni ya le clavan puñales;
ya no hay tragedias de amores,
ya no hay amor, no hay amantes.
Ya pasa sola la luna,
ya pasa sola, sin nadie;
ya no amontona secretos
ni alumbra sueños, como antes.
¿Adónde fuisteis, poetas,
adónde fuisteis, amantes,
que la dejasteis sin versos,
que sin amor la dejasteis?
Ya no es de nadie, ni es luna,
la luna que ahora nos sale;
porque es un círculo sólo,
y sólo un círculo errante.
Sólo un castillo arrumbado,
sólo un recuerdo distante;
sólo una historia en un libro,
sólo una estatua en un parque.
La luna no será luna
sin corazones que amen;
sin pensamientos que vuelen
y sin poetas que canten.
Y es esa luna, lunero,
la misma luna, no obstante,
que tú metiste en los versos
porque era tuya una parte.
Pero los hombres son otros
y otras las cosas que valen;
y otros los ojos que miran
y otras las formas de amarse.
La luna no será luna,
porque la luna es mirarse:
asesinar con los ojos
hasta el dolor de la sangre.
Del libro El cielo se hizo de amor (1986)
Finalmente, Ramón ha concluido con estas reflexiones:
Buenos días, Mariano. Poco más puedo sugerir a la densidad de vivos
sentimientos que lanzas a través de esas maravillosas catapultas que son tanto
la rosa como la luna. Hay tanta densidad de ser en este mundo que, por mucha
hambre que tengamos de verdad y belleza y por muchos atracones que nos
peguemos, nunca terminaremos con ellas, pues, siendo seres abocados a la
plenitud, en la trayectoria de Eladio estaremos siempre inacabados
(insatisfechos) hasta que la muerte, cuando esta vida nuestra deja de ser tal,
nos despliegue toda esa verdad y belleza. Paradójicamente, es esa
insatisfacción o esa condición de inacabados lo que hace posible nuestra
condición de hombres y nos mantiene vivos, pues si la humanidad alcanzara la
perfección en la historia, se acabaría la historia. En fin, amigo, buen ánimo,
y adelante, a seguir manando abundante agua fresca en el tórrido desierto en el
que parece que ahora nos encontramos. Un fuerte abrazo.


Sin comentarios, pues mi capacidad de reflexión ya está muerta. Os leo a los dos y disfruto con vuestras reflexiones. Se ve que, teniendo más o menos la misma edad, en mi el hacha del Parkinson ha hecho mella. Mientras pueda, seguiré vuestras huellas.
ResponderEliminarUn gran abrazo