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jueves, 28 de abril de 2011

La caída del guindo

Foto tomada de internet sin ánimo de lucro

Queridos amigos:

Tal vez este pequeño artículo se comprenda mejor ahora, cuando las dificultades nos han abierto los ojos, que en febrero del 2007, cuando la exuberancia del bosque no nos dejaba ver el desierto que se abría ante nuestras propias narices.

Un abrazo

La caída del guindo

Tengo el alma caída. ¿De dónde? ¿Y vosotros me lo preguntáis? De un guindo. La tenía allí hace tiempo, protegida del mundo, pulcramente instalada sobre un nido de tórtola que, por insignificante, respetaban los transeúntes que pasaban constantemente por el camino, porque habéis de saber que yo vivía en un guindo junto al camino ¿Y qué camino es ése por el que pasaban tantas almas que no te veían? Sí me veían, pero, como digo, respetaban mi soledad y mi independencia… Ya sé, ya sé que era una forma de ignorarme. Caminaban de prisa, con los ojos cargados de lujuria ¿De lujuria? ¿No querrás decir de avaricia? Sí, de avaricia y de lujuria, que ambas se juntan en los ojos abocados a la depredación.

Yo les gritaba y les gritaba: “Eh, amigos, por ahí no vais bien, ese camino sólo os lleva a territorios sobresaturados y adormecedores, donde la vida se hace enfermedad y se adocena y el alma muere de hartura. Vais a convertiros en una bola de grasa, una enorme bola de grasa sobre la que se multiplicarán después los gusanos” ¿Y este tío que dice? -me hubiera gustado que me dijeran-. Pero sólo se reían entre dientes y sus labios, tal vez, murmuraban a los botones de sus camisas: ¿qué es eso que me zumba en el oído, un mosquito? Y a mí me daba un coraje tan grande que a punto estuve en repetidas ocasiones de darme de morros contra el suelo “Eh, amigos, no os dejéis atrapar por el engaño, no bajéis a ese valle en el que poco a poco os hundiréis y perderéis la diversidad de la vista ¿No veis que allí no hay lontananza ni perspectiva ni riqueza, sino carnaza que vosotros mismos convertiréis en carroña y en desierto? ¿En desierto? ¿Qué digo? El desierto tiene esperanzas y horizontes, en ese valle al que vais sólo hay primeras impresiones y soledad, que es el muro en el que se estrella el arrepentimiento, porque habéis de saber que no hay camino de vuelta, sino una larga desesperación. Es cierto que llegaréis a un oasis donde habrá abundante comida, pero, ¿qué haréis después de comer, sino comer nuevamente y entregaros a la lujuria y a la pereza? Oye, muchacho, tú, que eres joven y luces esos gestos joviales y esa aparente despreocupación que te hace soñador e inteligente: allí abajo no se puede soñar, allí sólo se come y se bebe…” ¿Se bebe? –pensé que iba a decirme, pero sólo fue una apreciación preventiva-…Vaya, esto está chungo de veras, si un joven no detecta estas vaharadas de aliento espirituoso, es que no me oye ni Dios.

Por eso tengo el alma caída. Ahora estoy en el suelo y sé que no podré subir nuevamente a la higuera ¿La higuera? Hasta hace poco era un guindo, ¿en qué quedamos? Es igual, ya no puedo volver a mi pequeño nido de paja, sobre el que todas las advertencias se amortiguan y languidecen ¿Para qué he gritado tanto durante todos estos años? ¿Sólo para que Munch me retratara? Voy a salir al camino para que las muchedumbres me pisen. No quiero vivir más en este guindo olvidado, cuyas flores primaverales, sobre las que ya no se posan las abejas, son también del olvido ¿Flores, dices? Pero si es un guindo seco, ¿es que no lo ves? Sí lo veo, sí, ahora lo veo perfectamente. Voy a salir al camino para que la gente me atropelle y me sepulte ¿El camino, la gente? Eres un ser verdaderamente obsoleto. Hemos cruzado los umbrales del postmodernismo ¿y tú estás hablando de flores, de caminos y de gente que los transita? El camino al que te refieres es una moderna autopista por la que la gente no anda por su pie, sino que “circula” en sus lujosos carruajes y a una tremenda velocidad ¿Y adónde van, si puede saberse? Es un capricho que tengo antes de entregarme a la abrasión de sus enormes ruedas de goma ¿Adónde van, dices, alma ingenua e insulsa? Al valle que tú tan bien has descrito, lo que pasa es que cada vez tienen más prisa en llegar, no se sabe porqué. Tanta prisa tienen que algunos ya ni llegan. Si te olvidas del guindo y abres bien los ojos, tú mismo puedes ver su juventud interrumpida por innumerables accidentes de circulación y su carne desparramada en multiplicados amasijos de chatarra. Y ahora súbete al guindo de tus sueños y, si puedes, dile a la gente que se detenga…

Mariano Estrada http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
Blog: http://paisajes.blogcindario.com/

lunes, 25 de abril de 2011

La desgracia tenía nombre de perro

Foto M. Estrada


La desgracia tenía nombre de perro

A mis hermanas Charo y Tere, que recordarán muy bien estas cosas.

Transcurrida la primera juventud, cuando Isidro ya era, sin remedio, todo lo hombre que se podía ser desde su metro sesenta y cinco de estatura, algo más dotado en inteligencia, pero no lo suficiente como para entrar en los servicios de espionaje, y algo más dotado de corazón, aunque no haya muerto de amores finalmente, ni haya dado el alma a ciertas causas honrosas con más o menos grados de humanidad. Es decir, cuando Isidro era el hombre que sus padres, ya muertos, hubieran deseado que fuera... Entonces, sólo entonces, Isidro se dio cuenta de que los paraísos perdidos son los únicos cielos posibles, ahora y en la hora de nuestra muerte, incluso antes y después. Pero sus padres, que habían arrastrado sus cuerpos por aquella tierra tan dura y tan poco generosa en su correspondencia con las inexcusables abnegaciones, le habían dicho siempre que él estaba llamado a otras cosas más altas: más grandes y más altas. Sin embargo, desde la ciega transparencia de los besos, Isidro veía aquellas otras cosas como una caverna de oscuridad.

- ¿Qué cosas? –preguntó, plasmando en la pregunta todos los temores del mundo.

- Tenedor de libros, hijo, un oficio de sabios –contestó su padre, con tono de seriedad y de respeto.

¿Tenedor de libros? Tornadera de diccionarios. Horca de palabras. Pincho malo. Mala espina... ¿Qué oficio era ése? ¿Cómo se tenían los libros, quién te los daba? ¿Y dónde había que tenerlos, y para qué? ¿Y había que estudiar para ser una cosa tan tonta? Un mundo incomprensible, una cueva oscura. Cada vez que veía un tenedor lo veía clavado en el Catón, único habitante, en libros, de su casa, para luego transformarse en un tridente sostenido por un demonio. Yo te arrojo al averno... También se imaginaba de rodillas, con dos gruesos diccionarios en cada mano y la maestra expectante y vigilante para que no se inclinara el ecce homo de los castigos, la balanza justiciera de los brazos en cruz... Tenedor y cuchillo, a veces cuchillo solo. “Esos brazos, muchacho, arriba España”.

- Yo no quiero ser esa cosa –concluyó tajantemente.

- Bien, pues serás ingeniero de caminos.

Y entonces se veía de caminero, como Ambrosio el Zurdo, con una pala al hombro paseando por los bordes de la carretera, diz que arreglando las cunetas ¿Cun eta mano o cun eta ota? La carretera era de grijas y gravilla, coches no había casi ninguno, los carros campaban a su antojo tirados por su lenta caballería rusticana, tanto por carreteras como por caminos, incluso campo a través ¿Qué tenía que hacer allí un ingeniero?

- Sustituir al burro –dijo Juan, entre brómulas y vérulas. Y como Isidro se quedara mirando, puntualizó:

- Los burros van por lo fácil, es verdad, pero hacen muchas curvas y los coches de hoy en día se saldrían por la tangente.

El carro en el que viajaban emitía unas sonatas de alta pedrería de granito y regios golpes de tango, que en las cuestas arriba era un tango de lentitud, parsimonioso y eterno El cielo era azul y contrastaba con los colores melosos del otoño: robles ocres, castaños y chopos amarillos... La temperatura era suave, casi veraniega, y la tarde se inclinaba hacia un ocaso de sombra venturosa. En aquellos momentos, la idea de que se pudiera ser más feliz, a Isidro no le hubiera cabido en la cabeza. Sus padres hablaban y reían, él oía y callaba, sentía y se empapaba. Nada más. El carro prolongaba su concierto de ejes contra bujes, de quejumbres extraídas a las maderas, de llantas que se batían machacona y tenazmente con los morrillos. El amor tenía el tamaño de los árboles, de los montes, de las amplias lontananzas que abarcaban la imaginación y los ojos.

¿Quién podía pensar, desde la afabilidad de esos instantes, que el tiempo atmosférico iba a dar una vuelta de campana para transformarse en aquella horrible tormenta en la que los cielos resplandecían y se resquebrajaban y la lluvia caía con una intensidad aterradora?

La Serrería de Donado tenía las puertas cerradas, de modo que descargaron los troncos que, no sin ciertas dificultades, habían cargado anteriormente en el sobrante de Valdelaseras. Dificultades provenientes de que una de las vacas estaba a medio domar y quiso andar a la contra. La Virgen de La Peregrina, cuya romería se celebra en septiembre, solía traer unas lágrimas copiosas en otoño, pero no en su dimensión de diluvio universal, como era el caso, ni en sus retumbes de dios escandinavo y enfurecido, sino con ponderada intensidad y no menos clemente mansedumbre. ¿Habría pecado alguien de soberbia, que es pecado fanático e inmundo?

Descargados los troncos, cosa que hicieron con soltura y con apremio, el cielo se rompía en largas grietas eléctricas que, no por casualidad, sino por algo semánticamente parecido, se convertían en fuegos deslumbrantes que, a su vez, dejaban en la noche una oscuridad infinita. Tanta que los ojos, tras aquel aparato incandescente, se quedaban inservibles durante unos interminables segundos, incluidos los ojos de las vacas que, sin gobernante y sin timón, se salían de la carretera por sus tangentes sin curva. Juan no sabía qué hacer, salvo tratar de encarrilar a aquellos pobres animales desorientados desde unos ramalillos invisibles y escurridizos. Ana apretaba a su hijo contra su corazón, donde también apretaba sus miedos. Finalmente, los tres se daban de bruces contra las lógicas prevenciones de las vacas que, temerosas y perdidas, acababan deteniéndose en la oscuridad de la carretera y en la incertidumbre repentina del mundo. Con acertada decisión, el carro había quedado aparcado en la Serrería.

- ¿Sabéis lo que podemos hacer? –dijo Isidro, que parecía el más clarividente de los cinco.

- ¿Qué? –respondieron sus padres a una. Las vacas no dijeron ni mu, pues aunque a veces se expresan claramente en el lenguaje de Brahma, los intrépidos bramidos de Thor las habían acobardado y enmudecido.

- Pues, mirad, yo cierro los ojos y los aprieto bien con la mano hasta que pasen los relámpagos. Luego los abro y os guío. Vosotros me avisáis cuando terminen los resplandores...

Esa fue la forma en que a Isidro, de quien su padre decía que era listo como las avispas, pero no creía que tanto, se le había aparecido la Virgen de la Peregrina, patrona de un pueblo tan pequeño que casi podía meter todas sus casas, incluidos los pajares y los corrales, en aquel esplendoroso santuario de piedra que tanta devoción suscitaba no ya entre los vecinos, sino entre los vecinos de los vecinos de los vecinos, en un rosario extenso que trascendía las parameras de León, la Maragatería de Astorga y la famosa Burga de Orense.

Pero ello no contuvo las desatadas furias de los cielos; al contrario, tan inclementes se mostraban éstos que hicieron proferir a su padre:

-¡Lá óspera, cómo relampampija!

Por su parte, y según lo convenido, Ana estaba al quite de los deslumbramientos, esperando los principios de la oscuridad.

-¡Ahora, Isidro, ahora!... ¿Ves algo? –le espetó en el momento oportuno.

-¡Sí, sí...! –contestó Isidro, con una voz que trataba de trasmitir confianza y alegría (Él estaba seguro de su éxito, puesto que, antes de anunciar aquel plan, lo había experimentado por su cuenta). Su madre le apretaba la mano con gratitud, casi con lágrimas.

- Así me gusta, hijo –le animó- Valiente, como tu abuelo, que rompió la cincha a pedos.

La alegría era grande. La felicidad ensombrecida por la tormenta había sido parcialmente recuperada. Isidro estaba contento, casi exultante, casi luminoso; se sentía pequeño como un niño, pero útil y responsable como un David armado con pacíficas hondas de inteligencia. No era para menos, pues aquella idea feliz estaba sacando a sus padres de un apuro engorroso. Y de paso lo hacía con las vacas que, por supuesto, eran parte sustantiva de la familia. Es cierto que proseguían los chuzos y los truenos y las emanaciones luminosas y cegadoras, que el infierno no había cerrado aún sus puertas de fuego y chaparrón, que los corazones latían con la insistencia cercana del peligro. Pero allí estaba Muelas ya, de frente, más que vislumbrado intuido, a menos de un kilómetro de sus agobios y comezones, con toda la felicidad que, sin duda, se iba a restablecer a su ya inminente llegada. Lo que no pudo restablecerse tan pronto fue la electricidad de las bombillas, cuyos voltajes eran corrientes y molientes, casi como aquellos de la tahona de Peñalavega que fueron anteriores a los postes de madera alquitranados y a la catenaria repetida de los tendidos. De modo que prendieron la lumbre y el candil, se cambiaron de ropa, tomaron una cena frugal y, finalmente, después de reconocerse agraciados por el cielo, se metieron felices en la cama.

Ya de mañana, contenidas las furias celestiales y a la luz hermosa del sol, vieron con espanto que, detrás de aquel monte de alegría, la felicidad era trunca. Ahora tocaba la desgracia y la desgracia tenía nombre de perro: se llamaba Totó...

Más que un perro al uso, Totó era una especie de confluencia de manifestaciones familiares que, de otra forma, hubieran tenido una difícil canalización, algo así como un vínculo amoroso en el que todos se encontraban a gusto. Había otros perros en la casa, tres o cuatro, según, todos ellos queridos, por supuesto. Pero éste era Totó, el ungido por las estrellas, el que había nacido con bula, el que llevaba en su ingenuidad y en su descaro un trozo del corazón de sus dueños, especialmente de Isidro, quien, por haber crecido con él, tenía el alma llena de sus innumerables arañazos, de sus juguetonas dentelladas, de su inagotable y amorosa saliva.

El día anterior, por causas que no es necesario recordar, Totó había quedado amarrado a la cancela de un cobertizo, hecha de tablas de roble a media altura y colocadas de punta. Al parecer, el perro se había asustado con la tormenta y había tratado de saltar hacia la parte de dentro, donde acaso esperaba sentirse protegido. Y efectivamente, saltó, pero la cuerda a la que estaba atado era corta. No llegó al suelo, a pesar de que el pobre lo intentó con desesperación, estirando completamente las patas. Cuando Juan se percató de la desgracia, tenía la lengua fuera y estaba rígido y frío, tal como corresponde a un cadáver.

En la casa quedó un tufo de dolor, un ahogo triste y un halo de resignación y de muerte. Isidro lloró con soledad, con impotencia, con la amarga desesperación de un niño indefenso. De nada le valían los consuelos, tan poco convincentes, que trataban de darle sus padres. Después de todo, los corazones de sus padres también estaban llenos de desolación y de angustia. Totó era un perro lanudo que tenía un cascabel dorado y una cara de bendición y de mimo.

Mariano Estrada http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
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sábado, 23 de abril de 2011

La rosa



El Montiboli, Villajoyosa

La rosa

En la clase había alumnos de varias profesiones y creencias. Todos eran mayores y trabajaban, al menos, ocho horas al día. Pero estaban allí porque querían mejorar el estatus, aunque algunos de ellos no supieran muy bien lo que era el estatus.
     -Maestro-dijo de pronto el soñador- quiero que nos hables de la rosa
     -¿Qué rosa, muchacho? –respondió el maestro un tanto escépticamente. Y añadió- ¿La del jardinero, que la cultiva? ¿La del revolucionario, que la persigue? ¿La del poeta, que la canta? ¿La del místico, que la espiritualiza? ¿La del transido por una espada de amor, que la convierte en una baba constante y objetivamente indigesta?

jueves, 21 de abril de 2011

Te espero: ¿o quizás no deba esperarte?

Foto tomada de internet sin ánimo de lucro




Te espero: ¿o quizás no deba esperarte?

Queridos amigos:

Tengo dos poemas titulados “Te espero”, pero no son dos versiones de la misma historia, sino que son dos historias completamente distintas. Por otra parte, aclaro que al titular el segundo poema no caí en la cuenta de que existía un primero, sino que lo hice mucho tiempo después. Ahora bien, si alguna otra historia me pide un día que la titule “Te espero”, exprimiré la imaginación hasta encontrar un buen sustituto. Podría ser éste: “Quizás no deba esperarte porque ya espero a dos antes que a ti”.

Un abrazo

Ver PPS de Mar:
http://cid-b9547652472c3167.office.live.com/self.aspx/.Documents/Mar%5E_TeEspero1.pps


Te espero

Te esperé lo que nadie
ha esperado jamás.
Y mereció la pena.

Pocos besos después,
te esperé nuevamente, como acaso
ya no saben hacerlo los amantes.

Y de nuevo la pena
me fue retribuida.

Luego esperé una eternidad,
pero esta vez fue en vano.
Y la pena creció en mi corazón
hasta licuar su rabia.

¿Qué te puedo decir, ahora?
Te espero cada día
con esperanza que no pide
retribución.

Del libro “Amores colaterales”

Mariano Estrada http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
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domingo, 17 de abril de 2011

Paco Llorca: aproximación a un artista

Portada del libro "Paco Llorca: semblanzas del arte


Paco Llorca: aproximación a un artista


Queridos amigos:

El próximo día 19 de abril se cumplen 19 años de la muerte de Paco Llorca, un hombre esencialmente bueno, comprometido con la amistad, con la música, con el teatro, con la poesía… Un hombre que se entregó a los demás en forma de arte y cultura y al que sólo la cortedad de miras y el catetismo de ciertos políticos ha privado de tener, más allá de la muerte, el reconocimiento generalizado que tuvo siempre en vida. Y todo ello en una ciudad como Benidorm, donde la cultura es un barniz oficial cuyo vacío se ha disimulado a menudo utilizando alevosamente la materia dócil del Inserso.

Dejo aquí una semblanza que escribí del artista para el programa de mano de un recital en Benidorm. Después escribiría otras para otros recitales y al final se convirtió en una norma. Tanto es así que fueron estas semblanzas las que le dieron el título al libro “Paco Llorca: semblanzas del arte” que escribí al año de su muerte.

Un abrazo


Aproximación a un artista

Una fugaz reflexión sobre las cosas que pueden decirse de Paco Llorca sin caer abiertamente en los tópicos o en los lugares comunes, me ha hecho cuestionar una reflexión anterior, que transcribo literalmente: "Es un hecho notorio que la ilusión se agota en el decurso del tiempo, a medida que avanzamos hacia la muerte".

Tan obvio me parecía este aserto que muy bien podía encuadrarse en el marco filosófico del Absoluto. Sin embargo, quien conozca a Paco Llorca sabe también que su ilusión constituye al menos una excepción a esta regla. ¿Por qué? ¿De qué está hecho un hombre cuya ilusión no agotan los años? Contestar a esta pregunta es hallar la solución del enigma. ¿Sabremos hacerlo?

Para mí es evidente que Francisco Llorca Barberá, Paco Llorca, además de un hombre es un verbo que sobrevuela la gravidez de su propia materia. Sólo así se entiende que su fragilidad humana resista los embates de un mundo voraz, apremiante, competitivo... Un mundo nada predispuesto a las incursiones del alma en el hontanar catártico de la lira, que ése es ni más ni menos su reino. De ahí nos da de beber cada vez que el corazón se le asoma a la boca.

Podíamos preguntarnos sobre la compensación que a cambio recibe, y dado que de ningún modo es material, poco nos equivocaríamos contestando que no hay otra compensación que:

La de entregarse a los otros
con un verso en cada mano,
el corazón en los ojos
y esta certeza en los labios:

Siempre hay un alma que deja
en la penumbra los llantos,
otra que ríe de gozo,
otra que extiende los brazos...

He ahí el otro alimento del hombre, el que no es estricto pan pero mantiene dulcemente la vida. Paco Llorca nos da masticado lo que lleva tantos años comiendo: el numen poético, esa luz que proviene de allí donde el amor se comunica con el alma.

Del libro "Paco Llorca: semblanzas del arte"

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jueves, 14 de abril de 2011

La víbora

Foto tomada de internet sin ánimo de lucro

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La víbora

Esta entrada se la dedico a mi amigo de la niñez Valentín Alonso Fernández (Tino), que no solo no les tenía miedo a las víboras, sino que las cogía con inquietante naturalidad. No sé si la procesión iba por dentro, pero por fuera no se notaba. Sin embargo, lo último que él mismo le ha dicho a mi hermana Tere, que a su vez me lo ha dicho a mí, es que al final le acabó mordiendo una de ellas, creándole problemas de cierta gravedad. Por fortuna puede contarlo. Lo que no sé es si, a pesar de lo ocurrido, aún las sigue cogiendo ¿Las coges, Tino? ¿Los cojo, Ness? Un abrazo

Queridos amigos:

Es evidente que la risa va por barrios y que cada cual tiene sus fobias y sus filias, sus demonios y sus ángeles, sus rarezas y sus miedos específicos. En los tiempos de mi juventud –lejanos ya en la memoria, pero aún vivos-, conocí a una chica muy joven, muy dulce, muy guapa y muy simpática, lo que nada tiene de extraño, supongo. Lo extraño es que, a pesar de tener novio, sólo había dos cosas en el mundo que le causaban respeto: las víboras y las vacas. Y yo me he preguntado alguna vez: ¿fue ella consciente del significado de su declaración? ¿En qué sentido? ¿Utilizó frívolamente el diccionario? ¿Hizo uso a propósito de semejante bifidez intencional? ¿Era corta de miras? ¿Era inteligente? ¿Era buena?...

¿Que por qué veo fantasmas en todas partes? “¿Y tú me lo preguntas?” “Porque no es amor, es miedo, lo que don Mendo me inspira”.

Debo señalar, por otra parte, que el miedo a las vacas no lo comparto en absoluto, a pesar de la cornamenta y-eso-aleluya. Sin embargo, y en esto coincido ciegamente con la chica, por las víboras siento mucho respeto. Ahí van mis razones.

Un abrazo

La víbora

Reptil, culebra, ofidio, la víbora es bífida de lengua, ciertamente, pero no bilingüe, que es algo muy distinto. Bilingües son los catalanes, por ejemplo, sin que ello tenga nada que ver “¿Digui?” Digamos que es “birrámica y unitronca”, si así puede decirse porque yo, ignaro, lo ignoro.

Entre las víboras del lugar –las extranjeras siempre han sido más raras- no hay ninguna bicéfala. Bicéfalos eran los “lisos”, sus primos, y a éstos sí los vi, en los prados, cuando “yo era adolescente y nadie me había amado todavía”. ¿Y cómo dice usted que se llaman? Lisos ¿Y no serán anfisbenas, monstruos mitológicos, supuraciones de la fantasía? ¿O sugiere usted que son conflictos genéticos reales, tal vez teratologías procedentes de la experimentación? ¿De la experimentación? Para mí son reptiles, simplemente; seres naturales que habitaban los prados del lugar mucho antes de la manipulación de los genes y la clonación de las ovejas. Lo que no sé es cómo lograrán coordinarse si, por ejemplo, las cabezas difieren en los gustos y una quiere ir a Murcia a desayunar y la otra refocilar con un congénere de Barcelona ¿Se tirarán de los pelos? Son calvos. ¿La emprenderán a patadas? Son ápodos ¿Intentarán arreglarlo con razones? ¿Gente que tiene dos cerebros? ¿Razonarán acaso con el culo? Vamos, corazón ¿se puede razonar con el esfínter? Parece ser que sí, que es muy flexible ¿Flexible? ¡No me digas!

La víbora común, la que conozco, posee una segunda bifidez que, mucho más sutil que la anterior, se manifiesta claramente en la estética, ya que es a un tiempo repelente y bonita, repulsiva y hermosa. No obstante, su hermosura no debe embelesarnos hasta el punto de la confianza, que es depositaria del peligro, y mucho menos de la aproximación, familiaridad o cercanía, porque ella no pregunta, sino que muerde. Muerde con violencia y voluntad, muerde con astucia y atención, muerde con rapidez y con veneno “¿Do you understand, Murdock?”. Yes, my brother, que es asilvestrada y fulgurante, que es indómita y certera, que tiene en su body sigiloso la genuina velocidad de la luz…

Dos dientes huecos, situados en la mandíbula superior, dos latigazos vertiginosos, dos inyecciones intrépidas que pueden ser mortales de necesidad, si no lo evita a tiempo un torniquete, con sajadura y chupetón, o, mejor aún, un antídoto. Y no es que sea mala, la pobre, es que es así, es víbora: ella no te puede querer. Normal. Las mulas son falsas y dan coces. Tampoco ellas te quieren ¿Te quieren quizás los alacranes o las avispas, los escorpiones o las abejas?

En cuanto al rosario que tiene sobre el lomo... ¡Ah, sí!, perdone, ¿no es reminiscencia de un determinado pisotón? ¿No es la marca, digamos indeleble, de una vieja maldición bíblica? Hombre, la similitud con el rosario no implica experiencias religiosas, tipo Enrique Iglesias, y mucho menos bondades evangélicas, tipo Madre Teresa de Calcuta, pero tampoco es el estigma que ejemplariza y perpetúa un castigo; se trata de un adorno natural, un sello específico más o menos determinista, como los tigres del Eufrates, como los propios pasos de cebra, es decir, las rayas anteriores al color, es decir, los dálmatas. La víbora no es exactamente el demonio, ni siquiera como una de sus formas…

Por otra parte, el triángulo de la cabeza no tiene implicaciones con las Bermudas ni con los montes de Venus, ni con la Plaza Triangular de Benidorm, ni tampoco con las matemáticas o la geometría, por más que estuvieran formuladas por Euclides, por Pitágoras, por Tartaglia ¿Que es sorda? Ciertamente. O casi. Pero bien lo suple ella con una vista de lince, que al lince no le vale de nada; con la capacidad mimética del camaleón, que es emblemática y cierta; con el proverbial olfato del perro, con el sigilo del gato, con la astucia de la mujer...

Del libro “Aguablanca: caminos de ida y vuelta”

Mariano Estrada, http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
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¡¡¡INFORMACIÓN AÑADIDA !!!

El culebro y la vaca


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El Culebro y la vaca

Las leyendas, a las que los humanos somos bastante aficionados, a menudo hacen pasar por realidad algunas fantasías verdaderamente asombrosas y descabelladas. Así, alguno de esos cuentos dice que las culebras chupan la leche de determinados animales como las vacas, las cabras o las ovejas.

Pero esto no es verdad, simple y llanamente. Como ofidios que son y, por lo tanto, depredadores, las culebras se alimentan de animales, aunque solo de aquellos que sean capaces de engullir, ya que no pueden masticarlos con sus dientes ni trocearlos con sus manos. Animales pequeños, en suma, como ratones, pájaros, batracios, peces… Los hipopótamos y los dinosaurios pueden estar bien tranquilos al respecto, si bien hay serpientes enormes que pueden engullir animales muy grandes. No sé si queda claro, pero podemos decirlo de otra forma: si quieres engatusar a una culebra con un tazón de leche para pedirle algún favor, sea este el que sea, la culebra se reirá mucho de tí: “Tú ere gilipoya, masho, poque a mí leche no guta”. Lo que ocurre es que no tienen enzimas para digerirla (Sin embargo, hay serpientes aófagas, es decir, que comen huevos, porque estos sí los digieren. Pero los engullen enteros y luego arrojan la cáscara).

Decir que las culebras chupan la leche de las vacas es como decir que las vacas se comen a los niños ¿O es que alguien ha visto comer carne a una vaca, por más que sea tierna y de niño? Pues, mutatis mutandis, ¿alguien ha visto tomar leche a una serpiente? Me refiero a alguien que no sea un urdidor de leyendas, como la de la boa zamorana, que estuvo muy en boga ¿Y qué es lo que dice esa leyenda? Pues dice que la boa en cuestión fue cazada con un cuenco de leche y un espejo: “¿Adónde va esa zorra?” -habría exclamado la pobre al verse a sí misma reflejada- “¿Crees que vas a quitarme la comida, mala mujer?”. Y entonces se abalanzó sobre ella y se metió de cabeza en el engaño.

Yo fui niño en un pueblo donde, habiendo muchas serpientes, lo lógico es que hubiera muchas leyendas. Según estas, hasta las madres que alimentaban a sus hijos dormidas eran visitadas de noche por culebras que apartaban al niño de la teta, se apoderaban del pezón y chupaban con total tranquilidad ¿Y el marido sin enterarse? Eso parece ¿Y el niño, no lloraba? No, porque las culebras son listas y le metían su propia cola en la boca: “Chupa, tontín, chupa mi colita”. Y si esto, siendo tan difícil como ingenioso, podían hacerlo con las mujeres, ¿cómo no iban a hacerlo con las vacas, que, cuando están recién paridas, tienen unas ubres tan grandes que casi las arrastran por el suelo? Además, si la vaca está pastando en un prado bien verde y bien hermoso, ¿qué más le da a ella que la ordeñe un señor o que le chupe las tetas un ofidio?

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Aclaro estas cosas porque aún hay mucha gente por ahí que, en pleno siglo XXI, el de las nuevas tecnologías, las continúa creyendo. Y yo no digo que no se sigan contando, lo que digo es que no se crean. A mí me vino muy bien que una culebra macho le chupara la leche a una de nuestras vacas “Joooo, Garbosa”. Yo era el que estaba en el prado aquel día, yo contemplé la escena de la “sorbona”,  pero mi padre, que estaba en otro sitio, fue quien la agarró por el pescuezo y se la puso a mi madre delante de los ojos. “Toma, puedes guisarla para comer”. A mí me daba asco, y yuyu, porque estaba mediatizado por las víboras, cuyo veneno no es precisamente una leyenda.

Un abrazo


EL CULEBRO Y LA VACA.

Bajo la cemba del prado,
por donde corre la madre,
maté un culebro, María,
¡mira qué grande!

Yo estaba medio espurrido
al zumbo de unos zarzales,
abandonado a unas cuentas
que de tan claras no salen.

En esto escucho un silbido,
echo un vistazo, no hay nadie;
la vaca al fondo, muy sola,
y yo avizor a esta parte.

No se oye más en el prado
que los zumbidos del aire;
así que vuelvo a los rumios
por los que andaba endenantes.

Pero la vaca se enerva,
levanta el morro, no pace;
¿qué es lo que pasa, Garbosa?
¡Ay, ay, ay, ay! ¡Miserable!

Era un culebro, María,
nuestro presunto ordeñante;
sentado sobre su cola,
erecto, todo gaznate.

Le eché la mano a la gorja,
bien ocupada en el trance,
y lo afogué en un latido
de la pasión y la sangre.

Aquí lo tienes, ¡qué lomo
para adobar con tomate!
La leche que nos birlaba
nos la devuelve hecha carne.

Del libro “Tierra conmovida”

Nota:

-Cemba: margen, caballón
-Espurrido: extendido, estirado, recostado
-Gorja: garganta

sábado, 9 de abril de 2011

Locura

Foto tomada de internet sin ánimo de lucro



Locura

Queridos amigos: hoy dejo aquí esta inconsolable “Locura” que, afortunadamente, no proviene de leer libros de caballerías, sino que es sencillamente de amor ¡Cómo! ¿Una locura de amor en pleno siglo XXI?. Pues ya ve usted que sí ¿O qué cree, que este tipo de mal es patrimonio exclusivo de Juana la Loca, metida en una cazuloca?

Meter una locura en un libro es quitarle su carácter más o menos transitorio para hacerla perenne y perpetua, como perpetuo es el Socorro, aunque suene a chiste barato. Por cierto, la locura transitoria es la que nos dio a los españoles colectivamente en la época de la Transición. Lástima que la abandonáramos en la cuneta y la sustituyéramos por la fiebre del ladrillo, que no es otra cosa que una variante de la enfermedad bautizada con el nombre de “gold fever”. En realidad, no han cambiado tanto las cosas. Y si han cambiado, no siempre ha sido para mejor.

El poema “Locura” pertenece al libro “Gotas de hielo”, que está a punto de salir a la luz. Lo hará en la Colección Anaquel de la Editorial Aguaclara, la misma en la que publiqué “Hojas lentas de otoño”, que fue Premio Ciudad de Torrevieja del año 1997. Saldrá en la primera quincena de mayo del año en curso, es decir, aproximadamente dentro de un mes.

Tal vez la mayor locura de todas sea sacar en estos momentos un libro de poesía, pero he sometido mis “piensos” a meditación trascendental y he llegado a la conclusión de que hay que salvar a las editoriales de la crisis económico-financiera por la que atraviesan y, sobre todo, que hay que salvar a España del rescate al que ya han sido sometidos determinados países de los llamados por el curioso nombre de cerdos ¿Cómo? ¿Nos llaman cerdos y vienen y nos salvan? Algo no encaja aquí, yo creo que nos están engordando con clembuterol, que es una sustancia que aumenta considerablemente el peso de la carne. Ergo… nos están engordando para morir, y no precisamente de amor ¿O sí? Quién sabe, a los alemanes les gusta mucho Mallorca…

Un abrazo

Ver el PPS de Mar:
http://cid-b9547652472c3167.office.live.com/self.aspx/.Documents/Mar%5E_Locura1%5E_C.pps



Locura

He pasado la noche en los umbrales
agitados de tu respiración
y he bebido el licor
interminable de tu aliento.

El tiempo era apacible y cadencioso.
La ventana era el punto de contacto
con una realidad
independiente y objetiva.
A su través llegaban, exultantes,
los cantos de los mirlos,
las sirenas lejanas de los barcos
y el ronquido del mar.

Al alba,
cuando el reloj se aproximaba
a las fronteras del oído,
me levanté, miré hacia el exterior
y vi que no había mirlos
ni mar ni barcos con sirenas,
sino sólo un volumen
de niebla inescrutable
del que emergía espesamente
la soledad.

Volví sobre mis pasos, descubriendo
que la mano alargada hacia el reloj
era la prueba de tu ausencia,
irrefutable y fría,
pero también el testimonio
contundente de mi locura.

Del libro “Gotas de hielo”

Mariano Estrada http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
Blog http://paisajes.blogcindario.com/
Poemas recreados: http://groups.google.com/group/paisajes-literarios

miércoles, 6 de abril de 2011

La librería de Jonás

La librería de Jonás


Busqué en la librería de Jonás, pero El Buscón estába en la mía, entre tragos de Jack Daniel's y Azumbres de la noche


La librería de Jonás

Queridos amigos:

Cada vez que publico en este Blog un texto viejo, siento la necesidad de explicarlo a los lectores: “queridos lectores, este es un texto viejo” ¿Será con la idea de orientarles o, por el contrario, será para que lo lean con benevolencia? Pues bien, estamos ante un texto que, sin ser de la época de Maricastaña, tiene ya sus años. Al igual que algunos otros que he colgado aquí anteriormente, pertenece al libro “Vindicación de JL Borges”, del que sólo se han publicado en Internet algunos fragmentos ¿Fale la splicación? Esfero que sí, forque no hay otra.

Un abrazo


La librería de Jonás


-Mira, Riki, o coges al toro por los cuernos o no harás nada en la vida. Las flores están bien como adorno, pero, si quieres cortar el bacalao, hay que olvidarse de florituras.

-¿Y qué me dices del arte?

-¿De qué te sirve el arte, si te crecen los papeles en los rincones? Déjate de monsergas, vete al grano, empieza de una vez, abandona esa actitud de divo perfeccionista. Nadie es la sal de la tierra, nadie está tocado de divinidad, somos puros mortales.


Éste es un trozo de conversación entre dos hombres de muy distinta factura. El trato que se dispensan, que es hondo y frecuente, está sellado por la amistad que se juraron de niños.

Antonio Muñoz Zaragoza, Toni, de 38 años, tiene ante la vida una actitud pragmática y mercantilista, lo cual no le impide que posea una dilatada cultura. Al contrario, su cultura se debe, en gran parte, a su actitud, puesto que ésta le ha permitido ganar el dinero necesario para comprar ciertos lujos difícilmente alcanzables de otra manera, entre ellos el tiempo para aprender (la casualidad no comporta cuatro títulos universitarios). Por otra parte, el dinero no ha suplantado a su yo, y el tiempo disponible, que ha sido mucho, le ha permitido también cultivar otras cosas, entre ellas la amistad y un determinado diletantismo. Así, juega al tenis, practica el surf y la vela, lee a Bertrand Russell, oye a Stravinsky, sale con mujeres, asiste a conferencias de alto nivel, frecuenta salas de cine y de teatro, va a conciertos, participa en tertulias… Dicho de otro modo, su vida se asienta en la razón y, a partir de ahí, se permite hacer guiños a los dioses. Con ello aprieta muchas tuercas, ata muchos cabos, silencia muchas bocas y gana muchos adeptos.

Ricardo Atienza Domínguez, Riki, aparte de la amistad y de los años, nada tiene de común con su amigo; más bien parece su antípoda. Tanto es así que, habiendo dispuesto en su día de las mismas oportunidades, las fue dejando pasar una a una como si fueran agua de un río. A cambio se instaló en una torre de marfil y allí forjó fantasías y ensimismaciones de las que, sin embargo, tuvo que descender a menudo para afrontar los problemas dimanantes de su escueto sueldo de profesor de instituto. Un día, quizás más agobiado que de costumbre, miró en su derredor y, viendo que sus vivencias se amontonaban en papeles que nadie leía, intuyó que su actitud había perdido sentido y que su felicidad había perdido quilates.

-¿Qué esperabas? –le dijo Antonio- No sólo te aíslas del mundo, lo cual puede ser grave si, como en tu caso, es excesivo, sino que te empeñas en pulir la mercancía hasta hacerla inconsútil, inmanejable, casi invisible ¿A quién le importan tus ménades, tus vesánicos acíbares, tus incorpóreos y policromados nenúfares?

-A nadie que los llame mercancía, desde luego –contestó Ricardo- Pero puede que interesen a otras gentes que habitan otros mundos y tienen otras dosis de sensibilidad, otra inquietud, otras visiones.

-¿Y dónde están esas gentes?

-No sé, aquí, allá, en lugares recónditos e insospechados.

-Ahí pueden estar toda la vida… Además, ¿quién va a llevarte hasta ellos si antes no convences a los que manejan los hilos, ya sean mecenas o negociantes? Mira, Riki, si tienes que escribir, escribe; pero intenta que la literatura sea a la vez un negocio. Yo lo veo así: sal de tu tabuco, métete en el cuerpo de los posibles lectores, cébalos, engáñalos si ello es preciso, miénteles descaradamente, usa y abusa de su enorme capacidad deglutiva, de su insaciable avidez, dales el alimento que piden… Pero no intentes meterlos en coturnos que les vienen estrechos.

-Eso es vender la gracia por muy pocas lentejas. Voy a decirte una cosa: “no sólo de pan vive el hombre”

-Por supuesto, hay quien vive de mirarse el ombligo; y acaso de compararse con Dios, con toda la soberbia que implica.

La discusión había entrado en parajes de insospechadas honduras. Para adaptarse a las mismas, o quizás para evitarlas, Antonio se sirvió un vaso de whisky y le puso otro a su amigo. Éste lo sorbió con avidez, intentando aplacar los exabruptos de su recién alanceada soberbia.

-Ponme otro –dijo secamente Ricardo.

-Si bebes de ese modo tendré que meterte en la cama –vaticinó Antonio.

-Cada vez que abres la boca es para ofrecerme un insulto. Antes me llamaste soberbio, ahora me llamas enclenque, luego me llamarás badulaque o alcornoque. Y tú ahí, juez de mis actos, libre de pecado y de culpa ¿Por qué no te miras al espejo?

-Porque hablábamos de ti, ¿recuerdas? ¿O no era tu felicidad la que había perdido quilates?

-¿Quilates? Ponme otro whisky, hermano.

-Tus deseos son gustos y, como tales, me inclinan.

Ricardo tomó el vaso en sus manos y bebió desaforadamente. Por su parte, Antonio no podía dejar de acompañar a su amigo, pues, a pesar de sus marcadas diferencias –o precisamente por ellas-, eran muchas cosas las que había compartido sus almas. De manera que, el uno por el otro, los dos se abandonaron a unos tragos sin tino que pronto se dejaron sentir en sus bocas.

-¿Quilates? –repitió Ricardo- ¡Aleluyas! Lo que ha perdido es vergüenza ¿Quieres que te diga una cosa? Yo nunca he sido feliz. Mi torre es un adarve contra el mundo, un refugio contra la realidad. Mis almenas están hechas de barro enmascarado, mis redes son trampas contra la desdicha, mis libros son vendas con las que he tapado los ojos. Pero hoy me siento desnudo, ya ves, porque nada ha sido bastante para ocultar mi soberbia. Soy soberbio, sí, e incluso ha habido momentos en que me he sentido divino. En mi descargo diré que, en esos justos momentos, he sido todos los hombres: Whitman, Borges, la vecina del tercero, los caníbales Tupí, Mahoma, Bili el Niño, Buda, el último de los mortales… y Dios.

-¿De qué te quejas entonces? –Se admiró Antonio-Yo no he trascendido jamás mi diminuta conciencia. Pero, secreto por secreto, tampoco a mí me sobra la dicha; es más, alguna falta me hace… Bajo esta concha impertérrita habita un hombre infeliz. Cada día que empieza es una losa sobre mi frente. Maldigo lo que soy y quisiera ser otra cosa, hallarme en otro cuerpo. Pero estoy atado al deber, que es quien me proporciona los lujos ¿Dónde está el whisky?

-En la botella, supongo –respondió Ricardo de una forma indolente.

-¿En la botella? Esto es un vidrio soplado que otro, y no yo, ha llenado de aire ¿Dónde está el líquido?

-En el cásculo, que, si mal no recuerdo, es sinónimo esdrújulo de botéllula.

-Sí, esdrújulo degenerativo –concluyó Antonio- ¿Dónde está esa botella?

-Piensa, Descartes, puesto que existes, ¿dónde guardarías tú un libro?

- Ahí –contestó Antonio, señalando con el dedo la librería-

-Pues, mutatis mutandis, no necesitas ser adivino –le reprochó su amigo, quien cambió absolutamente de tercio para decir- Y ya que hablamos de libros, ¿recuerdas la librería de Jonás?

-¿Por otro nombre el regurgitado? Claro que me acuerdo, ¿cómo no voy a acordarme?

-Pues ahí se decidió mi futuro –afirmó tajantemente Ricardo, dirigiéndose a la estantería y extrayendo un volumen del anaquel- Mientras tú satisfacías al animal, magreando a la chica, yo afanaba este libro, justamente este libro. O sea que la culpa la tuvo un Buscón llamado don Pablos

-Será una broma, ¿no? –aventuró Antonio.

-¿Broma? ¿Sabes lo que sufría yo cuando tú te calcabas a la chica? Por cierto, ¿recuerdas el nombre de la chica?

-Claro, Graciela.

- ¡Ah, Graciela, belladona, flor de pitiminí! –enfatizó Ricardo, dejando volar un poco la imaginación- En menos de una semana leí tres veces al libro ¿Sabes para qué? Para negarla otras tantas, por no decir otras muchas, y más y más y más. Tenía que sacármela de aquí, del coco; a ella y al mamón que se la estaba beneficiando. En cuanto al libro, ¿qué quieres que te diga? Entre el enredo y la distracción no capté la mitad, pero el alma se me enganchó para siempre.

-¿Te gustaba Graciela? –preguntó Antonio un tanto extrañado.

-¿Que si me gustaba? Era mi ilusión, mi gozo, mi delirio. Y puesto que nunca desperté su interés, era mi perenne tortura. Con el tiempo se hizo diana de mis múltiples ensoñaciones onanistas; o, lo que es igual, memento de la masturbación. Claro que, para entonces, mi exacerbado platonismo ya había bajado de tono.

-Podía haber sido tu sombra, si hubieras querido; mejor dicho, si hubieras hablado. Pero tú elegiste el silencio, porque tú eras tú, Ricardo el orgulloso, el vértice del orgullo. Habría que verte, tragando masoquistamente la lengua. Sin duda me odiabas a mí.

-No sabes hasta qué punto, muchacho. Deseé que te poblaran las ladillas, que te hicieran puré los gonococos, que te castrara una sífilis con su terrible podona. Pero fui mucho más lejos: quise verte morir; es más, deseé tu resurrección para ver cómo morías dos veces.

Tras estas desconcertantes afirmaciones, la cara de Antonio era todo un poema. Al percatarse de ello, Ricardo remató:

-Qué, ¿ya no trincas, hermano?

-¿Cómo que si no trinco? Trinco tanto que soy el mismo trinquete. Dame la botella ¿O quieres que me quede mirando mientras tú te calcas el whisky?

-Yo no podía hacer ni eso cuando tú te calcabas a la chica.

-Porque tú eras un pulcro que necesitaba refugiarse en los libros. Aún lo eres ahora; ni siquiera has sospechado que las apariencias engañan ¿Sabes lo que hacía yo con Graciela?

-Me lo quieres restregar por los morros? Hacías el cabrón.

-Más que eso, Ricardo: hacía el chulo. La obligaba a birlarle el dinero a su jefe para dármelo a mí.

El poema había cambiado de cara. Ahora estaba en la de Ricardo, ocupando un libro completo.

-Como ves –prosiguió Antonio-, también la librería de Jonás marcó de algún modo mi destino. Tú el libro, yo la bolsa: ambos un modelo de vida. Al final la descubrieron, claro, y le hicieron tomar el portante; pero nunca dijo a nadie que el ladrón era yo. Y yo callé como un puta; más aún, huí de ella como se huye de la peste. De todos los dislates que he cometido, que juntos hacen legión, éste es el único del que siempre me he arrepentido de veras. Luego he robado a menudo, claro, puesto que esa es la base de los buenos negocios, pero nunca he guindado al unísono el dinero y la honra. Sí, a algunas he trajinado, incluso siendo clientas, pero ésas ya tenían la honra más allá de los bajos, junto a las naves de Ilión que Aquiles ya no defiende. Honra era entonces lo que hoy es compuerta de los dispendios. Ilion, Isquion y pubis. Y Aquiles en las cóncavas naves ¿Qué te parece?

La conversación había sufrido desviaciones y torceduras, pero ellos se encontraban a gusto: sus cuerpos había perdido la gravidez cotidiana y sus almas flotaban sobre sus propias miserias. Se habían dicho cosas que habían estado muchos años ocultas y ambos se habían quitado un peso de encima ¿O acaso la ingravidez se debía solamente al alcohol y no a la descarga? ¡Ah! ¿Quién lo sabe? ¿Estaban en disposición no ya de contestar a esa pregunta, sino de discernir lúcidamente la desgracia de la felicidad, o tan siquiera lo real de lo imaginario? Sea como fuere, ellos se dejaban llevar, como aguas cada vez más tranquilas, hacia una balsa gigante de quietud y de olvido. El whisky edificaba en sus cabezas un remanso de paz y dejaba en los escombros unas lenguas entarabincadas y una vocalización cada vez más ruinosa:

-¿Guieres gue te diga la verdad? –gangueó Ricardo

-Me engantaría –replicó Antonio

-Bues gue yo hubiera hescho igual, si hubiera tenido el valor o la ogurrencia. Bero ya ves, en lugar de la honra y el dinero, robé tan sólo este libro: éste brecisamente. Y aún me gostó garo, pues abenas llegué a gasa me buse a eschar la babilla.

-Eso es lo gue envidio de ti.

-¿La babilla?

-No, la inocencia.

-Bues yo te envidio el arrojjo, el desbarbajjo, la desfaschatez, el donjjuanismo ¿Gue te barece? También te envidio el dinero, la bosición, la gategoría. Te envidio todo, todo, bero lo que a duras benas te aguanto es la guldura, gabrón; me jjode cantidad gue en mi brobio terreno me buedan dar sobas con honda ¿Sabes lo gue te digo?

-Gue me guieres

-Sí, bero abarte de eso.

-Abarte de eso, ¿gué?

-Gue si yo te envidio a ti y tu me envidias a mí, nuestras envidias se contrarrestan y abarece la admiración ¿De agüerdo? Yo te admiro, tú me admiras, nosotros nos admiramos. Bero dos admiraciones biunívogas se gondrarrestan también, y entonces abarece un tuya y mía gue nos lleva al movimiento cirgular, y éste al universo sin fronteras, gue es una forma del tiembo y del esbacio y de la eternidad. Ahora bien, gomo todo esto no es gombrensible, yo te brobongo una gosa: gue gada gual se envidie a sí mismo.

-Gombletamente de agüerdo: yo me guedo en tu gasa y tú te vas a la mía. Y gue gada uno se abañe gomo bueda.

-Entonces no hay más gue hablar.

-Ni una balabra, hermano.

Poco tiempo después, alrededor de las seis de la mañana, ambos diluían la mona en un sueño profundo y tranquilo. Tanto es así que, ajenos al transcurso del tiempo, se dieron los buenos días cuando el sol ya había escondido sus rayos. Poco a poco, no obstante, se fueron haciendo a la idea de la realidad y, cuando ésta estuvo en su punto, Antonio le dijo a su amigo:

-Son las diez de la noche, Riki, y aún tengo que preparar unas cosas para mañana, que desgraciadamente es lunes. A las nueve tengo una cita. Me voy.

-Bueno, yo también tengo clase a las nueve, pero no tengo nada que preparar. De modo que esta noche, a cuyas sombras entregaré mi vigilia, tengo este par de posibilidades: ver la tele o contar corderitos. Lo normal es que invoque a las musas e intente dar a luz un poema; si sale con barbas, San Antón, habré alcanzado el éxtasis.

-¿Te encuentras bien? –se preocupó Antonio, mirando a Ricardo de frente.

-Nunca me he sentido mejor.

-No olvides lo que te he dicho: si tienes que escribir, escribe; pero haz de las palabras un negocio.

-¿Olvidas lo que te dije yo a ti? No necesito un negocio para comprar mis lentejas. Días vendrán en que, por encima de los negocios, todos necesitemos el viento; alguien querrá entonces publicar mis palabras. Y aunque no fuera así y el silencio siga siendo absoluto, habrán servido de abono para alimentar mis cultivos: las rosas, el aire, la belleza… Pues, ¿qué otra cosa es la vida?

Mariano Estrada http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
Blo http://paisajes.blogcindario.com/

domingo, 3 de abril de 2011

Hoy regreso al amor. Después de los toros y del fútbol


Foto tomada de internet sin ánimo de lucro


Hoy regreso al amor. Después de los toros y del fútbol


Estábamos en los comienzos del año 2007 y en los albores de un Blog de antiguos alumnos que había nacido en León, bajo los auspicios de un hombre Cortés, llamado también José María,  para celebrar el 50 aniversario del Colegio Virgen del Camino, cosa que ocurrió el día de la Hispanidad de ese mismo año, es decir, el 12 de octubre. El colegio Virgen del Camino está situado en el pueblo del mismo nombre, dentro de un conjunto arquitectónico que incluye un famoso Santuario Mariano, y es obra del arquitecto Francisco Coello de Portugal y Acuña, para quien yo tuve el honor de trabajar allá por el año 1966, siendo estudiante en Madrid. Inspiro y exhalo.

Como es lógico, se despertó un interés espectacular por el inevitable reencuentro entre unos compañeros que, en no pocos casos, llevábamos cuarenta años sin vernos, por decirlo en números redondos. Naturalmente, el Blog era un reflejo de ese animoso interés y, si bien la actividad literaria en el mismo empezó siendo un tanto timorata, ésta fue creciendo día a día hasta vestirse de largo en unos pocos meses. No obstante, el peso de la misma recaía sobre unos cuantos plumillas intrépidos que, anticipando la fiesta que iba a tener lugar más adelante, asaltamos el Blog literalmente, tomándolo por la casa de la dicha. Llegó un momento en el que parecíamos niños en una tienda de felicidad y caramelos Yo era sin duda uno de los que más caña metía, pero había algunos otros que me iban empujando con el aliento y que no voy a nombrar por temor a las represalias y porque no reside ahí el interés de este artículo. Mejor dicho, voy a nombrar a uno solamente, que no es de los que más se prodigaba escribiendo, pero que posiblemente fuera uno de los más fervorosos lectores. Se llama Oscar Fernández Hidalgo, Oscarín, oncólogo de profesión que ejercía y ejerce en la Clínica Universidad de Navarra.
Pues bien, un día Oscar se descolgó con un texto que contenía muy serias alabanzas hacia algunos de nosotros, despertando la admiración de todos los compañeros no tanto por los elogios proferidos como por la fuerza que tenía y lo bien escrito que estaba.

Cambio completamente de tercio para decir que, al tiempo que esto ocurría, yo me prodigaba también en los campos de fútbol de Villajoyosa y otros pueblos cercanos de la Marina Baixa (Benidorm, Alfaz del Pi, La Nucía, Finestrat), en los que disputaba el balón a unos compañeros que eran mucho más jóvenes que yo, pero que iban más de fiesta.

Y aquí es donde se juntan los astros, o al menos se juntaron aquel día,  para que ocurriera lo que finalmente ocurrió. Y lo que ocurrió fue lo relatado en la respuesta colgada en el Blog de antiguos alumnos que dejo más abajo y que, enmendándole la plana al franquismo, hablaba de toros y de fútbol: es decir, de los morlacos de León, entre los que yo me encontraba, de los astados de Pamplona, que eran los hijos de San Fermín y de los becerros de Villajoyosa, que eran los que a mí me pegaban las cornadas y me llenaban de fuego y de sangre las espinillas. A uno de estos últimos, cuyo nombre es Benito, se le había ocurrido casarse aquel mismo día. Pero nada sorprendente hubiera habido en ello de no ser porque llevaba 25 años casado. Y no es que se volviera a casar, simple y llanamente, es que se casaba con la misma...

Querido Oscar:

Con esa capacidad y esa invectiva, ¿qué haces tú que no sales más a la plaza? Has hecho una descripción de la “morlaquería” leonesa que te destapa y que te honra. Tú estabas callado y escondido, pero has sacado el capote de Andrés Vázquez ¿Recuerdas a este torero zamorano?, has salido al Coso de San Fermín, has pegado el chupinazo y has dicho: ¡Ea! Así, con temple, penetrando directamente en el arte. Te imagino con el pantalón ajustado y las hombrías acomodadas: “Tú, toro Cortés, embiste si tienes güevos”. Nada del torito Guapo, de El Fari, sino el Gran Toro de Osborne. Bragado y con trapío.

Joder, Oscar, qué sorpresa me has dado. Yo creí que hoy ya había recibido la ración suficiente con el “morlaco javierino” que me tocará lidiar esta tarde, que no es manso precisamente. Verás: Hoy tengo que ir a la boda de un compañero del fútbol, que es reincidente en esto de la coyunda
-¿Y eso es malo?
-No, lo malo es que se casa con la misma…Después de veinticinco años
-¿De veras?
-Sí, con cura y todo
-Bueno, pues está bien, ¿no? Para contraponerlo a tanta separación y a tanto divorcio…
-Sí, claro, lo que pasa es que toda corrida tiene sus riesgos, y a ésta le ha salido un espontáneo, como vas a ver en seguida
-Soy todo oídos…
-Pues verás, otro compañero del fútbol nos ha salido bufón y le ha dicho al Valiente que ha tropezado dos veces, de momento: “Que no te sepa mal si me río en la ceremonia, porque es que lo estoy viendo venir: me voy a tronchar de la risa”. Y el Valiente le dice: “No me jodas, Manolo, que si tú te ríes, yo me voy de cabeza. Y si me río yo, no veas la que puede formarse. Y lo que es peor, ¿quién sujeta al toro que mi mujer lleva dentro y va a ser toro de furia? O sea, que la risa va a traer lágrimas y hasta puede haber Bodas de Sangre”.

Fíjate, Oscar, cómo andan las cosas por aquí. Y tú vas y metes al toro en el burladero…
Quiero darte las gracias por esta maravillosa descripción y por las cosas bonitas que has dicho de mí. Que Javier y Enrique respondan de lo que a ellos les toca, que es mucho y muy bueno. A ver si esta entrada tuya crea un poco más de afición en los tendidos. Hay espadas que pueden entrar a matar en cuanto se sientan motivadas.

No releo. Si hay banderillas mal puestas, que los lectores las utilicen para rascarse las ideas. Y al toro, si quieren, que lo devuelvan a los corrales. Yo declaro que no entiendo de toros.

Querido Oscar, el Tapado,
has estado sembrado.

Dejamos el fútbol y los toros, pero no las espadas del amor. En un soneto.

Un abrazo


Hoy regreso al amor


Hoy regreso al amor y a sus espinas
porque tengo en la boca agua salada
de una mar que bebí, desaforada,
en cien vasos de miel y golosinas.

Hoy regreso al amor por las esquinas
liminares del ser y de la nada,
entre el rayo de luz de la alborada
y la sombra que albergan las sentinas.

Hoy regreso a las altas medicinas
de la fe, de la luz, de la mirada,
de la cálida sangre enamorada.

Hoy regreso al amor y a sus espinas,
a la rosa doliente y entregada
que me acerca a la paz y no a la espada.

Del libro “Vientos de soledad”

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

viernes, 1 de abril de 2011

El abuelo, el nieto y el cura

Ángeles y demonios, tomada de internet sin ánimo de lucro



El abuelo, el nieto y el cura


Queridos amigos:

Gracias a la atracción en la que me tenía envuelto de niño, mi abuelo siempre ha sido para mí un motivo de inspiración literaria. De hecho, creo que la primera vez que cogí en serio una pluma fue para escribir un cuento en el que se reflejaran ciertos aspectos de su vida que me resultaban especialmente atrayentes.

Después imaginé un poema sobre su muerte que quedó recogido en el libro “Tierra conmovida”. Dejo aquí unos párrafos del cuento para facilitar, si cabe, la comprensión del poema.


Fragmentos preliminares de “El abuelo”

Mi abuelo, además de una cara simpática, tenía un mueble de rinconera para guardar sus secretos. Su cuarto era grande, sobrio, misterioso… Aquella manta casera que cubría la cama, el escapulario que siempre pendía del enorme cabezal, el crucifijo colgado de la pared, las contraventanas de roble entornadas, el suelo recubierto de irregulares maderas, la mesita de noche, la misteriosa mesita de noche donde mi abuelo colocaba la vela o el farol o el viejo candil de aceite para leer… También recuerdo aquel arca, aquella madera de generaciones, fantasmal, grande, aquel baúl pesado del que yo siempre esperaba que salieran los muertos…

Sí, su cuarto era el recinto de las almas en pena, la magia que envuelve los misterios de la noche, la caja de las ánimas… Y aquel viejo mueble de rinconera, aquella dependencia mágica donde guardaba sus libros ¡Ay! Las coberturas negras de sus libros, la enlutada encuadernación de tanto misterio. Ese era el límite de mi curiosidad. Allí me plantaba yo, atraído y repulsado por lo posible-imposible. Allí había un letrero que decía: no pases, con letras encantadas, temblorosas. Allí empezaba el mundo de los espíritus, de las fuerzas invisibles, de los poderes ocultos. Allí fundaba yo la existencia de los milagros… la concepción de la carne por medio de las ventosas, la espantada del dolor mediante las friegas, la predicción del futuro de los recién nacidos en función de la menudencia de los estornudos…

Allí estaban los demonios, las brujas, las reuniones secretas, las presencias invisibles, la explicación de los remolinos de viento… Allí estaba el poder de la secta, los espiritistas que lo envolvieron durante sus años en Cuba, los espiritistas de los que huyó cuando se vino a su patria, de los que no pudo huir, ya nunca, ni siquiera con la ayuda de Dios en la solemnidad de las misas concelebradas de las fiestas. Cruces y demonios, fantasmas y ritos, cabras y corderos. Magia, magia… Comunión con la muerte, conversaciones con las almas de los desaparecidos. Tormentos de la imaginación, persecuciones, cantos y liturgias, engendramientos de invisibles demonios: “Esa alma que llevas en el vientre será la perdición de la casa. La engendró Satanás”. Y también santos remedios para la curación de los males: derramamientos de ceras, invocaciones a los espíritus, quema de estopas, responsos, viáticos caseros, imprecaciones y exorcismos: “Ah, Satán, yo te arrojo al averno de las ceras hirvientes, yo te arrojo del alma de las criaturas inocentes” “Ah, Satán, cébate en la sangre de esta cabra que para ti sacrifico. Huye de esta casa donde se adora a Dios, tu Señor”…

Mi abuelo era alegre como el rabo de las lagartijas, pero también era triste como los ojos de un perro. Viajaba de las alturas de Dios a las profundidades del Demonio. Estaba en comunicación directa con los espíritus malignos, los hijos de Satán, pero también se sentía atraído por el poderoso imán de los ángeles. Iba a la Iglesia de Dios y adoraba a Dios y al Diablo; hasta creo que llegó a confundirlos en una misma persona…

El poema:


El abuelo, el nieto y el cura

Tomó con prisa la calle
y fue a la casa del cura:

-Señor, se muere el abuelo
y está en pecado, sin duda.
Sin duda tiene el demonio
y a usted le pete la cura.

-¿Es él quien manda el recado?
-Es cuenta mía, no suya.
-Y el curandero, ¿qué dice?
-Ya le ha mandado una purga.
-¿Se la ha tomado?
-Parece.
-¿Y no hay mejora?
-Ninguna
-Es yerba mala, tu abuelo.
-Señor, la trajo de Cuba.

Miró a la cara del mozo
Por ver si hablaba de chunga:

-Yo me refiero a la casta,
y digo sólo que es dura.
La yerba mala no muere.
-Tampoco mueren las pulgas.
-¿Se ha arrepentido siquiera?
-¡Quién sabe!
-¿No lo aseguras?
-No sé las cuentas que lleva,
la habitación está a oscuras.
-¿Y no se le oyen los rezos?
-Las quejas.
-¿Y pide ayuda?
-Ayuda, ayuda, sí pide;
pero es al diablo, no al cura.
Demonios es lo que tiene,
que, enfermedades, ninguna.

Salió por fin a la calle
como un guerrero a la lucha.
Sus armas, contra el demonio,
hisopo, incienso y casulla.

-¡Que Dios me ampare, muchacho!
-¡Amén, Señor, Aleluya!

Del libro “Tierra conmovida” (1986)

Mariano Estrada, http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
Blog http://paisajes.blogcindario.com/