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miércoles, 31 de octubre de 2012

Noche sin luna




Tomada de internet sin ánimo de lucro


Noche sin luna

Antes de llegar la emigración que vació los pueblos de España, y de esto hace apenas cincuenta años, éstos rebosaban dinamismo y vitalidad por todos sus poros: sus calles, sus casas, sus caminos, sus rincones. La convivencia era tan exteriorizada y tan grande que  nadie movía un músculo sin que los vecinos lo supieran. Lo sabían todo, incluso algunas cosas que hubieran preferido no saber. Casi se puede decir que eran libros abiertos; unos  libros que, si bien tenían borrones y tachaduras,  no estaban hechos de papel, sino de transparentes láminas de vida, unas alegres, otras tristes, otras dolorosas, porque los libros que va escribiendo la vida están hechos de sentimientos, a veces apasionados; de deseos, a menudo ardorosos; de fantasías, casi siempre encendidas. Y todas estas cosas giran mucho sobre la gravitación de los cuerpos, es decir, el peso, la sangre, la atracción, la caída, la caída libre, la caída morrocotuda…

Ya decían los curas que los enemigos del alma eran tres: el mundo, el demonio y la carne. Pero la carne, en la España de los cincuenta y de los sesenta, salvo la que procedía de Argentina, estaba realmente muy cara, muy cara. Tanto que, legalmente,  solo había un camino para acceder a ella: el amor. O lo que entonces era igual: el matrimonio. Y para eso había que retratarse delante de la familia, pedir la mano y recurrir al altar, donde la novia debía ir blanca y radiante, como decía Guardiola, no el del fútbol, el otro, el de la voz grave, el que le indicaba a su hija los lugares dónde podía estar el buen Dios.

¿Y le parece a usted mal que se pensara en la carne? No, no, a mí me parece de película. A los que no les parecía tan bien era a los padres de las dueñas de las carnicerías, que tenían que andar siempre aleccionándolas sobre cosas que no sabían ni pronunciar y viviendo con el ojo avizor, no fuera a ser que unos lobos hambrientos y rijosos disfrutaran de la comida a sus espaldas y les saliera gratis la fiesta, como pasaba más de una vez y en ocasiones antes de tiempo. Naturalmente, la noche era una aliada perfecta, ya que las bombillas eran bienes escasos, tanto en cantidad como en potencia luminosa. Faltaba mucho aún para la llegada de Miguel Sebastián, el ministro que en un futuro incierto repartiría gratis las bombillas. Además, los pueblos no estaban asfaltados y sus calles estaban llenas de barros y de piedras, barros que se multiplicaban por las noches y piedras que eran dardos al servicio de la pasión. Es verdad que las piedras no valían para romper la luna, que era una bombilla chivata y delatora, pero había muchas noches oscuras. Y los curas jugaban con una cierta ventaja, porque escondían el balón entre las piernas, bajo la sotana, y los confesionarios tenían las cratículas traspasadas por las emociones, por las llantinas y por los secretos de alcoba.

Por cierto, con luna o sin luna, los amos de la noche eran los gatos, y el medio natural en el que se movían, como auténticos barones rampantes, eran los tejados, las ventanas y las buhardillas. ¿Quién dijo que no había diversión en los pueblos? Ya lo creo que sí, y eso que no hemos hablado aún de los prados y de los pajares…
-¡Aleluya! Yo de aquí no me muevo aunque me lo pida el Obispo de Roma.
-Pues ojo al parche, César, porque esta noche va a caer una lluvia de sal. Hoy he visto a Bruto con la escopeta.


Nota:
Entre los trabajos que acabaron en la bolsa de las Poe-canciones, hay dos o tres que fueron intentos de reciclar un poema. Éste fue uno de ellos. El resultado está ahí. No juzgo, no digo, no disparo. Que sean otros los que juzguen y digan y disparen.

Noche sin luna

Por donde saltan los gatos
me deslicé de rodillas.
la noche andaba sin luna
y, más aún, sin bombillas.

La luz quedaba por dentro,
tras la ventana encendida;
y dentro tú, como novia
para el amor ofrecida.

Pero los ojos de un gato,
acaso sólo imaginan
cuando las noches sin luna
tampoco tienen bombillas.

Con una luz solitaria,
que ciegan bien las cortinas,
un gato, por más que quiera,
no puede ver, sólo mira.

Entre las luces del alba,
la sombra se desleía;
dejaba el gato tu casa,
entraba el hombre en la mía.

De la serie “Poe-canciones”

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

sábado, 27 de octubre de 2012

Otoño: hojas de dolor y de gozo




Foto tomada de internet sin ánimo de lucro


Otoño: hojas de dolor y de gozo

A mis padres y hermano

Las hojas caen como
lenguas lentísimas de otoño,
y dejan en el barro
sus auroras de luz, sus altas
lunas de incendio y de ceniza.

Por encima del mármol

Por encima del mármol,
que responde a la causa del dolor
con un eterno frío,
sobresale la íntima
belleza de este otoño triste.

Y más que la nutrida humanidad
o compartido leño
en que el dolor se envuelve,
me abruman las calladas
esencias de esta antigua tierra:

Esas hojas de roble, esos
tonos maduros del castaño,
ese brezo que incuba
esplendores de miel y colorido,
el humero feraz
en que consiste el agua...

A esas cosas respondo,
porque esas cosas son, no el mármol,
las cenizas más nobles
donde pueda guardarse una memoria.

 
Reversión

Un frío intestinal
se contrapone a esta belleza
de lenguas vegetales
que arropan el dolor
con los colores del otoño.

Rodeando las lágrimas, un viento
liviano, casi imperceptible,
agita el matorral
que representa a la memoria,
y arranca de sus cepas
calurosos tizones de familia.

De este modo,
los mármoles recientes se deslíen
en un vasto recuerdo:
el de un tronco de lumbres apretadas
que ha esparcido en los árboles
            el beso largo de la leña.

Del libro “Hojas lentas de otoño”

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

miércoles, 24 de octubre de 2012

Otoño en la fragua



Quintanilla, Zamora. Foto JM. Piña


Otoño en la fragua

Jacinto y Tiburcio pasaron la adolescencia y gran parte de la juventud encerrados en un seminario, donde estudiaron religión, música, latín, filosofía y otras muchas cosas.  No se hicieron curas porque, llegado el momento, se percataron de que realmente no tenían vocación sacerdotal, aunque estuvieron muy a punto. Así que regresaron al pueblo, donde sólo había casas y campo: pocas casas y mucho campo. En una de esas casas, de planta baja, su padre había puesto una fragua que luego abandonó por enfermedad. Ellos la heredaron y la convirtieron en una forma de vida. No es que fuera muy buena, pero el trabajo tampoco les mataba. Además, estaban siempre juntos y, entre martillazo y martillazo, tenían mucho tiempo para filosofar, porque, eso sí, los dos se consideraban filósofos, tal vez un poco poetas. Y puede ser que lo fueran porque en el pueblo nadie les acababa de entender...

Otoño en la fragua (Fragmento)

El otoño llegaba a su esplendor con sus colores de abeja y caramelo. El paisaje dejaba en la mirada una expresión de asombro que el pecho recibía con deleite y convertía en admiración y borrachera. Pócimas de roble, licores de chopo y de castaño, brebajes de nogal, mostos de parra... Saúcos, fresnos, álamos, negrillos... Exuberancias de color, lujurias líricas, multiplicadas incitaciones de gozo...

Los nogales del frente de la Iglesia son mucho más grandes que los olivos del huerto de Getsemaní, y más viejos que Jesucristo cuando fue besado por Judas, el traidor. La verdad es que son unos nogales espléndidos no sólo en la estatura y en la antigüedad, sino también en las nueces, en las hojas y en los pájaros. Nueces que ignoran  el instrumento de su ruina, que Tchaikovsky hizo arte, pájaros que desconocen a Dios, por más que sean píos, píos, papíos, y  hojas que derraman en el árbol sus esplendores de otoño.
-¿Tú qué dices, Tiburcio?
-Yo digo que mayo pajarayo. La primavera es la vida, el otoño es anticipo de la soledad y de la muerte.
-¿La muerte de quién, Tiburcio? ¿Acaso te has muerto alguna vez y a mí me tienes en babia? ¿O es que te cuelgas de los techos para invernar, como los murciélagos y las estalactitas? ¿Dónde tienes los ojos, mamón, en el cogote? ¿No te conmueve el colorido?

En la Cortina de los Gatos hay unos chopos esbeltos cuyas hojas, multiplicadas y otoñales, el aire estremecía levemente y el sol mandaba en reflejos a los ojos. La Iglesia asomaba por detrás, con su torre-campanario de granito gris, gama Puente Nuevo, y sus anchos tejados de pizarra, cromatismo azul, tono Llojadal cantera. Todo oscurecido por líquenes y  musgos y acaso matizado de erosión por los rigores climatológicos y el persistente fluir de las centurias.
-Las almas de los muertos, Jacinto, se sienten arropadas por la proximidad corpórea de los vivos, pero también por las piedras que conocieron en vida.
-Ya lo creo, Tiburcio, y sobre todo en el invierno.
-En el invierno y en el verano, Jacinto. Despojadas de la carne, que es peso y costumbre, las almas  no resisten la soledad, por eso se hacen gregarias y asociativas. Procesiones, enjambres, estantiguas, columnas, coros, batallones... Son formas o estructuras que adoptan  las almas penitentes, ya sin espacio ni  tiempo.
-¿Quieres decir, Tiburcio, que en el día señalado de los difuntos, cuando el cementerio contradice abiertamente al otoño y se viste de primavera -bien que sea fugaz y funeraria-, estamos rodeados de abejas incorpóreas, cínifes  metafísicos, mariposas ingrávidas, hormigas invisibles y algún que otro fantasma vaporoso de la hueste humana pasada a mejor vida?
-Eso es, Jacinto, has volado tan alto tan alto que le has dado alcance a la caza.
-Es decir, que yo no estoy con mis muertos, como era mi intención y mi creencia, pongamos por caso, sino con un coro de espíritus amontonados que acompaña inseparablemente a mis muertos.
-No, tú estás con tus muertos realmente, porque eso es cosa de fe y la fe depende de ti, pero ellos ya están entregados a otra causa más alta  y más sublime, constituyendo una unidad de destino universal.
-Ángela María, la ingente congregación de los espíritus, llamada Santa Compaña, se ha equipado de combatividad y patrioterismo. Franco ha ampliado sus tronos y dominaciones. Los cementerios deben abrirse por defunción. La guerra ha llegado a sus comienzos.

El cura lucía una casulla de un dorado tenue que, dadas las inevitables genuflexiones durante la celebración de la misa, dejaba ver un sagrario que entonaba muy bien con el otoño, igual que  los retablos y la patena:
-Copón, pero ahí hay trampa –protestó Tiburcio-. El  color de lo sagrado no depende del tiempo. El cáliz es dorado por los quilates, no por el otoño.
-Pero el cura no se aviene a razones, Tiburcio, porque el cura es pimiento colorado, azul y verde... O sea que tan pronto es  aleluya como salmodia, después será domingo o Navidad, Crucifixión,  Adviento, Epifanía... Y aún nos ahorramos la sotana.
-Desde un punto de vista  litúrgico, Jacinto,  la sotana es el vestido de la inactividad, que es reposo momentáneo, no del requiem, que es descanso eterno. Claro está que  la sotana es negra, como el luto, pero también como el pecado. Y el pecado es hijo del ocio y el ocio no distingue color...

“El color de las casullas” -pontificaba el sacristán cuando le daban ocasión-  “se corresponde con la intencionalidad del oficio que se celebra: no es igual una boda que un entierro”.  Otro tanto ocurría con las músicas, ciertamente variadas, del repertorio sacramental: Palestrina, Bach, Haendel, Mozart... Graves, tristes, alegres, circunspectas... Liturgia pura. Ninguna implicación o connivencia con las estaciones, sean temporales, musicales, pictóricas o ferroviarias.
-Con las estaciones, Jacinto, solamente se han implicado los profanos, como Stravinsky, al  sucumbir a los efluvios primaverales, que, dicho de otro modo, son explosiones de vida. O Vivaldi, que en un rapto de fiebre pasional, tan divergente como aglutinadora, no musicó una estación, sino las cuatro.
-Podía haber musicado las catorce y, en lugar del almanaque, hubiera compendiado el Viacrucis.
-No había caído yo en esas cuentas, Jacinto, pero dime: ¿qué  tienen  que ver con el otoño?
-La evocación, Tiburcio, a través de los oros de las casullas, nada bastos, por cierto, y de las copas de la celebración, que brillan como filos de espadas.
-El oro, aunque sea como evocación, siempre es sospechoso de codicias, hermano, especialmente si las pasiones se desatan con cargamentos de juego y borrachera.

Avanzada la tarde, la fragua había entrado también en su imperioso ocaso. Y teniendo  en cuenta que el  fuelle, como instrumento necesariamente subordinado, no avivaba las brasas, la ceniza se extendía sobre el fuego matizando su potencia y confiriéndole un carácter otoñal que daba paso al frío.
-¿No hay lugares en el mundo donde dicen que siempre es primavera? Pues vámonos allí, Jacinto, librémonos del frío y sus congojas.
-¿Y eres tú quien habla, Tiburcio; tú, herrero; tú, Vulcano? ¿Adónde hay invierno más benigno que en los entornos de un yunque, a la vera de un fuelle y en el calor compartido de una fragua?
-En la mujer, Jacinto, en un regazo de esposa. Esa es mi fragua deseada, mi invierno de estrechas soldaduras con la primavera, mi tierra elemental, mi carne transitiva, mi declinar gozoso...

Cuando Tiburcio cerraba el obrador, martilleaba en su cabeza una lluvia fina que le iba bien al otoño. Dentro, en las planicies desoladas de su noble alma de cántaro, caían chaparrones de tristeza.
-Si es verdad que la lluvia sucede en el pasado, hermano, esto debe de ser el futuro.
-No te digo que no, Jacinto. La lluvia de este instante fue antes un presagio y una nube, el viento que nos mece venía ya de otra parte, las hojas que no paran de caer cayeron en un tiempo que nunca es el ahora. Acaso el invierno empezó con esta lluvia de otoño que en días venideros será de soledad y de frío. Las hojas volarán con sus colores y nosotros nos pondremos a la lumbre para alimentar los recuerdos y las salpicaduras. Después llegará la primavera.
-Ciertamente te falta una mujer, Tiburcio, ahora caigo en la cuenta. Búscala en la tierra y en el aire, en las proximidades o en los confines, dale el corazón con sus galopes contenidos, abrígate en sus ojos y cruza el rubicón de los carámbanos bajo el ancho paraguas de los besos...  Pero cuídate muy bien de que en el fondo de su alma, por más que compañera y voluntariosa, no haya alguna oculta fatalidad por la cual se llame Dolores. Porque entonces el invierno se haría hielo dos veces.

Pasados unos años, tanto por la fragua como por la vida, en los ojos de Tiburcio se reflejaba el otoño de muy distinta manera: no ya con sus colores de abeja y caramelo, más o menos cercanos o distantes,  que preconizaba su hermano, sino también con los posos de sustancia y esencialidad que, de repente, le atravesaban la retina y  le llegaban al fondo del espíritu. No, los ojos de Tiburcio ya no veían el otoño como el límite de un ciclo de la vida, es decir, del hombre, sino como parte de un proceso armónico y unitario en el que, año tras año,  se depositaba generosamente la belleza. Y la belleza, en su forma elemental y en su sentido más hondo y más oculto, es parte indisociable de la verdad última del hombre.

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios
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Foto tomada de internet sin ánimo de lucro



domingo, 21 de octubre de 2012

Desfalco de amor



Foto tomada de internet sin ánimo de lucro


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Desfalco de amor

¿Qué importa el nombre si el delito es cierto?

Desde el silencio profundo de la noche, entre olor a jazmín y a soledad, presiento que alguien va a decirme que la palabra desfalco no es la más indicada para hablar de la infidelidad amorosa. Y yo estoy de acuerdo en que, tanto el desfalco en sí mismo como la percepción fónica de su nombre,  nos remite más bien a los arcanos indescifrables de la economía, de la contabilidad, de las finanzas… Y, concretamente, a los cuartos oscuros de la banca y de las grandes empresas. Porque, vamos a ver,  para que atraiga la atención del respetable, le impacte en los oídos y le llene bien la boca, un desfalco tiene que ser clamoroso, descomunal, apoteósico y pantagruélico. ¿A quién le podría interesar un desfalquillo menor, con todos los ingredientes domésticos al uso, salvo al pequeño comité de los implicados en el mismo?

Ahora bien, si nos atenemos exclusivamente al significado, yo creo que entre el desfalco y la infidelidad hay afinidades precisas y concluyentes. En ambos casos se traiciona la confianza. Con la diferencia, eso sí, de que  en el caso de la infidelidad se traiciona también el amor. Lo que quiere decir que quien practica la infidelidad comete dos graves delitos. O lo que es igual: un doble desfalco.

No obstante, reconozco que las afinidades desaparecen a la hora de aplicar el correspondiente castigo. ¿Por qué? Porque  un desfalco puede castigarse con la cárcel, por ejemplo, pero ¿cómo se castiga la infidelidad? Claro que, si se trata de buscar afinidades, podíamos decir que en los dos reos se da algún tipo de pena.

Desfalco de amor

Porque el recuerdo es punzante,
porque el cuchillo es dolor,
porque anulaste los cheques
de nuestra cuenta de amor.

Porque en la casa hace frío,
porque no corre el reloj,
porque en la cuenta de amarnos
se descubrió un polizón.

Yo soy autor del delito,
yo quebranté la ilusión,
yo tramité esa hipoteca
de culpas y de traición.

Así, por ese desfalco
de amor, que tanto lamento,
de día me azota el aire,
de noche me abate el viento.

Me duermo y tus ojos me atormentan,
despierto y me duele el desamor,
perdóname y vuelve con la vida
y dame la vida en el perdón.

La cama es un témpano de hielo,
la piel se me empapa de sudor,
regresa a sanar con el olvido
la herida que te hice en el amor.

Así, por ese desfalco
de amor, que tanto lamento,
despierto me quema el aire,
dormido me abrasa el viento.

De la serie “Poe-canciones”.

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios