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lunes, 31 de octubre de 2011

Mementos


Torre-campanario Iglesia Muelas de los Caballeros. Foto Fernando Medrano


Sustraído a la luz
por las murallas del ocaso,
¿quién se alzará sobre el nivel
espeso de la sombra?
¿Quién se atreve a rasgar
sus tafetanes negros?


Mementos

Los altos cirios, las coronas
nimbadas de los ángeles,
las músicas de Bach y Palestrina,
los trémulos sollozos, la oración,
el negro catafalco...

Van cayendo las hojas
sobre el barro vencido del crepúsculo,
en tanto que el dolor,
entrecortado y lento,
responde a un interludio de campanas
gravitadas en muerte.

Los mementos se agolpan en los labios
callados de la piedra, y en el polvo
desnudo de esta carne última
que huye de la luz
por torrenteras de ceniza.

El grillo de las hojas adelgaza
los cantos gregorianos
y el hisopo rocía los barnices
asépticos que cubren la memoria...

Confines del otoño. "Requiem
aeternam dona eis, Domine".
La cruz, el mármol, los inciensos...
Misereres de amor, sobrepellices
de cera derretida, llantos, penas,
crisantemos de luz y de granito...

Como gotas de paz,
como estertores ácidos de lluvia,
van cayendo las hojas del dolor,
las de la savia interferida,
las que miran el barro desde un
velo de luz desesperada.

Del libro "Hojas lentas de otoño"

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

Foto Fernando Medrano
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domingo, 30 de octubre de 2011

Hojas de otoño para mis padres


Foto de JM Piña

Mientras cuelgo esta entrada estoy pensando en mis padres, María Vázquez y Daniel Estrada, que fueron tan buenos con nosotros



Hojas lentas de otoño

La hojas de este libro, metáforas del dolor y del gozo y exponentes de la belleza, perviven en la Carballeda zamorana, especialmente en un rincón de la misma llamado Muelas de los Caballeros-Justel-Quintanilla-Donado, porque allí fue donde me aconteció la niñez con sus alforjas de felicidad, allí fue donde puso sus cebos la añoranza y allí fue donde al cabo me ha rozado la muerte. Mariano Estrada.


Foto de Fernando Medrano


 Un frío intestinal
se contrapone a esta belleza
de lenguas vegetales
que arropan el dolor
con los colores del otoño.


Foto de JM Piña


Esas hojas de roble, esos
tonos maduros del castaño,
ese brezo que incuba
esplendores de miel y colorido,
el humero feraz
en que consiste el agua...

A esas cosas respondo,
porque esas cosas son, no el mármol,
las cenizas más nobles
donde pueda guardarse una memoria.


Robles


 Hojas lentas de otoño

Emanan de la tarde
vastos murciélagos de sombra
que, al pairo del crepúsculo,
anticipan el cerco de la noche.

La calle se concibe como
claro de luz artificial
                            y procelosa vida.

Sobre un clamor ferviente
de variada naturaleza,
los árboles modulan en sus copas
placideces de viento.

Pero tú, ojo mustio, banco
entristecido de la casa,
desoyes el clarín de este concilio
y escuchas en las hojas
no un fervor verde de músicas,
sino un llanto de ceras, un esputo
agrio de lenguas amarillas.

Después, al dorso de la sombra,
bajo el trino desnudo de los pájaros,
el alba irrumpe en mí con
                            lentas hojas de otoño.

Del libro “Hojas lentas de otoño”

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

 
Foto de Fernando Medrano


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viernes, 28 de octubre de 2011

A una rama


Foto de Fernando Medrano


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A una rama

Frente a esa claridad,
frente a ese monte, donde todo
es elocuente y gárrulo,
tú, árbol preterible, rama íntima,
me ofreces una flor
que desmorona el tiempo
y reconduce la mirada.

Ahí, en ese humilde tronco,
donde ya ningún hacha se detiene,
yo he injertado la luz de la pupila.

Y me siento mejor
porque te alumbro y amo.
Y comprendo mejor, porque los ojos
me crecen saturados de inocencia.

 Del libro "Hojas lentas de otoño"

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

jueves, 27 de octubre de 2011

Retrospección


Otoño. Chimenea de pizarra, Quintanilla, Zamora. Foto JM Piña


Cuando yo era niño, la figura de mi madre llenaba todos los espacios de la casa. Después fui adolescente y joven y mayor, pero ella seguía llenándolo todo con su presencia. Un día se fue, como nos iremos los demás, y desde entonces me ocupa la memoria.

martes, 25 de octubre de 2011

Memorias del ahogo

Tomado de internet sin ánimo de lucro


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Memorias del ahogo

La tarde son dos árboles
entrelazados que anteponen
su vista a la del mar,
que es un gozo perenne
y a menudo también una tragedia:
un barco,
un cuerpo,
un vendaval,
un oscuro presagio, la expresión
negra del agua
en la garganta del ahogo.

Se oye el tic-tac de los relojes
insobornables
que martillean el naufragio
de una forma obsesiva,
pero no se registra en la mirada
ni un solo movimiento
que confiera vitalidad
al escenario
cautivo de la muerte.

El mar es una ola ensimismada
de tiempo y  de dolor
que el corazón no logra
descabalgar de la retina,
un tambor insidioso que acentúa
la amenaza constante
de un agua procelosa
y eternamente quieta.

Las pupilas rezuman
un anhelo frustrado de humedad.
Hay espanto en la luz
y la razón zozobra.
La amargura recorre los azarbes
de una memoria fría,
mientras llueve metal en las profundas
arterias del espíritu.

La realidad se esconde
detrás de un cuadro sepia
que la conciencia rumia en soledad.
El silencio es un grumo
efervevescente
de arañas cerebrales
que aún no han sido enterradas.
Y en los tumbos del aire,
-a pesar de los cantos de los pájaros-,
se percibe una cruel melancolía
que desbarata
la paz y la convierte
en una sed amarga,
en un deseo íntimo de tierra.

Y sin embargo hay vida
detrás de esa conciencia
mortificada.
Porque la tarde ya es un tigre
vencido por la oscuridad
y la noche es un bálsamo de seda
que las sombras le ponen al dolor.

Detrás está el relámpago
de la esperanza,
ese flujo latente,
ese aliento que vive en el rescoldo
dormido de la noche,
allí donde la luz es un volcán
que siempre resucita.

Del libro “Las orillas del mar”

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

lunes, 24 de octubre de 2011

Reconocimiento

Figura de marfil. Foto Mariano Estrada

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Reconocimiento

Te puse en pedestales
tan altos,
que alejaban de ti tu verdadera
naturaleza.

Te exigí  perfecciones
que sólo un escultor
de pedernales
puede fijar en las estatuas.

Y ahora que te he visto
a un tamaño normal,
mezclada con el mundo,
rozando la grandeza,
pero también la pequeñez
y la fragilidad,
he advertido mi error
y reconozco que una sola
mirada comprensiva,
como ésta que acabamos de ofrecernos,
puede llenar la frente de laureles,
las noches de color,
la vida de sentido.

Hoy te miro y te veo. Nos amamos.
La ceguera es de ayer, el frío
ha quedado adherido a las cariátides.

Del libro "Gotas de hielo"

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

domingo, 23 de octubre de 2011

La mirada


Los ojos de Lidia


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La mirada

Vosotros me diréis que acariciar con los ojos
es moneda precaria.
Pero estáis completamente equivocados.
No es moneda siquiera.
Es el más inasible de los vientos.
Pero viento.
Viento que da en las heridas
con emulsiones de sal.
Viento al final de un cansancio
que presagia frondas y fuentes.
Viento de mar y de monte y de meseta.
Viento.

Sí, la caricia de los ojos
es la gratitud por el final de un dolor,
una tregua de vida entre dos muertes consecutivas.
Los ojos son presagios de amor
y, entrar en ellos,
es abrir la eternidad a un tiempo finito.
Quien va al amor por los ojos
andará el mismo camino que los dioses
cuando hicieron el cielo.
El cielo se hizo de amor
y sus puertas hay que abrirlas con la mirada.

Del libro "El cielo se hizo de amor"

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios


jueves, 20 de octubre de 2011

Una bolsa de plástico


El Charco, Villajoyosa. Foto Mariano Estrada 

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Una bolsa de plástico

1

Losa azul, agua
del mar, crispada por el aire. 
Playa anónima, cala recoleta
de la asediada costa levantina,
donde la luz mantiene su aposento.

Naturaleza viva y cruda,
verdad, belleza, transparencia,
realidad sin oprobio,
ausencia de profanación,
pureza evolutiva,
mismidad en el tiempo,
ser en sí, cuerpo sano y
constantemente limpio.

Claridad inmanente, vieja
materia transitiva, estado puro,
sonoridad gozosa, música
de bramas naturales
sin batuta y sin límite.
Principio largo,
desarrollo impoluto, verso
de poema jamás interrumpido.

Renovación continua, alegoría
cierta de la soñada eternidad,
esencia permanente,
legado sin propósito o destino
que no sea su proyección
celosa en el futuro
vital del universo,
que es el agua y los peces,
que es el aire y las aves,
que es el sol y la luz y la armonía
sagrada del espacio y de la tierra.

El Charco, Villajoyosa. Foto Mariano Estrada


2

En este cuadro idílico
de persistencia virginal,
comparece de golpe
una bolsa de plástico, una simple
mancha que apenas es un punto
minúsculo del territorio
universal urbanizado.
¿Por qué está usted aquí, despojo
de materia perturbadora,
y no en el almacén de reciclaje?

¡Cómo se desdibuja el panorama
del entorno por esta causa mínima!
¡Cómo incide en la vista y el espíritu!
Y cómo palidece la belleza
ante la espada de un guerrero
de apariencia tan leve
que no alcanza siquiera la minucia.
Una bolsa corriente del mercado mundano,
una sustancia inerte, intrusa, náufraga,
inoperante y sola, casi
del tamaño de la ridiculez.

¿Por qué el temor, entonces?
¿Por qué el desasosiego?

¡Ah! ¿Por qué Troya?
¿Por qué belfos y vientres y metáforas?
Todo es pureza en este mundo
traidor, en esta carne débil,
en esta vida efímera,
hasta que una pequeña bolsa
de plástico aparece
de pronto en el pulmón
más sano y más oculto
de la naturaleza viva,
e interrumpe, matiza y condiciona
la uniformidad gris
de una radiografía rutinaria.

Una radiografía del instante
que, con ley o sin ley
-y puede que al amparo de la ley-,
sufrirá los estragos
insaciables de la codicia,
hasta integrarse en la comunidad
territorial de los enfermos
de lesa civilización.

¿Cuántos años le quedan
para cambiar el escenario
de la salud, de la pasión,
de la belleza,
por el mugriento estercolero
del interés, del beneficio,
de la basura?


Foto tomada de internet sin ánimo de lucro

Del libro "Las orillas del mar"

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

lunes, 17 de octubre de 2011

Amor en alta mar


Patricia y Pablo, en la Playa de La Caleta, La Vila, sep. 2011 

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Amor en alta mar

             Para Patricia y Pablo

La mañana era un gozo
deshabitado que salímos
a conquistar y a merecer
bajo la protección alegre
de un amor compartido.
Nos esperaba el mar, nos envolvía
el peso de la luz,
nos embriagaba la belleza.

Olía a amanecer y a puerto.

Lejos ya de la costa, 
en un punto lejano
que primero fue línea de horizonte,
nos dejamos mecer por una ingente
ola de soledad y de silencio
que solo interrumpían
los chasquidos del agua
en las amuras de la embarcación
y algún graznido excelso de gaviota.

En el rostro nos daba la caricia,
estimulante y fresca,
de un aire saturado
de lloviznas salinizadas,
que mitigaba en parte los hachazos
inclementes y adónicos del sol.

Entre tanta magnificencia,
nosotros nos sentíamos
pequeños, casi diminutos,
pero pronto recuperamos
el sentido global de la armonía
-del tiempo, del  espacio, de las cosas-
y volvimos a ser los exultantes
protagonistas de un presente vivo
que ya empezaba a ser nuestro futuro.
Fue un hecho natural
y al mismo tiempo mágico.
Tú me tomaste de la mano
y me llevaste sin remedio
a la profundidad
cósmica de tus ojos.

Allí nos fusionamos en abrazos
desposeídos de limitación,
hasta que el mar fue un canto mudo.
Y en esta forma íntima,
de insuperable gozo,
llegamos bruscamente
al centro original del universo.

Después sonó de nuevo
el fragor persistente de la vida.
El mar restableció
su corazón de potro,
sus tritones de fuerza y de bravura,
sus mareas de espuma y agualuz,
su tornasol de helio, sus gaviotas…

Y la tarde ya fue, para nosotros,
un concierto de brisas y de pájaros,
una lluvia azulada de canciones.

Regresamos a casa.
La luna nos besó cuando la noche
era solo un galán, una promesa.

Del libro “Las orillas del mar”

Playa de La Caleta, La Vila. Foto Patricia Estrada

 Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

sábado, 15 de octubre de 2011

Te digo amor


Foto JM Piña

Te digo amor

Te digo amor
y estoy diciendo otoño:
ocaso, lluvias, árboles desnudos...

Y no me pesa el labio por decir
amor y estar diciendo muerte.

Amor y muerte, sí,
pues digo consunción
y surge un crisantemo.

Y digo oscuridad o noche
y estoy diciendo luz de madrugada...

Te digo amor, te digo tierra,
y acaso estoy diciendo
            eternidad o lirio.

Del libro Hojas lentas de otoño (1997)

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

viernes, 14 de octubre de 2011

Puente en ruinas

Puente de San Andrés, río Fontirín, Muelas de los Caballeros. Foto M. Estrada


Me ha causado tristeza contemplar los despojos de un viejo puente de madera por el que yo pasé tantas veces. De niño, de joven e incluso de mayor. Sin embargo, soy consciente de que este derrumbamiento deplorable, causado por la desidia y el abandono de los hombres, es apenas una metáfora de algunos otros puentes que lamentablemente ha roto la crisis. Me refiero a los que ponían en contacto a la pobreza con las orillas del bienestar.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Ocaso

Ocaso en El Charco, Villajoyosa


La tarde es un racimo 
de luz periclitada, casi
un territorio de la noche.

M. Estrada.


Ocaso

En este justo instante
(pasado ya, pero a la vez eterno),
mis ojos participan de una luz
que, accidentada,
roza los lindes de la noche
donde abreva la paz y
despereza sus ascuas la memoria.

El pasto de la tarde es un geranio incierto
que vierte en el perfil
                                  una seroja lenta.

Un muro de pavés
-togado de vapor y de relente-
levanta frente a mí
                         un ataúd levógiro.
(O al menos subdivide la pasión
-ya efímera- del rayo
en un fuera y un dentro).

Así,
como evidencias de la sombra,
me inundan las cenizas de dos
campos de luz crepusculares
que arrastran en sus lirios una idéntica muerte.

Ésta que a mí me deja a oscuras
mientras oigo los látigos del mar.

Del libro “Desde la flor del almendro”

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios


lunes, 10 de octubre de 2011

Amor y vida


Almendros en Relleu, Alicante. Al fondo el Puig Campana


Amor y vida

Apacentar la luz
en los inciensos del almendro
o en la mirra salobre que rezuma
el mar.

Mirar la lontananza como un
pacto de fe, un haz de lirios,
y ser con el paisaje la unidad,
no el centro.

Vivir, cortar la rosa, atar
el corazón a la querencia.

Y amar...
Amar con la espesura del dolor
que transfigura el barro,
lo afirma, lo bendice
y asume el compromiso
                             y los errores.

Y luego oscuridad y luego
aurora. Y luego repetirse
eternamente, amar, vivir...
Llenar el corazón de amor y vida.

Del libro "Desde la flor del almendro"

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

sábado, 8 de octubre de 2011

Aliagas de marzo


Sierra de Aitana. Font de l'Arbre. Confrides, Alicante.


Aliagas de marzo

Me reconcilio, al fin, con el soporte
oscuro del paisaje o con el
agrio punzón de la maleza,
porque he aprendido a amar en el dolor
y a levantar en el cauterio
la miel desestimada de la vista.

Me reconcilio con el beso gris,
con el perfume árido o
                          la púa dolorosa,
porque he aprendido a ver en las heridas
su más oculto fondo.

Y al fin me reconozco en el paisaje
que, abonado en las flores del almendro
-ahora verdes hojas-,
esta aliaga extendida me propone.

Y bendigo el limón sin amargura
que emerge de los tallos de un dolor
                          en su negada espina.

Sí, hoy me reconozco
                         en el abrojo florecido,
la hidra indomeñable o la exultante broza,
porque es en la belleza subsidiaria
                                     donde más te amo.


Del libro “Desde la flor del almendro”

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

jueves, 6 de octubre de 2011

Reversión


      Otoño en La Carballeda zamorana. Foto de JM Piña



Reversión

Un frío intestinal
se contrapone a esta belleza
de lenguas vegetales
que arropan el dolor
con los colores del otoño.

Rodeando las lágrimas, un viento
liviano, casi imperceptible,
agita el matorral
que representa a la memoria,
y arranca de sus cepas
calurosos tizones de familia.

De este modo,
los mármoles recientes se deslíen
en un vasto recuerdo:
el de un tronco de lumbres apretadas
que ha esparcido en los árboles
                            el beso largo de la leña.

Del libro "Hojas lentas de otoño"

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

miércoles, 5 de octubre de 2011

La librería de Jonás

     Busqué en la librería de Jonás, pero El Buscón estaba en la mía.

 
La librería de Jonás

Queridos amigos:

Cada vez que publico en este Blog un texto viejo, siento la necesidad de explicarlo a los lectores: “queridos lectores, este es un texto viejo” ¿Será con la idea de orientarles o, por el contrario, será para que lo lean con benevolencia? Pues bien, estamos ante un texto que, sin ser de la época de Maricastaña,  tiene ya sus años. Al igual que algunos otros que he colgado aquí anteriormente, pertenece al libro “Vindicación de JL Borges”, del que sólo se han publicado en Internet algunos fragmentos ¿Fale la splicación? Esfero que sí, forque no hay otra.

Un abrazo

La librería de Jonás

-Mira, Riki, o coges al toro por los cuernos o no harás nada en la vida. Las flores están bien como adorno, pero, si quieres cortar el bacalao, hay que olvidarse de florituras.
-¿Y qué me dices del arte?
-¿De qué te sirve el arte, si te crecen los papeles en los rincones? Déjate de monsergas, vete al grano, empieza de una vez, abandona esa actitud de divo perfeccionista. Nadie es la sal de la tierra, nadie está tocado de divinidad, somos puros mortales.

Éste es un trozo de conversación entre dos hombres de muy distinta factura. El trato que se dispensan, que es hondo y frecuente, está sellado por la amistad que se juraron de niños.
Antonio Muñoz Zaragoza, Toni, de 38 años, tiene ante la vida una actitud pragmática y mercantilista, lo cual no le impide que posea una dilatada cultura. Al contrario, su cultura se debe, en gran parte, a su actitud, puesto que ésta le ha permitido ganar el dinero necesario para comprar ciertos lujos difícilmente alcanzables de otra manera, entre ellos el tiempo para aprender (la casualidad no comporta cuatro títulos universitarios). Por otra parte, el dinero no ha suplantado a su yo, y el tiempo disponible, que ha sido mucho, le ha permitido también cultivar otras cosas, entre ellas la amistad y un determinado diletantismo. Así, juega al tenis, practica el surf y la vela, lee a Bertrand Russell, oye a Stravinsky, sale con mujeres, asiste a conferencias de alto nivel, frecuenta salas de cine y de teatro, va a conciertos, participa en tertulias… Dicho de otro modo, su vida se asienta en la razón y, a partir de ahí, se permite hacer guiños a los dioses. Con ello aprieta muchas tuercas, ata muchos cabos, silencia muchas bocas y gana muchos adeptos.

Ricardo Atienza Domínguez, Riki, aparte de la amistad y de los años, nada tiene de común con su amigo; más bien parece su antípoda. Tanto es así que, habiendo dispuesto en su día de las mismas oportunidades, las fue dejando pasar una a una como si fueran agua de un río. A cambio se instaló en una torre de marfil y allí forjó fantasías y ensimismaciones de las que, sin embargo, tuvo que descender a menudo para afrontar los problemas dimanantes de su escueto sueldo de profesor de instituto. Un día, quizás más agobiado que de costumbre, miró en su derredor y, viendo que sus vivencias se amontonaban en papeles que nadie leía, intuyó que su actitud había perdido sentido y que su felicidad había perdido quilates.
-¿Qué esperabas? –le dijo Antonio- No sólo te aíslas del mundo, lo cual puede ser grave si, como en tu caso, es excesivo, sino que te empeñas en pulir la mercancía hasta hacerla inconsútil, inmanejable, casi invisible ¿A quién le importan tus ménades, tus vesánicos acíbares, tus incorpóreos y policromados nenúfares?
-A nadie que los llame mercancía, desde luego –contestó Ricardo- Pero puede que interesen a otras gentes que habitan otros mundos y tienen otras dosis de sensibilidad, otra inquietud, otras visiones.
-¿Y dónde están esas gentes?
-No sé, aquí, allá, en lugares recónditos e insospechados.
-Ahí pueden estar toda la vida… Además, ¿quién va a llevarte hasta ellos si antes no convences a los que manejan los hilos, ya sean mecenas o negociantes? Mira, Riki, si tienes que escribir, escribe; pero intenta que la literatura sea a la vez un negocio. Yo lo veo así: sal de tu tabuco, métete en el cuerpo de los posibles lectores, cébalos, engáñalos si ello es preciso, miénteles descaradamente, usa y abusa de su enorme capacidad deglutiva, de su insaciable avidez, dales el alimento que piden… Pero no intentes meterlos en coturnos que les vienen estrechos.
-Eso es vender la gracia por muy pocas lentejas. Voy a decirte una cosa: “no sólo de pan vive el hombre”
-Por supuesto, hay quien vive de mirarse el ombligo; y acaso de compararse con Dios, con toda la soberbia que implica.

La discusión había entrado en parajes de insospechadas honduras. Para adaptarse a las mismas, o quizás para evitarlas, Antonio se sirvió un vaso de whisky y le puso otro a su amigo. Éste lo sorbió con avidez, intentando aplacar los exabruptos de su recién alanceada soberbia.
-Ponme otro –dijo secamente Ricardo.
-Si bebes de ese modo tendré que meterte en la cama –vaticinó Antonio.
-Cada vez que abres la boca es para ofrecerme un insulto. Antes me llamaste soberbio, ahora me llamas enclenque, luego me llamarás badulaque o alcornoque. Y tú ahí, juez de mis actos, libre de pecado y de culpa ¿Por qué no te miras al espejo?
-Porque hablábamos de ti, ¿recuerdas? ¿O no era tu felicidad la que había perdido quilates?
-¿Quilates? Ponme otro whisky, hermano.
-Tus deseos son gustos y, como tales, me inclinan.

Ricardo tomó el vaso en sus manos y bebió desaforadamente. Por su parte, Antonio no podía dejar de acompañar a su amigo, pues, a pesar de sus marcadas diferencias –o precisamente por ellas-, eran muchas cosas las que había compartido sus almas. De manera que, el uno por el otro, los dos se abandonaron a unos tragos sin tino que pronto se dejaron sentir en sus bocas.
-¿Quilates? –repitió Ricardo- ¡Aleluyas! Lo que ha perdido es vergüenza ¿Quieres que te diga una cosa? Yo nunca he sido feliz. Mi torre es un adarve contra el mundo, un refugio contra la realidad. Mis almenas están hechas de barro enmascarado, mis redes son trampas contra la desdicha, mis libros son vendas con las que he tapado los ojos. Pero hoy me siento desnudo, ya ves, porque nada ha sido bastante para ocultar mi soberbia. Soy soberbio, sí, e incluso ha habido momentos en que me he sentido divino. En mi descargo diré que, en esos justos momentos, he sido todos los hombres: Whitman, Borges, la vecina del tercero, los caníbales Tupí, Mahoma, Bili el Niño, Buda, el último de los mortales… y Dios.
-¿De qué te quejas entonces? –Se admiró Antonio-Yo no he trascendido jamás mi diminuta conciencia. Pero, secreto por secreto, tampoco a mí me sobra la dicha; es más, alguna falta me hace… Bajo esta concha impertérrita habita un hombre infeliz. Cada día que empieza es una losa sobre mi frente. Maldigo lo que soy y quisiera ser otra cosa, hallarme en otro cuerpo. Pero estoy atado al deber, que es quien me proporciona los lujos ¿Dónde está el whisky?
-En la botella, supongo –respondió Ricardo de una forma indolente.
-¿En la botella? Esto es un vidrio soplado que otro, y no yo, ha llenado de aire ¿Dónde está el líquido?
-En el cásculo, que, si mal no recuerdo, es sinónimo esdrújulo de botéllula.
-Sí, esdrújulo degenerativo –concluyó Antonio- ¿Dónde está esa botella?
-Piensa, Descartes, puesto que existes, ¿dónde guardarías tú un libro?
- Ahí –contestó Antonio, señalando con el dedo la librería-
-Pues, mutatis mutandis, no necesitas ser adivino –le reprochó su amigo, quien cambió absolutamente de tercio para decir- Y ya que hablamos de libros, ¿recuerdas la librería de Jonás?
-¿Por otro nombre el regurgitado? Claro que me acuerdo, ¿cómo no voy a acordarme?
-Pues ahí se decidió mi futuro –afirmó tajantemente Ricardo, dirigiéndose a la estantería y extrayendo un volumen del anaquel- Mientras tú satisfacías al animal, magreando a la chica, yo afanaba este libro, justamente este libro. O sea que la culpa la tuvo un Buscón llamado don Pablos
-Será una broma, ¿no? –aventuró Antonio.
-¿Broma? ¿Sabes lo que sufría yo cuando tú te calcabas a la chica? Por cierto,  ¿recuerdas el nombre de la chica?
-Claro, Graciela.
- ¡Ah, Graciela, belladona, flor de pitiminí! –enfatizó Ricardo, dejando volar un poco la imaginación- En menos de una semana leí tres veces al libro ¿Sabes para qué? Para negarla otras tantas, por no decir otras muchas, y más y más y más. Tenía que sacármela de aquí, del coco; a ella y al mamón que se la estaba beneficiando. En cuanto al libro, ¿qué quieres que te diga? Entre el enredo y la distracción no capté la mitad, pero el alma se me enganchó para siempre.
-¿Te gustaba Graciela? –preguntó Antonio un tanto extrañado.
-¿Que si me gustaba? Era mi ilusión, mi gozo, mi delirio. Y puesto que nunca desperté su interés, era mi perenne tortura. Con el tiempo se hizo diana de mis múltiples ensoñaciones onanistas; o, lo que es igual, memento de la masturbación. Claro que, para entonces, mi exacerbado platonismo ya había bajado de tono.
-Podía haber sido tu sombra, si hubieras querido; mejor dicho, si hubieras hablado. Pero tú elegiste el silencio, porque tú eras tú, Ricardo el orgulloso, el vértice del orgullo. Habría que verte, tragando masoquistamente la lengua. Sin duda me odiabas a mí.
-No sabes hasta qué punto, muchacho. Deseé que te poblaran las ladillas, que te hicieran puré los gonococos, que te castrara una sífilis con su terrible podona. Pero fui mucho más lejos: quise verte morir; es más, deseé tu resurrección para ver cómo morías dos veces.

Tras estas desconcertantes afirmaciones, la cara de Antonio era todo un poema. Al percatarse de ello, Ricardo remató:
-Qué, ¿ya no trincas, hermano?
-¿Cómo que si no trinco? Trinco tanto que soy el mismo trinquete. Dame la botella ¿O quieres que me quede mirando mientras tú te calcas el whisky?
-Yo no podía hacer ni eso cuando tú te calcabas a la chica.
-Porque tú eras un pulcro que necesitaba refugiarse en los libros. Aún lo eres ahora; ni siquiera has sospechado que las apariencias engañan ¿Sabes lo que hacía yo con Graciela?
-Me lo quieres restregar por los morros? Hacías el cabrón.
-Más que eso, Ricardo: hacía el chulo. La obligaba a birlarle el dinero a su jefe para dármelo a mí.

El poema había cambiado de cara. Ahora estaba en la de Ricardo, ocupando un libro completo.
-Como ves –prosiguió Antonio-, también la librería de Jonás marcó de algún modo mi destino. Tú el libro, yo la bolsa: ambos un modelo de vida. Al final la descubrieron, claro, y le hicieron tomar el portante; pero nunca dijo a nadie que el ladrón era yo. Y yo callé como un puta; más aún, huí de ella como se huye de la peste. De todos los dislates que he cometido, que juntos hacen legión, éste es el único del que siempre me he arrepentido de veras. Luego he robado a menudo, claro, puesto que esa es la base de los buenos negocios, pero nunca he guindado al unísono el dinero y la honra. Sí, a algunas he trajinado, incluso siendo clientas, pero ésas ya tenían la honra más allá de los bajos, junto a las naves de Ilión que Aquiles ya no defiende. Honra era entonces lo que hoy es compuerta de los dispendios. Ilion, Isquion y pubis. Y Aquiles en las cóncavas naves ¿Qué te parece?

La conversación había sufrido desviaciones y torceduras, pero ellos se encontraban a gusto: sus cuerpos había perdido la gravidez cotidiana y sus almas flotaban sobre sus propias miserias. Se habían dicho cosas que habían estado muchos años ocultas y ambos se habían quitado un peso de encima ¿O acaso la ingravidez se debía solamente al alcohol y no a la descarga? ¡Ah! ¿Quién lo sabe? ¿Estaban en disposición no ya de contestar a esa pregunta, sino de discernir lúcidamente la desgracia de la felicidad, o tan siquiera lo real de lo imaginario? Sea como fuere, ellos se dejaban llevar, como aguas cada vez más tranquilas, hacia una balsa gigante de quietud y de olvido. El whisky edificaba en sus cabezas un remanso de paz y dejaba en los escombros unas lenguas entarabincadas y una vocalización cada vez más ruinosa:
-¿Guieres gue te diga la verdad? –gangueó Ricardo
-Me engantaría –replicó Antonio
-Bues gue yo hubiera hescho igual, si hubiera tenido el valor o la ogurrencia. Bero ya ves, en lugar de la honra y el dinero, robé tan sólo este libro: éste brecisamente. Y aún me gostó garo, pues abenas llegué a gasa me buse a eschar la babilla.
-Eso es lo gue envidio de ti.
-¿La babilla?
-No, la inocencia.
-Bues yo te envidio el arrojjo, el desbarbajjo, la desfaschatez, el donjjuanismo ¿Gue te barece? También te envidio el dinero, la bosición, la gategoría. Te envidio todo, todo, bero lo que a duras benas te aguanto es la guldura, gabrón; me jjode cantidad gue en mi brobio terreno me buedan dar sobas con honda ¿Sabes lo gue te digo?
-Gue me guieres
-Sí, bero abarte de eso.
-Abarte de eso, ¿gué?
-Gue si yo te envidio a ti y tu me envidias a mí, nuestras envidias se contrarrestan y abarece la admiración ¿De agüerdo? Yo te admiro, tú me admiras, nosotros nos admiramos. Bero dos admiraciones biunívogas se gondrarrestan también, y entonces abarece un tuya y mía gue nos lleva al movimiento cirgular, y éste al universo sin fronteras, gue es una forma del tiembo y del esbacio y de la eternidad. Ahora bien, gomo todo esto no es gombrensible, yo te brobongo una gosa: gue gada gual se envidie a sí mismo.
-Gombletamente de agüerdo: yo me guedo en tu gasa y tú te vas a la mía. Y gue gada uno se abañe gomo bueda.
-Entonces no hay más gue hablar.
-Ni una balabra, hermano.

Poco tiempo después, alrededor de las seis de la mañana, ambos diluían la mona en un sueño profundo y tranquilo. Tanto es así que, ajenos al transcurso del tiempo, se dieron los buenos días cuando el sol ya había escondido sus rayos. Poco a poco, no obstante, se fueron haciendo a la idea de la realidad y, cuando ésta estuvo en su punto, Antonio le dijo a su amigo:
-Son las diez de la noche, Riki, y aún tengo que preparar unas cosas para mañana, que desgraciadamente es lunes. A las nueve tengo una cita. Me voy.
-Bueno, yo también tengo clase a las nueve, pero no tengo nada que preparar. De modo que esta noche, a cuyas sombras entregaré mi vigilia, tengo este par de posibilidades: ver la tele o contar corderitos. Lo normal es que invoque a las musas e intente dar a luz un poema; si sale con barbas, San Antón, habré alcanzado el éxtasis.
-¿Te encuentras bien? –se preocupó Antonio, mirando a Ricardo de frente.
-Nunca me he sentido mejor.
-No olvides lo que te he dicho: si tienes que escribir, escribe; pero haz de las palabras un negocio.
-¿Olvidas lo que te dije yo a ti? No necesito un negocio para comprar mis lentejas. Días vendrán en que, por encima de los negocios,  todos necesitemos el viento; alguien querrá entonces publicar mis palabras. Y aunque no fuera así y el silencio siga siendo absoluto, habrán servido de abono para alimentar mis cultivos: las rosas, el aire, la belleza… Pues, ¿qué otra cosa es la vida?

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios