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miércoles, 31 de agosto de 2011

La mitad de la vida

La criogenización se está poniendo de moda, la eternidad nos sigue tentando. Foto tomada de internet sin ánimo de lucro

 Ver PPS de Mar 
(Enlace a un archivo con varios PPS de Mar, por orden alfabético)

La mitad de la vida

Si 37 años, como podéis ver más abajo, podían ser la mitad de la vida en agosto del 2007 y alguien se ocupó de decirme que entonces me quedaban 14 para llegar a mi último aliento, ¿cuántos años me quedan ahora, que estamos en agosto del 2011?
-10, exactamente
-Bien, lo que pasa es que tengo un amigo que había fijado en 75 su esperanza de vida y, de repente, sin encomendarse a Cronos ni consultar el Oráculo, ha decidido subirla a 85. ¿Voy a ser yo menos? ¡No! Luego, si antes me quedaban 14 y restando 4 debían quedarme 10, ahora me quedan 21 ¿Es esto posible?
-Sí, pero tendrías que ser mujer para poder subirte la media
-Ya, ¿y no vale operarse?
-Pues me temo que no
-Vaya, le diré a mi amigo que se congele. Total, solo son 140.000 euros de nada


La mitad de la vida

Haciendo un somero cálculo crono-genético-antropológico, es decir, aplicando al diagrama espacio-tiempo la cuenta de la vieja y luego multiplicando por “pi minus erre”, como diría el poeta Gabriel y Galán en su dualidad extremeño-castellana, llego a la conclusión de que al escribir este poema tenía la edad de treinta y siete años. Podía haber tenido treinta y tres o cuarenta y uno, pero no sesenta, que son los que tengo ahora ¿Por qué? Porque muchas de las cosas ahí nombradas ya no están en mi vida al cincuenta por ciento, sino que, entre el cero y el cien, las hay al veintiocho y setenta y dos, pongamos por caso. Que es sólo un decir, evidentemente, porque la proporción puede ser otra y diversa.

-¿Y la mitad de la vida puede situarse en los treinta y siete años?
-Puede, sí señor.
-Pues te quedan catorce, Marianín, a no ser que se equivoque la vieja…
-Más fácil es que el “pi minus erre” confunda los ojos de la Parca y los sitúe en caminos de oscuridad, de forma que no pueda observarme.
-No me imagino a la Parca dando palos de ciego
-Yo tampoco, amigo, pero ni tú ni yo sabemos hasta donde llega el poder visionario-oftalmológico de la Once, del que ya advirtió un día Ernesto Sabato en su famoso “Informe de ciegos”…

Un abrazo


La mitad de la vida

La mitad de mis apegos son costumbres,
la mitad de mis quehaceres son rutinas,
la mitad de mis amigos son extraños
y quizás mi soledad es medio mía.

La mitad de lo que digo, vanagloria;
la mitad de lo que callo, cobardía;
la mitad de lo que sufro, masoquismo;
de lo que amo, la mitad egolatría.

Por mitad mis ilusiones, intereses.
Por mitad mis pensamientos, fantasías.
Por mitad mi libertad una mazmorra.
Mi verdad es media parte una mentira.

La mitad de mis miradas son pestañas,
dentadura la mitad de mis sonrisas.
La mitad de mis pisadas, pisotones,
y el total de mis mitades, media vida.

Del libro “Vientos de soledad”

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

sábado, 27 de agosto de 2011

Umbral: varios escritores en uno

                      Francisco Umbral, foto tomada de internet sin ánimo de lucro


Pocos como él han ascendido de la nada al olimpo. Teniéndolo todo en contra. Puso al servicio de la literatura su vocación, sus amarguras, sus éxitos, su dandismo, sus pañuelos y su altivez. Es decir, su vida.
26-08-2012

El día 28 de agosto, es decir, mañana mismo, se cumplen cuatro años del fallecimiento de Francisco Umbral, un escritor de 80 libros, algunos de cuales, junto con sus famosas columnas periodísticas, resultan imprescindibles para ayudarnos a comprender mejor los años que median entre el final de la dictadura de Franco y la primera legislatura de Zapatero. Parece que en octubre se celebrará un congreso destinado al reconocimiento de su extensa obra literaria. Reproduzco aquí el artículo que yo le dediqué el día 30 de agosto del 2007, en homenaje de despedida. Un abrazo. (27-08-2011)

Umbral: varios escritores en uno.

Iba a escribir algo sobre Umbral, pero pronto me di cuenta de que llevaba algunos años sin leerle, salvo algunas columnas esporádicas en el medio donde escribía; columnas que son, en realidad, las que le han dado una buena parte de su merecido prestigio, salvando algunos libros que le han aportado premios relevantes como el Cervantes o el Príncipe de Asturias.  Hablo de Mortal y Rosa, por ejemplo, en el que exterioriza el dolor por el fallecimiento de un hijo de cinco años.

Yo empecé a leerle en los inicios de la Transición, creo recordar, tal vez antes. Y entonces, sí, entonces leía todos sus libros, no me atrevo a decir tanto de sus columnas, pero también fueron muchas. Sé que en sus comienzos se dejó caer por el famoso Café Gijón, suceso del que él mismo hizo luego la crónica. Sé que fue inventor de palabras, o al menos propalador de las mismas. Palabras como jais, molón, derechona, tardofranquismo, Socialfelipismo (este último, título de un ensayo)… Sé que, muy al principio de su actividad literaria, y según confesión propia, quiso ser Henry Miller, a lo español, naturalmente. Pero entendió rápidamente, por suerte para todos, que le faltaba aquel vitalismo sexual arrollador que el americano desarrollaba en sus “Trópicos” (de Cáncer y de Capricornio) y en sus “Sexus”, “Plexus” y “Nexus”. Luego quiso ser Cela, y a mí me da la impresión de que lo quiso ser toda la vida, incluso en la etapa en la que le criticó duramente, tal vez bajo sospecha de publicidad. Y consiguió serlo en parte. O, por lo menos, hasta poder asegurar que nadie se ha acercado tanto a él en España. En el fondo, nunca dejó de admirarle y no me hubiera extrañado nada oír de sus propios labios, y en uno de sus ya famosos arranques, que cambiaría todos sus libros, que son muchos, por haber escrito uno sólo: La Colmena. Por el medio, se declaró admirador de Vallé-Inclán, de Delibes, de César González Ruano, de Ramón Gómez de la Serna, de Mariano José de Larra y de un tipo de periodismo literario de autor que ha quedado sepultado en los tiempos. Tal vez él fuera, hasta ayer, el último de sus representantes, porque lo de Sánchez-Dragó es completamente otra cosa.

En cuanto a sus libros, tiene tantos que es difícil elegir cuatro o cinco títulos. Dicen que al menos veinte o treinta son buenos. Éstos son algunos de los que destacan: “La noche que llegué al Café Gijón”, por las enemistades que le creó. “Los helechos arborescentes”, porque relata un mundillo en el que parecía moverse muy bien. Y, luego, de los ensayos, yo destacaría “Ramón y las vanguardias” (Gómez de la Serna), ”Anatomía de un dandy” (Larra), o “Poeta maldito” (Lorca). Pero sólo es, ya digo, por citar algunos títulos de los muchos que tiene.

Por último, sé que fue un luchador, que tuvo unos comienzos difíciles y que a base de sufrimiento, pundonor y, sobre todo, de aquel enorme empuje que procedía de su corazón puramente literario, consiguió hacerse un hueco en la cumbre de las letras españolas, a las que ha dado un vigor por el que debemos estarle agradecidos. Yo lo estoy, al menos. Y así lo expreso, llana y públicamente. Y, además, le despido con un poema, ya que él era un poeta, aunque esencialmente urbano, de lo que se cocinaba diariamente en el mundo. Descanse en paz.

Un abrazo

¿Qué somos?

¿Qué somos, sino viento
indomeñable, transitorio
barro o efímera memoria?
¿O somos, además,
                            mareas invisibles
que no registra el tiempo ni el espacio?
¿Vivimos al morir, perdemos
en la muerte la causa de la muerte?
¿Qué seremos, entonces,
en ese almario inane
o luna exceptuada de la
                            gravitación universal?

Mariano Estrada, del libro “Hojas lentas de otoño” (1997)

www.mestrada.net Paisajes Literarios

lunes, 22 de agosto de 2011

Soneto por soneto


                                           Lope de Vega. Foto tomada de internet sin ánimo de lucro


Soneto por soneto

José Miguel es un amigo de Valencia que un día de junio del 2006 me mandó un soneto que él mismo había escrito con la única pretensión de parodiar alguno de los míos y, de paso, hacerme reír un poco, porque se ve que me encontraba algo mustio, pesaroso, desconsolado o triste. Y tengo que reconocer que, efectivamente, me hizo reír de lo lindo. Sin embargo, como los versos tenían una métrica graciosamente despendolada y rimaban de forma maravillosamente liberal, ya que los escuadraba con hacha y no les pasaba luego el cepillo, en el propio soneto incorporaba una súplica que venía a decir algo así: por favor, no se lo enseñes a Lope, que me da mucha vergüenza.

Pero yo pensé que a Lope, acostumbrado a los tormentos gongorinos, no le vendría mal un chorro de aquella agua fresca y que, si le enseñaba el mencionado ejemplar, iba a sentir un cosquilleo en el estómago que le haría desternillarse de risa. Decidí, pues,  enseñárselo por encima de todo ruego o súplica del autor y así se lo hice saber a José Miguel utilizando su misma técnica: el verso y el correo electrónico

Para sorpresa mía, y también para mi vanidosa satisfacción, el soneto que le mandé como respuesta mereció su aprobación inmediata y le causó un extraordinario alborozo, tanto que lo enmarcó con entusiasmo y delicadeza, lo echó al maletero del coche  y lo trajo con él a Villajoyosa el día de la presentación de mi libro “Amores colaterales”, hecho que ocurrió el 21 de julio del año citado más arriba.

No sé si Lope habrá leído el soneto, porque, claro, no pude mandárselo por correo electrónico o postal, sino por una via sutil de la conciencia extracorpórea que a lo mejor tarda unos lustros en alcanzar el destino. Y luego regresar a la tierra y encontrarme, que en el Montiboli no es nada sencillo, dado que estamos muy bien aparcelados y con buenas vistas al mar, pero no tenemos aún el preceptivo número de policía. ¿Cómo va a acordarse el emisario de mi domicilio fiscal, si de esto hace ya  cinco años y la noche era oscura? Creo que la camisa de Quevedo va a tener que esperar, aunque puede que a él no le importe en absoluto seguir unos años más tapando los remiendos con su eterna capa raída.

Un abrazo

Soneto por soneto
Este con estrambote y a vuelta de e-mail

Para José Miguel

Un soneto me mandan de Valencia
y me dice el autor por lo bajini:
no lo enseñes a Lope, Marianini,
porque entonces me muero de vengüencia.

Pero creo que sobra la advertencia,
porque yo no le encuentro al sonetini
otra cosa que amor de fratellini
con un golpe de loca incontinencia.

¿Mala rima? Qué importa en este caso,
si el deseo de bien es tan ferviente
y la risa se cuela en el Parnaso.

Donde no está el humor está el fracaso,
quien evita la risa oculta el diente,
de manera que a Lope se lo paso.

Y si a Lope le saca una sonrisa,
a Quevedo le vale de camisa.

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

viernes, 19 de agosto de 2011

El camino

                                                 Foto tomada de internet sin ánimo de lucro

Ver PPS de Mar:


El camino

Algunos de los poemas recogidos en el libro “Mitad de amor, dos cuartos de querencias” (1984) fueron escritos en los primeros años 70, antes de venir yo a Villajoyosa. Otros, como el poema “Versos” dedicado a Miguel Hernández, fueron escritos en la época de la Transición, concretamente en el año 1977. Sin embargo, para el poema titulado “El camino”, que hoy cuelgo en este Blog debido a que Mar le ha hecho un magnífico PPS, no tengo una fecha determinada. Sé que fue escrito en Villajoyosa, siendo, por lo tanto, posterior a 1973. El asunto del que trata tampoco me da muchas pistas al respecto, como luego se verá. Puedo intuir que fue escrito rondando el año 1980, pero dándole al error un margen muy amplio. Tampoco creo que tenga mayor importancia para los lectores. Ni siquiera la tiene para mí, por referirse a algo tan genérico y difuso como el sentimiento de insatisfacción que sentía en esa época y que, salvando la niñez, es el mismo que, en una o en otra proporción,  he sentido en los diversos períodos de mi vida.

El poema es sencillo en todos los aspectos. Tampoco podía ser de otra forma, puesto que el tiempo que le dedicaba a la poesía era mínimo y no había llegado el día en el que yo iba a entrar a saco en su casa, que es de estrechos reductos y ancha soledad. Y aun así, cuando entré, lo hice mayormente en sábados y domingos y fiestas de guardar, más allá de los  momentos robados al sueño y a la noche, como ya he dicho otras veces.

Por cierto, el día en que le oí decir a Umbral que no se podía ser escritor si la dedicación se limitaba a los fines de semana, me dio una rabia tremenda Y no es que quisiera quitarle la razón, que la tenía, sino que veía claramente que ese era exactamente mi caso y que, por mucho que implorara, no iba a disponer de más tiempo para dedicarlo a escribir. Y, la verdad,  ¿cómo se podía escribir trabajando diez horas al día cada día?

Un abrazo

El camino

Yo fui una vez un camino
que a algún lugar conducía.
Yo sabía algunas cosas
sin saber que las sabía.

Y camino llegué al monte
donde está la libertad,
pero allí miré más alto,
monté el aire, fui a volar.

Y crucé por una nube
de una vasta soledad,
hasta llegar a ese olvido
donde los dioses están.

Ahora busco en el recuerdo
de mis pasos el pasar,
mas no sé donde empezaron,
no recuerdo adónde van.

Tan sólo a veces recuerdo
que fui camino una vez,
que sabía algunas cosas
y que ahora no las sé.

Del libro “Mitad de amor, dos cuartos de querencias” (1984)

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

martes, 16 de agosto de 2011

Placeres de verano: el catamarán de Pere

 Mariano, luciendo catamarán en el puerto de Villajoyosa (12-08-2011)


No me quites el mar
que el agua es vida. 


Placeres del verano: el catamarán de Pere


Mi amigo Pere Garcimartín trabaja en un banco, mejor dicho, en una caja. Y tampoco es del todo correcto, en realidad trabaja en la caja de un banco. Y más correcto aún sería decir que trabaja en dos cajas: una, la del dinero, otra, la de la vida, es decir, la que le protege de las pistolas en los eventuales casos de atraco,  una especie de urna de cristal donde discurren sus mañanas, estáticas y largas,  al compás fatigoso y dinámico de los clientes. Allí está hasta las tres, encajado en la soledad tumultuosa de quien, por imperativo laboral, recoge, reparte, cuenta y defiende el dinero. Ahora bien, cuando sale… ¡Ay, amigos! Cuando sale va derecho a la sal, que está en la mar, con la vida. La mar en femenino, claro, porque él tiene el alma marinera.
-A qué hora salimos, Pere?
-¿Te parece bien a las seis?
-Me parece muy bien.
-Pues no se hable más, a las seis. Entra por el parking del Club Náutico y allí estaré yo, a la derecha

Con la puntualidad de los suizos, y no me refiero a los relojes, me presento en el puerto con un bañador estampado de color rojo, una camiseta blanca de Decathlon y unas chanclas azules, que creo que proceden de Carrefour. Vamos, con una pinta de guiri que no se puede aguantar.
-Aquí, Mariano –me dijo Pere, agitando una gorra cuyo inminente destino estaba en mi cabeza. Otra igual estaba ya en la suya.

Había sacado del varadero su pequeño catamarán blanco y lo estaba empezando a aparejar. Trajinaba con la soltura de un experto en la materia y yo, que me vi de don Tancredo, le dije:
-¿Te ayudo?
-Sujeta esta barra –me contestó, mientras desenrollaba la vela.
-¿What about palo de mesana? –le chuleé irónicamente, como en plan entendido.
-Aquí no hay palo de mesana –me contestó, mientras tiraba de la cuerda-. Aquí hay un palo mayor y un foque, como ves.

Miró hacia las banderas del Club Náutico para saber la dirección aproximada del viento, orientó el catamarán, que estaba en la parte superior de la rampa de amerizaje, y salió corriendo con él por la pendiente hasta meterse un tramo en el mar. El agua le llegaba por la cintura.
-Baja ya –me dijo- Pero ten cuidado con la rampa, que resbala.

Y efectivamente, resbala. La rampa es una solera de hormigón y, sobre ella, un ruleteado de cemento. Y el verdín, que se pega al material donde da la vuelta el agua, como diría Torrente Ballester, lo hace tremendamente resbaladizo. A mí me salió de pronto la profesión:
-Aquí había que hacer unas estrías –dije-. O por lo menos una especie de abujardado, para hacerlo un poco rugoso…

Mientras yo hablaba, me mandó coger el barco por la punta de uno de los esquís, extrajo las ruedas, se las llevó al lugar donde se encuentran los aperos, volvió, sujetó el catamarán y dijo:
-Ya puedes subir.
 -Menos mal que me has dicho que resbalaba –comenté mientras echábamos a andar- Te podías haber quedado sin compañero. ¿Y qué ibas a hacer tú sin mí, en este mar sin fondo que se nos abre al horizonte y que está plagado de orcas y de tiburones asesinos.
-¿Tiburones asesinos? Jajá… Más les temo yo a las medusas.
-¿Más que a los tiburones?
-Bastante más, lo de los tiburones tiene mucho de mito y de leyenda. En general, si nadie les ataca, todos los peces son buenos.
-¿Y las morenas?
-Las morenas también, ellas solo abren la boca, pero nada más. Igual que las rubias. Si tú no metes la pata…
-Yo no haré tal cosa. Es más, voy a atarme al palo de mesana para que no me confundan las sirenas, que aquí hay muchas.
-Cierto, pero todas están en la playa, con bikini, y no creo que te aclamen a ti…
-Ojito, chaval, que el encadenado es Ulises y los bikinis son la alfombra que por las noches desteje afanosamente Penélope.
-Ya, pero es para Bardén, supongo.
-Y yo diría que aciertas, ya que, en esa sociedad, no constan deslealtades ni cuernos. Todavía…

Mientras decíamos estas cosas livianas, nos íbamos adentrando en el mar y la ciudad de Villajoyosa, bajo la luz cansada de la tarde, se iba convirtiendo en un panorama extraordinario y espléndido. Detrás, como un dios elocuente, se erguía el Puig Campana, monte que, como dice la leyenda, tiene un tajo en el mar, que es el que forma la isla de Benidorm.
-Cuando yo fui marinero, en el 73, -chuleé nuevamente, pero aclaro que mis escasas aventuras acabaron siempre en mareo-, le di la vuelta a la isla. Entonces había un corral de gallinas. ¿Sigue aún allí?
-Sí, sí, aún sigue, pero creo que son patos, las gallinas –me contestó él-. Y ahora hay también un restaurante.
-Claro, el negocio es el negocio, caballero.
-Caballero de Muelas, ¿no?
-Bueno, o Tafaner de La Vila Joiosa.

La tarde era magnífica y apacible. El viento era suave y placentero. La calma del mar apenas era alterada de vez en cuando por un barco mayor cuyo paso provocaba determinadas sacudidas en el catamarán, y también por las motos acuáticas, que cruzaban por el frente con velocidad y con ruido. Por lo demás, todo era serenidad y lontananza. A ratos nos sobrevolaban las gaviotas, cuya presencia en el mar viene a ser como las mariposas en los campos de flores.
-¿Nos echamos al agua, Pere?
-Podemos hacerlo, si quieres. Pero habría que parar y, si paro, a  lo mejor te mareas.
-Probablemente. Y ello a pesar de la biodramina.
-Entonces nos iremos a tomar una caña.

Qué momentos más dulces se quedaban en la mar, que es salada. Pero el corazón, que es un potro, me iba saltando de alegría. El espíritu se había relajado tanto que, por unos momentos, se olvidó completamente de la crisis del ladrillo, de los mercados financieros, de la deuda soberana, del bono alemán y de la prima de riesgo. Y eso que la prima de riesgo tiene todo un cuerpazo, la tía, deberían exhibirla desnuda para ver si se anima de una vez la bolsa de los cojones, esa que algunos llaman Ibex-35, pero que solo es otro nombre del escroto.

Llegamos al puerto, finalmente. Mientras Pere se fue a buscar las ruedas del catamarán, yo me quedé de pasmarote, cuidando de que el barco no se fuera.
-¿Es que se iría? –pregunté.
-Pues claro que se iría, si lo dejas…

Tiramos de él hacia arriba, nos resbalamos de nuevo en el verdín, que para eso está. ¿Por qué no hicieron la rampa con baldosas antideslizantes? Pere no lo sabía, pero supo desarmar en un plis plás lo que había armado tan bien para salir, hacía apenas dos horas. Aparcó el velero en su plaza, nos cambiamos de ropa y nos fuimos a uno de los bares del puerto. Allí nos encontramos con Santiago, un madrileño de La Bañeza que tiene un apartamento en Benidorm y no sale del puerto de Villajoyosa.
-A Santiago le vendí yo el barco hace cuatro años –dijo Pere- y desde entonces somos amigos.
-Pues no sé si Santiago lo sabe, pero en La Bañeza hay un poeta…
-Claro que lo sé, coño, Antonio Colinas, si es amigo mío…

Y así nos dieron las nueve y las diez…hasta que al fin nos despedimos para ir a cenar. Posteriormente, ellos se irían de juerga a Benidorm. Yo me vine a casa, donde ahora estoy escribiendo. Mientras sacaba del bolsillo la llave de la puerta, una luna redonda caía sobre el mar y, aunque era completamente de noche, hacía que se vieran las cosas muy claras, pero que muy claras.

Un abrazo

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios
Blog http://paisajes.blogcindario.com

                                             Pere Garcimartín, en el Copérnico (2010)

sábado, 13 de agosto de 2011

Tanto abatimiento

Foto tomada de internet sin ánimo de lucro



Tanto Abatimiento


Yo llegué a la cita con la intención de que pasáramos una tarde en el cielo, pero el cielo había dispuesto que tú  te vistieras de tristeza. Te tomé de la mano y nos sentamos en un banco del parque. De frente estaba el mar y en las ramas frondosas de los árboles cantaban alegremente los pájaros. Tardaste mucho en hablar porque tenías el corazón ahogado en la garganta. Y cuando al fin quisiste hacerlo, las lágrimas te cayeron de los ojos en forma de lluvia interminable. La noche nos llegó, irremediablemente, cuando todo estaba encharcado. Pero eso fue después, el poema recorre únicamente los abatidos espacios del dolor, en los que solo había preguntas.

Un abrazo


Tanto abatimiento.


Tanto abatimiento
-que va contra el oráculo del dios-
¿a qué responde?

¿A qué responde esa mueca
            terriblemente volcada?
¿Quién ha sellado tus labios
            con esa laña de espino?
¿Qué influencia limita con tu ceño?

¿Sobre quién recae el crimen
de que tus ojos se hundan
          en este eclipse de vida?

Del libro “Azumbres de la noche”

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

domingo, 7 de agosto de 2011

El culebro y la vaca


                                                   Tomada de internet sin ánimo de lucro


El Culebro y la vaca

Las leyendas, a las que los humanos somos bastante aficionados, a menudo hacen pasar por realidad algunas fantasías verdaderamente asombrosas y descabelladas. Así, alguno de esos cuentos dice que las culebras chupan la leche de determinados animales como las vacas, las cabras o las ovejas.

Pero esto no es verdad, simple y llanamente. Como ofidios que son y, por lo tanto, depredadores, las culebras se alimentan de animales, aunque solo de aquellos que sean capaces de engullir, ya que no pueden masticarlos con sus dientes ni trocearlos con sus manos. Animales pequeños, en suma, como ratones, pájaros, batracios, peces… Los hipopótamos y los dinosaurios pueden estar bien tranquilos al respecto, si bien hay serpientes enormes que pueden engullir animales muy grandes. No sé si queda claro, pero podemos decirlo de otra forma: si quieres engatusar a una culebra con un tazón de leche para pedirle algún favor, sea este el que sea, la culebra se reirá mucho de tí: “Tú ere gilipoya, masho, poque a mí leche no guta”. Lo que ocurre es que no tienen enzimas para digerirla (Sin embargo, hay serpientes aófagas, es decir, que comen huevos, porque estos sí los digieren. Pero los engullen enteros y luego arrojan la cáscara).

Decir que las culebras chupan la leche de las vacas es como decir que las vacas se comen a los niños ¿O es que alguien ha visto comer carne a una vaca, por más que sea tierna y de niño? Pues, mutatis mutandis, ¿alguien ha visto tomar leche a una serpiente? Me refiero a alguien que no sea un urdidor de leyendas, como la de la boa zamorana, que estuvo muy en boga ¿Y qué es lo que dice esa leyenda? Pues dice que la boa en cuestión fue cazada con un cuenco de leche y un espejo: “¿Adónde va esa zorra?” -habría exclamado la pobre al verse a sí misma reflejada- “¿Crees que vas a quitarme la comida, mala mujer?”. Y entonces se abalanzó sobre ella y se metió de cabeza en el engaño.

Yo fui niño en un pueblo donde, habiendo muchas serpientes, lo lógico es que hubiera muchas leyendas. Según estas, hasta las madres que alimentaban a sus hijos dormidas eran visitadas de noche por culebras que apartaban al niño de la teta, se apoderaban del pezón y chupaban con total tranquilidad ¿Y el marido sin enterarse? Eso parece ¿Y el niño, no lloraba? No, porque las culebras son listas y le metían su propia cola en la boca: “Chupa, tontín, chupa mi colita”. Y si esto, siendo tan difícil como ingenioso, podían hacerlo con las mujeres, ¿cómo no iban a hacerlo con las vacas, que, cuando están recién paridas, tienen unas ubres tan grandes que casi las arrastran por el suelo? Además, si la vaca está pastando en un prado bien verde y bien hermoso, ¿qué más le da a ella que la ordeñe un señor o que le chupe las tetas un ofidio?




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Aclaro estas cosas porque aún hay mucha gente por ahí que, en pleno siglo XXI, el de las nuevas tecnologías, las continúa creyendo. Y yo no digo que no se sigan contando, lo que digo es que no se crean. A mí me vino muy bien que una culebra macho le chupara la leche a una de nuestras vacas “Joooo, Garbosa”. Yo era el que estaba en el prado aquel día, yo contemplé la escena de la “sorbona”,  pero mi padre, que estaba en otro sitio, fue quien la agarró por el pescuezo y se la puso a mi madre delante de los ojos. “Toma, puedes guisarla para comer”. A mí me daba asco, y yuyu, porque estaba mediatizado por las víboras, cuyo veneno no es precisamente una leyenda.

Un abrazo


EL CULEBRO Y LA VACA.

Bajo la cemba del prado,
por donde corre la madre,
maté un culebro, María,
¡mira qué grande!

Yo estaba medio espurrido
al zumbo de unos zarzales,
abandonado a unas cuentas
que de tan claras no salen.

En esto escucho un silbido,
echo un vistazo, no hay nadie;
la vaca al fondo, muy sola,
y yo avizor a esta parte.

No se oye más en el prado
que los zumbidos del aire;
así que vuelvo a los rumios
por los que andaba endenantes.

Pero la vaca se enerva,
levanta el morro, no pace;
¿qué es lo que pasa, Garbosa?
¡Ay, ay, ay, ay! ¡Miserable!

Era un culebro, María,
nuestro presunto ordeñante;
sentado sobre su cola,
erecto, todo gaznate.

Le eché la mano a la gorja,
bien ocupada en el trance,
y lo afogué en un latido
de la pasión y la sangre.

Aquí lo tienes, ¡qué lomo
para adobar con tomate!
La leche que nos birlaba
nos la devuelve hecha carne.

Del libro “Tierra conmovida”

Nota:

-Cemba: margen, caballón
-Espurrido: extendido, estirado, recostado
-Gorja: garganta

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios


¡¡¡INFORMACIÓN AÑADIDA!!!


La víbora

Esta entrada se la dedico a mi amigo de la niñez Valentín Alonso Fernández (Tino), que no solo no les tenía miedo a las víboras, sino que las cogía con inquietante naturalidad. No sé si la procesión iba por dentro, pero por fuera no se notaba. Sin embargo, lo último que él mismo le ha dicho a mi hermana Tere, que a su vez me lo ha dicho a mí, es que al final le acabó mordiendo una de ellas, creándole problemas de cierta gravedad. Por fortuna puede contarlo. Lo que no sé es si, a pesar de lo ocurrido, aún las sigue cogiendo ¿Las coges, Tino? ¿Los cojo, Ness? Un abrazo

Queridos amigos:

Es evidente que la risa va por barrios y que cada cual tiene sus fobias y sus filias, sus demonios y sus ángeles, sus rarezas y sus miedos específicos. En los tiempos de mi juventud –lejanos ya en la memoria, pero aún vivos-, conocí a una chica muy joven, muy dulce, muy guapa y muy simpática, lo que nada tiene de extraño, supongo. Lo extraño es que, a pesar de tener novio, sólo había dos cosas en el mundo que le causaban respeto: las víboras y las vacas. Y yo me he preguntado alguna vez: ¿fue ella consciente del significado de su declaración? ¿En qué sentido? ¿Utilizó frívolamente el diccionario? ¿Hizo uso a propósito de semejante bifidez intencional? ¿Era corta de miras? ¿Era inteligente? ¿Era buena?...

¿Que por qué veo fantasmas en todas partes? “¿Y tú me lo preguntas?” “Porque no es amor, es miedo, lo que don Mendo me inspira”.

Debo señalar, por otra parte, que el miedo a las vacas no lo comparto en absoluto, a pesar de la cornamenta y-eso-aleluya. Sin embargo, y en esto coincido ciegamente con la chica, por las víboras siento mucho respeto. Ahí van mis razones.

Un abrazo

La víbora

Reptil, culebra, ofidio, la víbora es bífida de lengua, ciertamente, pero no bilingüe, que es algo muy distinto. Bilingües son los catalanes, por ejemplo, sin que ello tenga nada que ver “¿Digui?” Digamos que es “birrámica y unitronca”, si así puede decirse porque yo, ignaro, lo ignoro.

Entre las víboras del lugar –las extranjeras siempre han sido más raras- no hay ninguna bicéfala. Bicéfalos eran los “lisos”, sus primos, y a éstos sí los vi, en los prados, cuando “yo era adolescente y nadie me había amado todavía”. ¿Y cómo dice usted que se llaman? Lisos ¿Y no serán anfisbenas, monstruos mitológicos, supuraciones de la fantasía? ¿O sugiere usted que son conflictos genéticos reales, tal vez teratologías procedentes de la experimentación? ¿De la experimentación? Para mí son reptiles, simplemente; seres naturales que habitaban los prados del lugar mucho antes de la manipulación de los genes y la clonación de las ovejas. Lo que no sé es cómo lograrán coordinarse si, por ejemplo, las cabezas difieren en los gustos y una quiere ir a Murcia a desayunar y la otra refocilar con un congénere de Barcelona ¿Se tirarán de los pelos? Son calvos. ¿La emprenderán a patadas? Son ápodos ¿Intentarán arreglarlo con razones? ¿Gente que tiene dos cerebros? ¿Razonarán acaso con el culo? Vamos, corazón ¿se puede razonar con el esfínter? Parece ser que sí, que es muy flexible ¿Flexible? ¡No me digas!

La víbora común, la que conozco, posee una segunda bifidez que, mucho más sutil que la anterior, se manifiesta claramente en la estética, ya que es a un tiempo repelente y bonita, repulsiva y hermosa. No obstante, su hermosura no debe embelesarnos hasta el punto de la confianza, que es depositaria del peligro, y mucho menos de la aproximación, familiaridad o cercanía, porque ella no pregunta, sino que muerde. Muerde con violencia y voluntad, muerde con astucia y atención, muerde con rapidez y con veneno “¿Do you understand, Murdock?”. Yes, my brother, que es asilvestrada y fulgurante, que es indómita y certera, que tiene en su body sigiloso la genuina velocidad de la luz…

Dos dientes huecos, situados en la mandíbula superior, dos latigazos vertiginosos, dos inyecciones intrépidas que pueden ser mortales de necesidad, si no lo evita a tiempo un torniquete, con sajadura y chupetón, o, mejor aún, un antídoto. Y no es que sea mala, la pobre, es que es así, es víbora: ella no te puede querer. Normal. Las mulas son falsas y dan coces. Tampoco ellas te quieren ¿Te quieren quizás los alacranes o las avispas, los escorpiones o las abejas?

En cuanto al rosario que tiene sobre el lomo... ¡Ah, sí!, perdone, ¿no es reminiscencia de un determinado pisotón? ¿No es la marca, digamos indeleble, de una vieja maldición bíblica? Hombre, la similitud con el rosario no implica experiencias religiosas, tipo Enrique Iglesias, y mucho menos bondades evangélicas, tipo Madre Teresa de Calcuta, pero tampoco es el estigma que ejemplariza y perpetúa un castigo; se trata de un adorno natural, un sello específico más o menos determinista, como los tigres del Eufrates, como los propios pasos de cebra, es decir, las rayas anteriores al color, es decir, los dálmatas. La víbora no es exactamente el demonio, ni siquiera como una de sus formas…

Por otra parte, el triángulo de la cabeza no tiene implicaciones con las Bermudas ni con los montes de Venus, ni con la Plaza Triangular de Benidorm, ni tampoco con las matemáticas o la geometría, por más que estuvieran formuladas por Euclides, por Pitágoras, por Tartaglia ¿Que es sorda? Ciertamente. O casi. Pero bien lo suple ella con una vista de lince, que al lince no le vale de nada; con la capacidad mimética del camaleón, que es emblemática y cierta; con el proverbial olfato del perro, con el sigilo del gato, con la astucia de la mujer...

Del libro “Aguablanca: caminos de ida y vuelta”

Mariano Estrada, http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
Blog http://paisajes.blogcindario.com/

 

martes, 2 de agosto de 2011

El futuro está en las rosas


Montiboli, Villajoyosa

Te hablaría del infierno, si supiera.
Pero yo, constante humo,
me he esparcido en el aire y
ya ves, ya ves...
Sólo se hablar de la rosa.


El futuro está en las rosas

El título de uno de mis blogs, “El futuro está en las rosas”, ha suscitado comentarios de diversa índole: unos aquiescentes y/o admirativos, otros irónicos y/o escépticos. Es a estos a los que yo, después de analizarlos e interiorizarlos, les he puesto el signo de interrogación: ¿se puede afirmar en serio que el futuro está en las rosas? ¿Quiere decir que vamos a ser todos jardineros, y aún jardineros del rey?  ¿Cómo se puede depositar el futuro en algo tan evanescente, delicado e improductivo? ¿Puede proponerse lo efímero como solución a los grandes problemas que nos aquejan, sin causar asombro ni risa? ¿No es una ligereza verbal, un atrevimiento desmesurado, una simpleza inaudita? ¿No es una frase retórica? ¿No es simplemente un signo de la estupidez humana, que se asienta en la falta de razón o en los delirios producidos por la locura? Y la locura, ¿no tiene algo que ver con el distanciamiento de la realidad, bien sea a través de los sueños, del misticismo o de la poesía?

Contra semejantes objeciones, ¿qué se puede alegar? Lo fácil sería decir: “no ha entendido usted de la misa la media”. Pero creo que las preguntas son pertinentes, que las respuestas requieren un esfuerzo adecuado y que la rosa merece ser explicada. Pero la rosa, ¿puede ser realmente explicada, más allá de la evidencia física del tallo, las espinas, los sépalos y los pétalos? ¿Puede ser explicada y comprendida más allá de su olor, en el supuesto de que lo tenga, ya que no todas lo tienen? ¿Puede la rosa erigirse en metáfora de alguna realidad de la vida? ¿Puede erigirse en un símbolo y serlo a la vez de muchas cosas? Porque si eso es posible nos alejaremos bastante de la idiotez insinuada y podemos conciliar la realidad con el sueño y reclamar para la rosa una fortaleza de roble. ¿Qué importa que una rosa se marchite cada segundo si hay otras que nacen de manera continua e incesante? ¿No pasa lo mismo con los hombres? De hecho, ¿no es la rosa un constante “memento mori” que nos recuerda sin interrupción que venimos del polvo y que en polvo nos hemos de convertir? Sin embargo, desde su origen hasta hoy, la rosa no ha hecho más de extenderse por el mundo, adoptando nuevos colores e incrementando el número de variedades, de tamaños y de pétalos. Con respecto a estos últimos, dice Carme Barceló que "la rosa original tenía cinco pétalos, pero luego se hizo barroca". Yo añadiría que se hizo incluso rococó. Pero la rosa, como símbolo, ¿puede ser explicada hasta el punto de hacerla comprensible para el común de los mortales, aun en el supuesto de que depositemos en ella el inclemente peso del futuro?

No lo sé. Para un jardinero normal, que ejerza su trabajo de ocho horas diarias sin tener una especial atracción por el oficio, puede que la rosa no sea un símbolo de nada, sino la simple flor del rosal, de los rosales, que él está cuidando todos los días. Algo que tiene realidad física y no es meramente un concepto perfilado en la mente. Algo que se puede ver con los ojos, oler con las narices y tocar con las manos. Algo que, como él hace a menudo, se puede cortar con las tijeras y poner en un jarrón para que su vista y su olor sean gozados por los ocupantes de un teatro o por los habitantes de una casa.
Sin embargo, las dificultades del jardinero para convencerse a sí mismo de que la rosa es solo una realidad material,  podrían empezar cuando alguien le pidiera un manojo de rosas para depositar en la tumba de un ser querido, porque, a poco que lo pensara, ahí empezaría a ver algo más que la simple existencia de un elemento vivo y hermoso de la naturaleza. ¿Un símbolo, tal vez? ¿Para qué se le pone a un muerto un ramo de rosas si él no puede oler su aroma ni contemplar su belleza? Está claro que, además de un elemento físico natural,  la rosa es un elemento simbólico, en este caso relacionado con el amor, con el cariño, con el recuerdo. Aquel que deposita las rosas en la tumba está depositando con ellas las palpitaciones de su corazón. Lo mismo se podría decir de alguien que le compra las rosas al jardinero para ofrecérselas a la amada. Sabemos que la amada puede verlas y olerlas, y tal vez las vea y las huela,  pero, ¿lo hace en realidad o solamente está viendo en ellas un cielo inmensamente rojo? Por cierto, conviene recordar que el significado de las rosas depende del color de las mismas. Y si el rojo es todo amor, todo pasión, el blanco es todo virginidad, todo pureza. Y, aunque a mí no me parece tan evidente, dicen que el negro es todo sexo.

Tal es la importancia que la rosa ha adquirido en todas y cada una de las épocas históricas de la humanidad y en todas y cada una de sus culturas, que no solo se ha erigido en un símbolo de muchas realidades vitales o se ha metido en la entraña de muchas mitologías, sino que le ha dado su nombre al color. ¿O no existe el color rojo? ¿Y el color rosa?

No obstante, intentar resumir lo que la rosa ha representado en las diversas sociedades existentes a lo largo de la historia, sería un trabajo arduo y minucioso que requeriría tiempo y paciencia. Lo que tal vez podamos hacer ahora es servirnos de algún ejemplo emblemático y, además,  destacar lo que algunos ilustres personajes han dicho sobre ella en determinados momentos. Así, podemos resaltar lo expresado al respecto por el músico, poeta y dramaturgo alemán Richard Wagner en su famosa ópera Tannhäuser: “Aquel a quien el corazón se le inflame de amor, lleva una corona de rosas”. Por su parte, el gran orador romano Marco Tulio Cicerón, para quien tal vez la rosa fuera el símbolo de la felicidad, dijo que “los felices tienen lecho de rosas”. El poeta del siglo XVII Angelus Silesius, afirmó que “la rosa es sin porqué, florece porque florece, a sí misma no pone atención, no pide que tú la mires”. El pintor italiano Botticelli pintó una Primavera con la virgen sentada en un lecho de rosas, con rosas en la mano y delante de un rosal. Entre los poetas españoles modernos, podemos destacar la conocida sentencia de Juan Ramón Jiménez: “No le toques ya más, que así es la rosa” ¿Será este el símbolo de la perfección? Puede que sí. La rosa, desde luego, es perfecta.
El ejemplo aludido más arriba podíamos extraerlo de las Casas Municipales Alemanas de la Edad Media que, en el salón de sesiones, y como símbolo del sigilo, de la discreción y de la lealtad, tenían una rosa esculpida detrás de cada asiento. Cuando algún miembro del Consejo, incumpliendo el compromiso adquirido, divulgaba los acuerdos alcanzados en las reuniones secretas, era destituido del cargo porque se consideraba que había sido desleal con la rosa, a la que había causado daño o lesión. Que es un poco distinto de lo que ocurre hoy en día.

El concepto de pureza o de valor espiritual y ético, ha estado asociado constante y permanentemente a la rosa. Se parte de la base de que la rosa crece en el estiércol y en él se hace hermosa y fragante, y se concluye que el hombre, que a menudo vive en el fango y en la miseria espiritual, debe transformar esos detritus en esplendores, bellezas y bondades que, como la flor de loto, impulsen hacia arriba un tallo terso y lozano para ofrecerlo al cielo y al sol. Esta flor de loto, oriental y bella, es venerada por los espíritus puros y religiosos, que la tienen como símbolo de espiritualidad. Y tal vez fuera el símbolo por excelencia de no ser porque la flor de loto carece absolutamente de aroma. En ese sentido no resiste la comparación con la rosa que Milton acercó a su cara, según nos dice Borges, ni con la rosa de Ronsard, que se marchita en el pecho de la persona amada, ni con las rosas del Montiboli, que son las que mi vecino ha plantado en su jardín para que yo las mire, las admire y las huela.

Uno de los aspectos desfavorables o impertinentes de la rosa, el otro son las espinas, es su escasa duración en el tiempo. Es evidente que, como simple flor de un rosal, la rosa es fugaz y es efímera: “Fue una rosa y como las rosas vivió el espacio de una mañana” (Alfred Malherbe). Pero no lo es como símbolo o como emblema. Y si hablamos en un sentido genérico, la rosa es incesante, perenne y puede que hasta eterna, en la medida que es eterno el hombre. ¿Qué problema hay en proyectar en ella el deseo de un mejor futuro, si ella es símbolo del amor, del bien, de la lealtad, de la belleza, de la felicidad, de la dignidad, de la pureza, del compromiso, del nacimiento, del renacimiento? Reconocidas todas sus admirables propiedades, nosotros, que las aceptamos con gozo y alegría, debemos arrimar el hombro de la confianza, de la esperanza, de la fe, de la honradez, del esfuerzo y del trabajo. Es decir, el futuro está en las rosas si nosotros nos empeñamos en ello. Si perseguimos lo importante y rechazamos lo accesorio, si procuramos la verdad y eliminamos el engaño y la mentira, si cultivamos el amor y no el odio, si mantenemos la dignidad frente a la deshonra, si hacemos partícipes de la riqueza a los necesitados y erradicamos el hambre, si buscamos la humildad y cercenamos de cuajo la soberbia,  los abusos de poder, la autoridad mal entendida y peor practicada,  las corrupciones, los atropellos, los crímenes, las guerras. Y si el futuro, cuando llegue, nos pilla con la conciencia tranquila y  los deberes hechos, será el mejor indicio de que lo pueblan efectivamente las rosas.

Coda:

1.- Sabemos, sin embargo, que la rosa ha tenido también unos aliados menos ejemplares que, en determinados momentos y circunstancias, se han apropiado de su belleza para convertirla en el símbolo de sus intereses de grupo, de religión, de casta, de dinastía. Aunque hay muchos ejemplos, pondremos solo uno, que puede resultar paradigmático. La casa real de Lancaster tenía como símbolo una rosa roja. Y la casa real de York una rosa blanca. Ni la roja representaba el amor ni la blanca la amistad o la pureza, sino que las dos  representaban los intereses de sus correspondientes dinastías y, como éstas entraron en conflicto, acabaron representado la guerra. Una guerra cuyo nombre no requirió grandes esfuerzos de imaginación, sino que las casas enfrentadas lo llevaban grabado en los pendones, en las banderas, en los escudos: La Guerra de las Dos Rosas. Sabíamos que los rosales podían hacer sangre con sus espinas (Venus se pinchó con una espina y de la sangre brotó una rosa que es la que llevaba en la mano una de Las Tres Gracias de Grecia). Lo que no sabíamos es que las rosas se podían matar a trabucazos y cuchilladas, como lo hicieron las referidas dinastías. Por cierto, tras la contienda, las dos rosas acabaron fundiéndose en una: la rosa Tudor, que está llena de escudos y  la llevan en la camiseta los jugadores de la selección inglesa de rugby y algunos estados ingleses, canadienses y americanos.

2,- Hubo un tiempo en que los romanos acudían a los banquetes coronados de rosas. No lo hacían como un gesto de reivindicación de alguna causa determinada, ni tampoco para exhibirlas como mero motivo de adorno. Lo hacían simplemente para ahuyentar al espíritu de las borracheras. La rosa se había colado en sus vidas en forma de superstición. Seguro que alguna vez pensaron que las borracheras se espantaban moderando sustancialmente el consumo. Pero ellos preferían beber y que la rosa hiciera los milagros.

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios