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lunes, 28 de marzo de 2011

Del amor y la guerra: a 69 años de la muerte de Miguel Hernández

Miguel Hernández con Josefina Manresa, su mujer


Del amor y la guerra: a 69 años de la muerte de Miguel Hernández


He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.

Fragmento de “Canción del esposo soldado”


Queridos amigos:

Hoy hace 69 años que murió el poeta de "Viento del pueblo", que es un canto de libertad, y de "Las nanas de la cebolla", que es un canto de amor. Y al poeta del amor no le gustaban precisamente las guerras:

Tristes guerras
si no es de amor la empresa.
Tristes, tristes.

Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.

Tristes hombres,
si no mueren de amores.
Tristes, tristes.

Sin embargo, y ya que no podía evitarlas, pedía ir a ellas por un sentido del deber que, relegando y desgarrando sus sentimientos, antepuso a los besos y a las palabras:

Déjame que me vaya.
madre, a la guerra.
Déjame, blanca hermana,
novia morena.

¡Déjame!

Y después de dejarme
junto a las balas,
mándame a la trinchera,
besos y cartas.

¡Mándame!

No sabía el poeta de “El rayo que no cesa” que, sesenta y nueve años después, el rayo que no cesa es justamente el triste rayo de las guerras, y que los españoles, además de que nos amamos muy poco, seguiríamos involucrados en la guerra eterna del mundo.

Un abrazo

* El poema “Tristes guerras” pertenece al “Cancionero y romancero de ausencias”. El poema “Déjame que me vaya”, de “Poemas sueltos”, es una letrilla de una canción de guerra. Ambos de Miguel Hernández.


Ver Centenario de Miguel Hernández:
http://marianoestradavazquez.blogspot.com/2010/03/centenario-de-miguel-hernandez.html

Ver 2 historias de este poema en Paisajes Literarios
http://paisajes.blogcindario.com/2008/05/00291-dos-historias-del-poema-quot-versos-quot-dedicado-a-miguel-hernandez.html


VERSOS


A Miguel Hernández


Trozos de cárcel y pueblo,
filos de reja y espada...
¡Cuánto es el luto del hierro
tras las paredes de España!

Uno es el santo: lo negro;
una es la seña: la patria.
Dos es la sangre del pueblo,
tres es el pueblo que sangra.

¡Qué vas a hacer, compañero,
sino llorar por España!

Llora, Miguel, llora versos,
porque los versos son armas;
porque las armas...¡Secreto!
¡Que no lo sepa el que manda!

¡Cuánta razón es un preso
que hasta la muerte lo callan!
¿Hasta la muerte? Ya muerto
van a ponerte una guardia

¡Ojo al cajón, carcelero!
¡Ojo al cajón de las almas!

- ¡Alto a las sombras! ¿Quién vive?
- Un pelotón de palabras

- Digan el santo
- Lo eterno

- Digan la seña
- ¿No basta?

Leva, Levante, los vientos:
luto, cuchillo y espada.
Toro de amor, alza el cuello;
plántale al tigre la cara.

Mariano Estrada, del libro “Mitad de amor, dos cuartos de querencias” (1984)

Mariano Estrada http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
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sábado, 26 de marzo de 2011

In extremis

Foto tomada de internet sin ánimo de lucro


In extremis

Cuando yo era niño, pocas personas había en el mundo, si es que había alguna, que fueran más entrañables que mi abuelo. Luego me hice joven y el abuelo pasó a estar más en un segundo plano, pero entonces apareció Víctor Manuel con el suyo que, si os acordáis, estaba sentado en el quicio de la puerta. Y no se había apagado aún el cigarro al que se aferraba aquel entrañable picador, cuando Alberto Cortez vino a rescatar al suyo a Galicia…

Pero todo tiene su fin, como decían los Módulos en una canción de los primeros setenta, y yo creí que el fin de los abuelos había llegado aquel día en que un indefenso viejo, que era abuelo sin duda, había sido abandonado en una gasolinera por una familia que se quería ir sin estorbos de vacaciones. Los abuelos –me dije- no caben ya en este desarrollismo implacable y desalmado que es tan feroz, al menos, como el mismísimo lobo de Caperucita.

Pero hete tú que un día, y cuando nadie lo esperaba, va Zapatero y desentierra al suyo. La historia ya la sabéis, por lo que no hace falta que os la cuente. Lo que sí os voy a contar es una pequeña anécdota del mío, de quien puedo decir que, además de un cuentista entrañable, era un metafísico inverso, es decir, sus pensamientos le trascendían siempre hacia abajo.

Un abrazo


In extremis

Mi abuelo era un hombre de una imaginación ardorosa y casi ilimitada inteligencia. Lástima que, además de estos dones, tuviera una visión mefistofélica del mundo que, para su propia desgracia, le llevaba por caminos tortuosos hacia descabellados infiernos.

-¿Qué es el infierno? –le dije yo un día.
- El infierno –contestó- es el calvario de las malas conciencias. Imagínate que escupes a tu madre y que ésta, por influjos de su misma maternidad, no te inflige un castigo, sino que calla, sufre, se entristece… Tú tienes buen corazón, es obvio, luego tu mala conciencia empezará a atormentarte. Eso es justamente el infierno.
-¿Tú tienes mala conciencia? –le pregunté sorprendido.
- Así es, hijo, tengo mala conciencia.
- ¿Por qué? ¿Qué hiciste?
- Vendí mi alma al Diablo y, con el alma, la voluntad.
- Pero tú eres buena persona…
- Ese es el quid, que soy buena persona. Si mi conciencia estuviera desbaratada, mi alma, que ha abominado de Dios, sería dichosa en sus servicios diabólicos. Pero el Diablo, que es una fuerza incontenible, no puede cambiarme la naturaleza, que tiene un norte divino ¿Me comprendes? Ahí se funda el infierno. En mi alma nacen flores que acabarán siendo ortigas.

A punto ya de morir, solicitó mi presencia. Yo tenía un nudo en el pecho que, impensadamente, fue volviéndose llanto al oírle pronunciar estas palabras:

- Hay algo que el Diablo no ha conseguido, hijo mío: quitarme el amor que te tengo. A este amor me doy para que, al menos en el último trance, florezca en mi alma una rosa.

Del libro “Vindicación de J.L. Borges”

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martes, 22 de marzo de 2011

Los caminos de la inocencia


Río Fontirín, Muelas de los Caballeros (Zamora). Agosto 2010



Los caminos de la inocencia

El párrafo en cursiva fue publicado como final de otro fragmento. Sin embargo, creo que es necesario para una mejor comprensión de éste.


…Heme aquí, carne atribulada, monte arriba, piedras arriba, Peñas Arriba. Hacia la cumbre, hacia el pezón redondeado y trémulo, hacia el solar mortificado de la nieve, que se derrite; del agua, que se filtra; de la fuente, que brota en la ladera para hacerse río de sangre y eternidad, río de flora esplendorosa, río de fertilidades multiplicadas, río de belleza, río de gacelas atardecidas, río de baños ateridos y venturosos, río de molinos y amaneceres blancos y crecidas y sones y cánticos y transparencias. Flora no afeitada, flora exuberante y floreciente. Río cercano y entrañable, río del alma que arrastra chorros de vida y bardomera hacia un ocaso de mar y corazones lentos, con mareas de vientre y de ternura. Río de sueños y de amor y de espumas evanescentes y populosas. Río de corrientes atropelladas y de truchas escurridizas. Río de barbos y de carrizos, que son barbas de río. Río elemental. Agua sin espasmos de contaminación, agua de abluciones purificadoras, agua de catarsis, borbotón, agua viva, agua constante, agua constantemente viva.


-¿Te imaginas, Antonio, las épocas en que los ríos llegaban limpios al mar?

-Ya lo creo, Isidro.

-¿Y los hombres?

-¿Qué pasa con los hombres?

-¿Te imaginas las épocas en que llegaban limpios al mar, que es el morir?

-¿Quieres decir íntegros a la muerte, que es La última costa?

-Eso digo.

-No lo sé, Isidro ¿Crees que ha habido alguna vez hombres así?

-No sólo que los ha habido, sino que aún arrastran sus pasos por el mundo, a pesar de los obstáculos y las dificultades, a pesar de los fracasos y de las humillaciones, a pesar del oro y del moro, a pesar del hambre y del mal en sus más crueles extremos. Sabato, que lo ha visto, lo dice: “El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria”.

-Es cierto, contra eso nada puede el mundo. Sabato es un sabio.

-Un sabio que ha vivido con dignidad, Antonio, y que está llegando limpio a la Costa de la muerte.

-Donde están los cementerios marinos...

-Donde la belleza se siente amenazada, Antonio. Porque ya no hay nada profético ni sagrado ¿No lo ves? En la sociedad se ha impuesto el mal gusto. Se persigue un hedonismo impaciente que requiere una carnaza continua e insaciable. La pendiente es supina. El declive es total. La belleza es un valor extinguido. La virginidad es incompatible con la decadencia. A la vuelta de cada esquina hay un cipote esperando para violar los pensamientos inocentes, las miradas limpias, las sonrisas luminosas. ¿Cómo hacer un cesto con estas mimbres? Costas y montañas, mares y llanuras, todo es susceptible de violación, de vejación, de perversidad y de aniquilamiento.

-¡Quantus tremor est futurus!

-Estoy hablando en serio, Antonio

-Ya, pero a lo mejor no es para tanto, hombre

-Ojalá –concedió Isidro sin entusiasmo- De momento hemos llegado a la inflexión. La gente ya sabe que la dirección hacia la felicidad no es la del racionalismo y la máquina. Habrá que plantear de nuevo las cosas. Y compartir y crear y renunciar. Y pegarse más a la humanidad.

-¿Bailando, por ejemplo?

-Por ejemplo. Bailando con hombres y con lobos. Pegándose a la carne con la dulzura de la miel. Besándola, abrazándola, acariciándola. Hablando y escuchando. Ofreciéndose. Deshojando los pétalos de la inocencia sobre los precipicios del corazón. Compartiendo los latidos y los temblores, los gozos y las sombras. Dando lo que tienes y recibiendo lo que te falta. Implicándose en el crecimiento de los otros para poder crecer uno mismo. Asumiendo ser lo que somos: agua y pan, sal y aire, árboles y pájaros. Gozando la grandeza de la fraternidad y aceptando, con humildad y gratitud, el destino de ser deudos de los mares y de las montañas.

-Eso suena mucho a poesía, Isidro.

-¿Y qué es la poesía, después de todo, sino la persecución desaforada de la belleza? ¿Y qué es la belleza, sino la persecución desaforada de la felicidad?

Fragmento del libro "Aguablanca, caminos de ida y vuelta"

Mariano Estrada http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
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Río Fontirín, Muelas de los Caballeros (Zamora). Agosto 2010

lunes, 21 de marzo de 2011

La primavera la sangre altera

Flor de brezo (Erica multiflora. Petorrera en valencià). Foto de Fernando Medrano


Ver PPS de Mar:



La primavera la sangre altera


-Dicen –y a lo mejor es verdad- que la primavera altera mucho la sangre. La altera tanto que a menudo la pone como las burgas orensanas.
-Vaya si es verdad. Mi mujer está esperando a que se abran las puertas de El Corte Inglés, donde la primavera es un busto inalcanzable y una pierna larga que la imaginación trata de juntar infructuosamente con su vecina. Porque las piernas son dos, ¿no?, y toda pierna tiene su principio y su fin, su talón de Aquiles y su vital horcajadura. Pues bien, las puertas se abren y mi mujer se pone las botas.
-Claro, para ir al campo
-Alcampo no le gusta, ya ves, prefiere las tiendas de trapillos
-Dices bien, trapillos, que a menudo no cubren ni el expediente
-Hombre, el expediente, sí. Lo que hacen en realidad es ponerse ligeras de equipaje, como los hijos de la mar
-Claro, y a nosotros nos ponen ligeros de mirada, como los peces telescópicos.
-Esa es la función de la primavera, ¿no? Calentarnos los ojos. Luego llegas a casa y te pones a correr al pillo pillo: yo me pruebo las ropas y tú te quedas “asperges” en el pasillo.

Un abrazo


La primavera la sangre altera.


La grupa de las potrancas
huele a caballo.
A la mujer quinceañera
la piel y el sayo.

¿Qué tiene la primavera
de abril a mayo?
La miel, la abeja, las flores
y los colores del campo.

Los machos van a las hembras
por el olfato.
Por un influjo de luna
las hembras van a los machos.

Y reverdecen los bosques
y brotan juncos del barro.
¿Qué tiene la primavera
que todo viene a alterarlo?

Del libro “El cielo se hizo de amor”

Mariano Estrada http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
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Foto tomada de internet sin ánimo de lucro

viernes, 18 de marzo de 2011

¿De quién son los ríos? Sentencias del TC

Río Guadalquivir a su paso por Sevilla. Foto tomada de internet sin ánimo de lucro


¿De quién son los ríos? Sentencias del TC


Queridos amigos:

Tras las sentencias del Tribunal Constitucional, anulando los artículos 51 del Estatuto de la Comunidad Autónoma de Andalucía y 75 de la Comunidad Autónoma de Castilla y León, que hablan de la capacidad normativa sobre el agua y la gestión de la misma, ya tenemos un poco más clara la respuesta a la pregunta: ¿De quién son los ríos?, que nos hacíamos cuando ambas comunidades, de uno u otro modo, se los querían apropiar con la anuencia de los políticos que representan a todos los españoles (Dice Herrera que ellos sólo querían apropiarse de la gestión, pero tanto me da).
Lo bueno de esta sentencia es que no sólo no se ha avenido a la errónea decisión política tomada por el Parlamento de la Nación, sino que se ha pronunciado abiertamente contra ella. Es decir que, por una vez y sin que sirva de precedente, se ha impuesto la independencia de los poderes del Estado y Montesquieu ha sonreído gozosamente desde su tumba. Y hasta puede que Alfonso Guerra haya sentido en sus carnes el alivio.
Lo auténticamente grave de todo esto es que, como queda bien claro en la decisión del Tribunal, el poder político se había pasado por el orto el interés común de los españoles. Y es por el orto, precisamente, por donde los diputados tendrían que meterse ahora esos artículos de los Estatutos ¿O se van a ir de rositas? No sé, ¿usted que cree? ¿Yo? Mucho me temo que sí.

Un abrazo

Dejo aquí el artículo mencionado, que fue escrito cuando se estaba gestando el Estatuto de de la Comunidad Autónoma de Andalucía y había un rifirrafe entre los Presidentes autonómicos Chaves e Ibarra.


¿De quién son los ríos?

Los ríos, que desde tiempos inmemoriales han sido lazos de unión, han empezado a ser motivo de discordia, especialmente entre los altos profesionales de la política. “Este río es de mi tierra y mi tierra soy yo. A su lado vivo, de su agua bebo, en él me reconozco y me solazo. Luego este río es mío y de este río me río”. (De la vena fluente de un político apócrifo que llamaba al rioja River-ha).
El Ebro, que antes guardaba silencio al pasar por El Pilar, porque no quería despertar a la Virgen, ahora es motivo de gresca entre las dos grandes fuerzas políticas de España, camisa blanca, como consecuencia del fallido Plan Hidrológico Nacional. En su día, el Cabriel fue motivo de duros enfrentamientos entre las Comunidades de Valencia y de Castilla-La Mancha, en el punto concreto de sus Hoces. Unos, aparentemente, por preservar la belleza; otros, aparentemente, por mejorar la comunicación. Y ahora le toca al Guadalquivir, al que parece que quieren meter en un Estatuto, tal vez en una Realidad Nacional, lo que tiene mucha minga, Dominga. Pero ya les ha dicho Ibarra que son un poco chorlitos o cabezabuques, porque algunos afluentes del Guadalquivir nacen precisamente en sus tierras. Además, ¿quién puede asegurar que un día Sevilla no pida anexionarse voluntariamente a Extremadura? ¿Ein? No sé, pero tal como andan las cosas…
Antiguamente, los ríos pasaban por aquí y por allá y los ciudadanos aprovechaban sus aguas para regar sus tomates y cebollas, para moler sus cebadas y centenos, para darse un chapuzón o para pescar algún que otro barbo, pero luego se desentendían de ellos y los olvidaban porque alguien había sentado un precedente muy sensato que, si no sentaba cátedra, servía al menos de jurisprudencia: “agua que no has de beber / déjala correr”. Había ríos que, al menos en alguna de sus partes, corrían tan olvidados que un prestigioso poeta se vio obligado a cantar: “Río Duero, río Duero / nadie a acompañarte baja”. Bien es verdad que Gerardo Diego hacía la salvedad de los enamorados, ya que estos ponían a los ríos como testigos de sus grandes amores.
Y hemos de hacer también la salvedad de algún pájaro de cuenta que, con la nocturnidad requerida, bajó a borrar las huellas de un odioso crimen: “Amor mío, si te vas / no bebas agua del Duero / que lavaron el puñal / con que mataron a Diego”. De hecho, había ríos tan libres y tan respetados que, aun siendo muy modestos en su caudal y en su recorrido, la gente les pedía permiso para pasar, tal es el caso del Manzanares, que, a su paso por Madrid, bien podía haberse hecho colchonero de pro. Discurrían tan libres y tan limpios que, cuando algo se interponía en su camino y los perturbaba, enseguida se hacía público y notorio. Este es el caso del Nervión, por el que un día dijeron que bajaba un bicho extraño…
Que yo sepa, nunca antes los ríos habían tenido un carácter particular, como el patio de mi casa, sino que siempre habían sido bienes comunes y públicos. Daba igual dónde naciera o por dónde pasaran, porque eran igualmente de todos. Miños y geniles, tajos y bernesgas, mundos y jalones, eslas y guadianas, fontirines y júcares, arlanzas y cuervos, jaramas y seguras. Bueno, en un momento dado, el Jarama fue un poco de Ferlosio, pero sólo en un plano simbólico y honorífico. De manera que todos eran ríos de todos. Todos eran ríos de nadie. Y en Andalucía, particularmente. De hecho, el famoso Río de Miguel Ríos no se sabe cual es, porque ni siquiera tiene nombre. Es más, los autores de la universal Macarena son “Los del río”, pero ¿de qué río?
Solo usted, señor Chaves, pretende que el Guadalquivir tenga dueño. Y que este sea un sujeto jurídico llamado Realidad Nacional Andaluza. O algo así. Que vaya si tiene cojones. No me extraña que Ibarra se cabree, aunque yo ha he descubierto que Ibarra se cabrea solamente de boquilla, justamente por donde suele morir el pez. Luego se tragará el Guadalquivir con todas sus poluciones como un día no lejano se tragó el Estatuto de Cataluña, que ese sí que es un río, pero de tinta. Y tiene asimetrías como sapos. Y monstruos de lesa financiación.
Si empezamos a pegarnos por los ríos ¿qué será de nosotros y de nuestras vidas? Todos sabemos que “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir”. Nos lo dijo Jorge Manrique, ya hace muchos años. Yo estoy de acuerdo con él, y no me gustaría nada que el pequeño río de mi vida fuera esclavo de ningún politicastro con ambiciones ni de ninguna entidad jurídica con rango de eufemismo nacional.
La prueba más contundente de que los ríos no son de nadie es que, en realidad, nadie los ha podido nunca hacer suyos. Ya lo dijo Heráclito, el filósofo de Éfeso: “No te bañarás dos veces en el mismo río”. Señor Chaves: el Guadalquivir no es un río, sino muchos ríos, infinitos ríos. Cuando usted quiera apropiarse de uno de ellos, este empezará a sonreírle desde las proximidades de la costa, que es donde los ríos remansan. Y luego desde el mar, que es al que voluntariamente se entregan.

Mariano Estrada http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
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Río Duero, a su paso por Zamora. Foto tomada de internet sin ánimo de lucro

miércoles, 16 de marzo de 2011

Maldita libertad

Fotografía tomada de internet sin ánimo de lucro

Ver abajo la traducción de este poema al portugués. Lo ha hecho Fátima Sipahi, en una comentario del Facebook.


Maldita libertad


Maldita libertad la de mirarte
con ojo santurrón y admirativo,
si ver tu corazón me está prohibido
y estás en realidad en otra parte.

Yo quiero libertad para clavarte
cuchillos de pasión en el oído,
poemas con el verso corrompido
que puedan en rigor acorralarte.

Yo quiero libertad, yo quiero darte
culebras de mordisco retorcido
y labios y avidez en el besarte.

Te quiero provocar un estallido
de pólvora, de luz, de colorido
y barro elemental, del que eres arte.

Del libro “El cielo se hizo de amor” (1986)



Ver traducción al portugués, por Fáfima Sipahi



Maldita libertade


Maldita liberdade de mirar-te
com olho fervoroso e admirativo,
se ver teu coração me é proibido
e estás em realidade em outra parte.

Eu quero a liberdade prá cravar-te
cochichos de paixão em teu ouvido
poemas com o verso corrompido
que podem a rigor acorrentar-te.

Eu quero liberdade, eu quero dar-te
pedaços de mordisco retorcido
e lábios e avidez ao beijar-te.

Te quero provocar um estampido
de pólvora,de luz,de colorido,
do barro elementar do qual és arte.

Del libro "El cielo se hizo de amor"

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lunes, 14 de marzo de 2011

Lobos: del miedo a la admiración

Foto tomada de internet sin ánimo de lucro


Lobos: del miedo a la admiración

La primera noticia directa que yo tuve del lobo fue una tarde de nubes y olor reciente de lluvia. Según calculo ahora, basándome en acontecimientos familiares de muy difícil olvido, habrían pasado siete años desde el día de mi nacimiento. Por un asunto de tratos en ganadería, de los que a mí me llegaba únicamente el enternecedor balido de los corderos, mi padre había ido a un pueblo de lo que para mí era entonces la ultramontana Cabrera, más allá de Velilla, donde había un lago azul, un pico muy alto, llamado Vizcodillo -que en agosto conservaba intacta la nieve-, y un lejano tufillo de supersticiones y fantasmagorías, no muy bien definidas, entre las que estaban las historias espeluznantes del lobo y los mágicos ululares de ciertas almas en pena, a cuya sombra se cobijaban los forajidos y malhechores.

Podía haber ido a lomos de una yegua rojiza, que yo montaba a pelo entre galopes de temeridad y rozaduras, pero no había sido posible, pues la yegua estaba preñada y en la casa iba a haber un parto inminente; un parto que, si realmente ocurría, atendería con solvencia mi abuelo... Y ocurrió, fue un potrillo salvaje y pelirrojo por el que, casi un año después, arrancado de mis brazos por el tratante que lo había formalmente adquirido, yo sentí emociones elocuentes que terminaron en lágrimas.

De regreso, atravesando las cumbres de la Sierra de la Cabrera, desde las cuales se abarcan las amplias lejanías de la provincia, pero también las cercanas laderas de Aguablanca, el Ferradal, Tijeo..., la tarde mandaba su inminencia hacia una noche cerrada. En ella estaban los miedos y las sombras, las meigas y los lobos.

Mi madre, hecha de cariños y prudencias, me obligó a ir a la cama, una cama de roble y de carcomas donde yo acosté mis tímpanos despiertos... La habitación era un lóbrego vacío de ferocidades, algo así como las fauces negras de un lobo. Yo tocaba el suelo con la mano para crear la realidad y los objetos, porque mi madre se había llevado el candil y, en la tiniebla, el espacio era un tinglado de burbujas desvanecientes atravesadas por lluvias abundantes y amenazadoras: las aguas de mis ojos que plasmaban en el techo unos zarpazos de muerte...

Pero la muerte no vino. Yo crucé la mañana del domingo en un letargo cansado y, al despertar, ya en las proximidades de la comida, una risa grande y unos ojos alegres y despiertos se estrellaron contra el rostro de mi padre que me miraba sonriente.
- ¿No te levantas hoy, Jeremías? -me preguntó.
-¿Por qué tardaste tanto? -le pregunté yo a mi vez, con acento de recriminación más bien perdonable
- Es que me salieron los lobos -dijo él, tan tranquilo.
- ¿Sí? ¿Y qué hiciste? -repliqué yo, entre admirado y temeroso
- Muy fácil, me subí a un roble y esperé a que se hiciera de día
- ¿Y los lobos, no intentaron cogerte?
- Pues claro, pero yo no los dejé... ¿qué te habías creído?
- ¿Y por qué no llevaste la escopeta?
- ¿Para qué, si me bastó con la cacha?

Le fue suficiente con la cacha... Y la cacha era de roble, por supuesto. Y el roble era magnífico y robusto, como mi padre. Y yo, que siempre he amado a mi padre, amé también al roble. Hoy amo al roble y a mi padre, que ya ha muerto. Pero también a los lobos, que afortunadamente perviven en los montes de roble de Velilla ¿Qué sería de ellos si mi padre, aquella noche oscura y tenebrosa, hubiera matado a sus desconsiderados antecesores?

Mariano Estrada


La loba

Anduvo a rabiar por el monte
detrás de una loba parida,
con perros que siguen el rastro,
con ojos de acecho y vigilia.

Siguió los regueros del agua,
las cuestas abajo y arriba;
llevaba polainas de cuero
y postas de plomo y mochila.

Pegó con manadas de corzos
y dio con la zorra, que huía;
con tejos, con gatos monteses
y hurones que acaso no había.

De aquello que andaba buscando,
de aquello, ni loba ni cría.
De pronto, mirando a la luna,
se vio con la barba crecida.

Del libro “Tierra conmovida”

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Foto tomada de internet sin ánimo de lucro

sábado, 12 de marzo de 2011

Pecado

Foto tomada de internet sin ánimo de lucro

Ver PPS de Mar:


Pecado

Amiga mía,
Me arrodillo ante ti para exclamar
en voluntaria confesión:

Yo no estoy libre de pecado.

(En terminología más acorde
con nuestro pensamiento, al pecado
lo llamaríamos error,
pero un error consciente y
repetido de forma pertinaz
¿no equivale a un pecado?)

Pues bien, no sólo no estoy libre
de pecado, sino que a veces creo
que el pecado soy yo.
(Pronombre personal en
manifiesto pecado de soberbia).

Y puestos a decir,
confieso que he pecado
de todas las maneras
posibles: de palabra,
de obra, de omisión, de pensamiento...

Tan sólo hay un pecado
que nunca he cometido y nunca
jamás cometeré,
que es dejar de quererte.

Es pecado mayor, sería
categóricamente imperdonable.

Del libro "Amores colaterales"

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jueves, 10 de marzo de 2011

Accidentes

Foto tomada de internet sin ánimo de lucro


Accidentes

Las curvas de tu cuerpo
son claros desafíos
a la velocidad,
y yo derrapo en ellas
con la frecuencia de tus
interminables devaneos.

Soy un fiel inquilino
de tu soberanía, un amante
del muy accidentado
ordenamiento de tus territorios
y la vertiginosa
naturaleza de sus precipicios.

Me gusta recorrerte
con la delectación
profusa del sometimiento.

Del libro “Amores colaterales”

Mariano Estrada http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
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martes, 8 de marzo de 2011

Tijeras y trasquilón: el esquileo de las ovejas

Esquilado a tijera. Foto de Fernando Medrano


Tijeras y trasquilón: el esquileo de las ovejas


Ya sé que el oficio de esquilador, en general, es muy poco atractivo, y mucho menos para acomodarlo en los altos aposentos de la lírica. Total, se trata de quitarles los pelos a las ovejas. Unos pelos que están enrevesados, sucios, sudados y grasientos, ya que las ovejas no se lavan jamás, salvo después del esquileo, precisamente, por razones sanitarias... O si llueve. Pero si llueve tampoco es que se laven demasiado, porque la lluvia resbala sobre la lana apelmazada y sebosa
-¿Y para qué se los quitan?
-¿Los pelos? Para que no tengan calor en el verano ¿O no nos quitamos nosotros la ropa y nos cortamos la melena?
-¿Y no quedan muy chungas las ovejas esquiladas?
-Quedan chunguísimas. Además, como en mayo aún hace fresquito, andan un tanto encogidas por la parte de atrás, por donde se sienten desnudas. Sí, se ponen realmente feúchas, las pobres. Lo que pasa es que son ovejas, no creo que la estética les preocupe demasiado
-A ellas no, pero a los machos…
-A los machos, ¿qué? A ellos también se la pelan
-¿Se la pelan?
-Sí, la lana, igual que a las ovejas
-¿Y qué hacen con la lana pelada?
-La venden
-Pues a mí me dijo mi madre que la usaban para hacer jerseys y calcetines y guantes y pasamontañas…
-Bueno, sí, pero no toda. La mayor parte la venden
-También me dijo mi madre que hacían colchones con ella
-Y es verdad, pero para eso utilizaban la borra y antes que la borra utilizaron la paja. Con paja se hacían colchones y jergones, lo cual era síntoma de mucha pobreza
-¿Y qué es la borra?
-La borra es lana también, pero de mala calidad
-¿Y qué es la lana virgen?
-Pues la lana virgen… Oye, ¿tú eres tonto o qué?
-Sí, y en mi casa no hay botijo. Nunca lo ha habido ¿No ves que soy de asfalto y de ciudad y no sé distinguir un huevo de una castaña? Es más, hasta el otro día no sabía lo que era un cencerro. Yo creía que era una persona despendolada, como le había oído decir a mi madre. Ahora sé que el cencerro es una esquila, pero más grande. Y, bueno, ¿me vas a decir lo que es la lana virgen o qué?
-Pues mira, coges un vellón, tal como sale del esquilado, le quitas las impurezas, lo lavas con queroseno o gasolina, lo secas y ya está.
-¿Y qué es un vellón?
-¿No te lo ha dicho tu madre, tontolhigo? Pues un vellón es una bola que se hace con la lana que se le quita a la oveja. Tantas ovejas, tantos vellones. Lo que se ve por fuera es el corte, las vedijas miran hacia dentro.
-¿La vedijas?
-Sí, las greñas, las guedejas... Oye, ¿pero es que tú no sabes nada de nada?
-De ovejas, no. Sólo las cosas que me decía mi abuelo…
-¿Ah sí? ¿Y qué cosas te decía tu abuelo?
-“Soy pastor de ovejas viejas / no me quieren saltar los caños / Si no me dan de la rosca / no se las guardo más años” ¿Te ha gustado?
-Sí, ¿pero eso qué tiene que ver con el esquileo?
-No sé, mi abuelo decía también que a las ovejas había que defenderlas del lobo, que las ajagaba. Quería decir que las mordía en el cuello, como los vampiros. También decía que en toda familia hay una oveja negra y que “oveja que bala, bocado que pierde”
-¿Tu abuelo era pastor?
-No, cabrero
-Pero cabrero es pastor
-Ah, pues tendré que mirar el diccionario de sinónimos
-Lo que tendrás que mirarte es la chola, bobo, que la tienes descuajaringada. Un cabrero es un pastor de cabras, ¿no te lo dijo tu abuelo?
-No, mi abuelo me dijo que “estaba la cabra cabratis subida a la peña peñatis” y que “vino el lobo lobatis” y tuvieron una conversación que terminaba con la cornamenta y eso, Aleluya. Mi abuelo era un sabio.
-Pues tú eres un borrego marón
-Borrego es como zoquete, ¿no? ¿pero qué es marón?
-Un marón es un borrego capado ¿entiendes lo que es capado? Castrado, emasculado ¿Eso no te lo dijo tu abuelo?
-No, mi abuelo me dijo que “no hay animal como el chivo cuando quiere echarse un cohete. La chiva levanta el rabo y va el chivo y se la mete”
-Vaya una guarrada, no hay duda de que tu abuelo era realmente un cabrero.
-Oye, ¿y las cabras se esquilan?
-No, que yo sepa
-Pues a lo mejor era pastor de ovejas, porque también le oí decir otra cosa
-¿Qué cosa, una cochinada como la de antes?
-No, no, porque ésta se la decía a mí abuela y a mi abuela le tenía mucho respeto y la quería mogollón
-A ver, don Mendo, desembucha:
-Bueno, pues un día oí que le decía: “Tan pronto yo acabe en la era / me arrimo / Me arrimo a buscarte la lana”
-Pues mira, chaval, no sé si tu abuelo era pastor de ovejas o de cabras o de gamusinos, lo que sí sé es que tenía un instinto certero. Sabía exactamente lo que había que buscar. Seguro que vareaba la lana como nadie. Y seguro que la pesaba a su conveniencia con la romana ¿Sabes lo que es una romana?
-¿Una mujer de Roma?
-De Roma y de Pernambuco y de la Cochinchina. Una romana es una palanca larga que tiene un platillo y un pilón. Y no me preguntes ahora lo que es un pilón, porque a lo mejor te lo digo.
-No hace falta, lo sé
-¿Lo sabes? ¿Te lo dijo acaso tu abuelo?
-No, lo miré yo en el diccionario de uso, que eso lo hago muy bien. Un pilón es un recipiente donde se abrevan las vacas y las caballerías…
-Exacto. Allí es donde tu abuelo pesaba la lana. Primero la mojaba, que mojada pesa más. Y luego se la metía a quien podía.
-Ahora no sé lo que dices, me he perdido, pero mi abuelo decía que hay lanas que valen su peso en oro.
-Ya lo creo, muchacho. Tu abuelo era listo como las avispas. Tenía que tener un monumento en el pueblo. Pero ya ves, “unos cardan la lana y otros llevan la fama”. El monumento se lo hicieron al alcalde, que era gállaro…Y no te molestes en buscar esa palabra, que en los diccionarios no viene. Yo la aprendí del maestro, que estaba empeñado en preservar las palabras en peligro, porque eran una riqueza, decía, pero no consiguió que ésta prosperara a pesar de sus apelaciones al patrimonio y a la cultura, unas apelaciones que, por cierto, le costaron un huevo. Pero un huevo de verdad, no una metáfora.
-Gállaro, gállaro… que no se me olvide. El alcalde era gállaro. Le tendré que preguntar a mi madre, seguro que a ella se lo dijo mi abuelo ¿Y no es lo mismo gállaro que gállara? En el diccionario sí vienen las gállaras del roble… ¿Es gállaro el roble? Mi abuelo decía que había una mujer en el pueblo que era hermafrodita, y que tenía barba. Pero hermafrodita es un nombre canónico. Mamá, ¿el borrego es gállaro? ¿Y el marón? ¿Qué día es bueno para esquilar las ovejas?

Un abrazo



Esquileo


Tijeras y trasquilón.
Cuanto mayor es la oveja,
más abultado el vellón.

Las unas van con esquila,
las otras con esquilón.
¿A quién le toca el borrego?

Lo haremos al alimón.

Tijeras las que yo traigo
para esquilar al marón.

¿Quién las afila?

El herrero,
que sabe de afilador.

La del badajo de hueso
tiene un cencerro tolón.
¿A qué te suena ese ruido?

A hueso sobre latón.

Por donde pasa la lana,
también discurre el calor.
La borra ¿para qué sirve?

Para atacar un colchón.

Tijeras y trasquilón.
La oveja queda desnuda,
desnuda, como el amor.


Del libro “Trozos de cazuela compartida”



Esquiladores


Ajustaron la lana.
Trajeron unas tijeras
para cortarla.

Fue en primavera.
Trajeron una romana
y una tijera.

Eran diez hombres.
En el pueblo les llaman
esquiladores.

Esquiladores.
Con la lana que esquilan
pueblan la noche.

¡Ay, si tuvieran
un vellón de esa lana
con la que sueñan!

Del libro “Tierra conmovida”


Mariano Estrada http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
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Poemas recreados: http://groups.google.com/group/paisajes-literarios

domingo, 6 de marzo de 2011

Amor un poco, soledad el resto


Fotografía tomada de internet sin ánimo de lucro


Amor un poco, soledad el resto.

De un modo o de otro, el amor es una constante en nuestra vida. Lo que no deja de ser una tremenda paradoja, ya que se trata de una constante muy variable y esto es una pura contradicción en los términos. ¿La explicación? No sé, lo único que se me ocurre decir es que el sentimiento amoroso no cabe en una explicación matemática del tipo: dos por dos, cuatro. ¿Por qué? Porque ella debería estar aquí, pero no viene. Y yo me quedo a dos velas, compuesto y sin lograr que funcione adecuadamente la lógica ¿Por qué no viene? ¡Ah! La eternidad del amor es de una duración relativa, porque no es de tiempo sino de voluntad y de deseo, porque siempre hay un tercero que se interpone en el camino de las flechas de Cupido o una mirada que se atraviesa, provocando el descarrilamiento de los cargamentos de azúcar. Ayer te dije que sí, pero hoy hay otro. ¿Qué quieres? Y percibes el frío en los cristales del corazón, donde se estrellan las alas de los sueños.

Lo que quiero decir es que la soledad está siempre a la vuelta de la esquina, como una charca helada. De hecho, yo creo que la soledad es el estado más probable del hombre, por mucho que nos empeñemos en correr detrás de quien es esencialmente otro, con idea de transmutarlo en uno mismo mediante la operación mágica del amor, que cada día se sustenta más en el principio de la levedad de las cosas, que es más o menos así: “amor mío, me comprometo a quererte hasta que la claridad del alba nos separe”

El soneto que dejo aquí colgado, salvo en los breves momentos de su alumbramiento, ha vivido siempre en la oscuridad de un cajón. O sea veintitantos años. Pertenece a una época escéptica que, sin embargo, paradójicamente, no ha servido nunca para robarme la fe, ya que a mí se me han cargado siempre las pilas con la aparición en el frente de unos ojos bonitos.

A decir verdad, yo siempre he creído que al amor se va por los ojos, ya que “El cielo se hizo de amor y sus puertas hay que abrirlas con la mirada”.

Un abrazo


Amor un poco, soledad el resto


Creía que el amor bajo la luna
tenía en el cansancio una ventana,
con un rayo de sol y una mañana
de ingrávidos arrullos en la espuma.

Creía en ese pacto de los besos,
en esa eternidad, en esa nube,
en ese dulce pájaro que sube
al cielo con el soplo de los vientos.

Creía que el amor nos descansaba
de tanta soledad, de tanto tedio.
Mas sólo es un instante, no hay remedio.

Detrás de cada vida enamorada
está la soledad, delante el sueño.
Tan sólo hay un respiro por el medio.

Del libro “Vientos de soledad”

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

jueves, 3 de marzo de 2011

Reflexiones ingenuas sobre los premios literarios

Foto tomada de internet sin ánimo de lucro


Reflexiones ingenuas sobre los premios literarios


Hace unos días, hablando de un importante premio literario con algunos amigos, uno de ellos, no sé si ingenua o maliciosamente, dejó caer en el aire esta pregunta:

-¿Están dados los premios de antemano?

Pero no nos metimos en harina porque alguien, que se unía al grupo en ese momento, interrumpió con efusivos saludos la recién iniciada conversación. Sólo nos había dado tiempo de crucificar al Planeta, que, como saben hasta los ágrafos, es la madre de todos los premios literarios que se dan en España.

Ya sé que es un tema recurrente y manido, pero no por ello deja de ser interesante. Es más, sería incluso merecedor de una investigación minuciosa y detallada que nos permitiera saber lo que ocurre al respecto. Porque no deja de ser curioso que los premios de prestigio, en términos generales, se los estén llevando los autores de prestigio, en términos particulares, lo que puede hacer pensar a la concurrencia que en realidad no se premian las obras, sino a los autores. Y ello a pesar de que, en general, se concursa bajo seudónimo y plica.

Para aquellos autores que acuden a los concursos con ánimo de darle un poco de luz a la oscuridad en la que viven, es decir, como forma de iniciar un camino literario más o menos transitable, dando a conocer sus obras, sería decepcionante saber que los premios a los que concurren tienen el ganador adjudicado. Porque, vamos a ver, ¿para qué iban a concursar si tuvieran esa certeza? Pues no sé, ¿tal vez para que la entidad convocante pudiera presumir de éxito? ¿O quizás para que, bajo una apariencia de normalidad, el camino del ganador quedara expedito y pudiera llevarse tranquilamente el dinero y la gloria? Dígamelo usted, soy un poco corto.

Mientras esto se debate y se aclara, si es que se puede aclarar, que no lo sé, os dejo un artículo que trata de un aspecto de los premios literarios que necesariamente es previo al que acabamos de referirnos. Lo constriño, eso sí, a los premios de poesía, que, como todo el mundo sabe, es la hermana pobre de la literatura. Aunque esto no es del todo verdad, porque yo creo que ni es hermana ni es pobre. No puede ser hermana de ella misma, como es obvio, y no puede ser pobre porque es depositaria de una inmensa riqueza. De hecho, la poesía es la novia a la que a menudo se renuncia por inalcanzable, el deseo más puro, más noble y más hermoso que tenemos los que, además del conocimiento, pretendemos alcanzar la belleza con la palabra. ¿Hay acaso una riqueza mayor?

- Ya, ya, pero, en ese caso, ¿por qué se le sigue llamando hermana pobre? ¿No podíamos encontrar una expresión más adecuada para referirnos a esta rica señora?

-Ya lo creo, amigo, las que usted quiera: prima inútil, tía solterona, cenicienta reconocida, patito feo, poca cosa, nadería, huevo de colibrí, excremento de avecilla apenada…

El concepto de pobreza, sin adjetivos ni paliativos, se atribuye expresamente a la falta de dinero, tal como se relata en los “Consejos del tío Perico”, del poeta extremeño Luís Chamizo: “Semos probes, hija mía, porque icen / que son probes los que no tienen dinero”. ¿Queda claro? ¿O hace falta añadir un mendrugo de pan?

Yo pongo el abrazo



¿Son los premios de poesía la medicina de un enfermo?

Yo creo que la poesía, a pesar de su valor comercial, que es nulo por el gracioso dictamen de las musas, sigue gozando de un razonable prestigio entre la gente corriente, vamos, la que no se dedica a los negocios ni a la política, que es la gran mayoría de la población. Es verdad que nadie sabe mucho de ella y que a nadie le preocupa demasiado, pero conserva entre el público ese halo mágico de elemento misterioso que, irremisiblemente, la hace ser tenida en estima, lo mismo que es tenida en estantes, dormida eternamente, a veces empolvada y rara vez extraída de su inexpugnable letargo, como extraen a la Virgen de su nicho, para que interceda ante el dueño de la lluvia, cuando la tierra ya tiene tres faltas. También es tenida como referencia, a la hora de contemplar, expresar o definir un paisaje de los que dejan sin habla a los observadores, salvo tal vez a los observadores de la ONU, que se han vuelto insensibles a las puestas de sol, a causa de las últimas puestas de uranio enriquecido, que está entre el Plutón eliminado y el Orlando furioso.

¿Por qué ese respeto enigmático y reverencial? Tal vez sea porque el valor de la poesía no es intercambiable con los valores del dinero y del poder, que son los que estimulan de verdad a los que viven marcados por el sello de los negocios y de la política, especialmente donde éstos se unen o se rejuntan. Y no es que esté más alta o más baja, es que se escapa a todo intento de apropiación, es que es evanescente e inasible, es que no aguanta la manipulación ni la mentira, es que no quiere ser pagada cuando se entrega, es que quiere ser como es: libre, graciosa, escurridiza, ingrávida, inconsútil, sin tara, sin patrón, sin atadura... Y, a pesar de todo ello, quiere ser de este mundo traidor, en el que “nada es verdad ni es mentira”.

¿Soluciones? No sé, a lo mejor es necesaria la revolución de las mesas. Acaso debieran suprimirse los premios literarios, tal como ahora están concebidos, y, desde luego, los que son directamente apoyados o patrocinados por la llamada cultura oficial, que es una cultura de oficio sin oficio. Tal vez hubiera que dejar que la poesía floreciera por sí sola, sin empujones espurios, sin riegos pseudoprotectores, sin ayudas rimbombantes e interesadas, sin interferencias ajenas a la creación. No importa que el que escribe carezca de medios edulcorados y cosas por el estilo. Si dentro hay poesía, la poesía saldrá de sus oscuras mazmorras. Yo creo que el poeta tiene que tener una profesión, como todo el mundo, y vivir de ella. La poesía hay que escribirla por añadidura, en el tiempo libre, en el tiempo que otros dedican a la caza, a la pesca, al dominó, al parchís, al golf, al senderismo... ¿Y si el poeta, además de trabajar, quiere hacer también algunas de estas cosas? Que se apañe como Dios le de a entender, que programe y elija ¿Y no debe de haber algún tipo de premio? Posiblemente sí. Tal vez hubiera que premiar a aquellos que, en las condiciones expuestas, consiguieran el apoyo de los lectores, entre los que, naturalmente, deberían estar los críticos y los estudiosos.

Dicho esto, quiero aclarar inmediatamente que de las soluciones propuestas no estoy nada seguro. De lo que sí estoy seguro es de que, tal como están motadas las cosas en la actualidad, los premios existentes y los estímulos oficiales valen exactamente de muy poco. O de muy nada, monada. Decidlo por ahí, a la pandilla.

Mariano Estrada


Os dejo un poema que, en cierto modo, puede venir muy a cuento



Silencios implicados

Te colmarán de aplausos
efusivos y generosos.
Llenarán las paredes de tu casa
de laureles y reconocimientos.

Paradójicamente,
nada te pedirán a cambio
de tanta exaltación, ni tan siquiera
que les abones el terreno.

Bastará con que calles
cuando los duendes lo recalifiquen
y ellos mismos lo pongan
en posición “especular”.

Después te atusarán el hombro,
con esmerada fruición,
y acaso te dirán por lo bajini:
“Me gustas cuando callas
porque estás como ausente”...

Gastado el oropel,
habrá una realidad, que es ésta:
ellos se habrán enriquecido
y tú serás el óxido
irrisorio de unas metopas
sobredimensionadas.


Del libro “A este lado del Paraíso”

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