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domingo, 30 de enero de 2011

Nocturno

Foto tomada de internet sin ánimo de lucro


Nocturno

He salido a la noche
para perderme en los parajes
interminables de la soledad
y echar mis pensamientos a la luna.

En el largo camino,
-consolidado ya por la costumbre-
hay espacios poblados
por el ruido que el mar
deja en los lomos de la arena y
otros de masas vegetales
que sugieren jardines
de frondosos y antiguos paraísos.
(Curiosamente,
coinciden con el nombre del lugar)

Luego cantan los grillos
que, numerosos e invisibles,
ocupan los solares
pendientes de especulación
(Por cierto,
no sé qué harán los grillos cuando
alguien los cambie por alguna
solución habitacional)

Así mismo, me encuentro con alegres
cucarachas escurridizas
que se mueven en torno a las grasientas
-y a veces olorosas-
basuras de los restaurantes.

Después oigo el concierto de las ranas
croando bajo el puente
que media entre las partes
en que está dividida esta ciudad
de colores colgantes y vistosos.

Y enseguida me topo con la plaza,
casi siempre poblada de elementos
de variada naturaleza,
y la gran avenida que, a estas horas,
de silencio y de luz artificial,
aparece más ancha y soberana
que la alumbrada por el sol
-y por los coches-
a las claras del día.

Yo percibo estas cosas
en un plano difuso
de la conciencia,
con la excepción, acaso, de las ranas
croando bajo el puente,
porque son algo así
como un anacronismo
que rompe en dos mitades
no la propia ciudad, ya rota
por el río, sino la misma vida:
El pasado, tan simple,
tan natural y tan mestizo.
Y el presente, tan sordo y tan autista,
tan sumido en el fárrago y el vértigo.

Y al tiempo que estas cosas
existen con independencia
de mis particulares percepciones,
hay otras que, de forma natural,
ocupan lo más vivo
de mis claros y dulces pensamientos.

Y es justamente de estas cosas
de las que yo,
andante solitario y hombre libre,
me declaro gustoso dependiente.

¿Y qué cosas son ésas?
–dice un suspiro de la noche-
A lo que yo respondo
con un interrogante sorprendido:
¿Y lo preguntas tú,
luciérnaga interior
de mi postrado luto?
Son estrellas que encienden en el pecho
los fuegos que devora el corazón.

Regreso, al fin, a casa,
pero antes de ocultarme entre sus muros
me siento con la Noah
-que no es sólo una perra o un guardián,
sino también un confidente-,
en un rincón preciso
que ella acomoda para mí,
en la escalera,
entre su cuerpo y la pared.

Mientras me huele y la acaricio
la luna se derrama sobre el mar
con la totalidad de su belleza.
Pero a mí ya me ha dado,
tal como acabo de decir,
hora y media de íntima locura.

Del libro “Gotas de hielo”

Mariano Estrada http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
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Poemas recreados: http://groups.google.com/group/paisajes-literarios

viernes, 28 de enero de 2011

Dudas

Rosa, primeros años 80


Ver PPS de Mar:
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Dudas

Tus ojos dicen sí
donde tu boca elude, finge, niega.
¿Qué otra cosa pensar sino que
deliberadamente me provocas?

¿Desconfías tal vez de la intención
de nuestros pensamientos, de la sinceridad
con que se estrechan nuestras manos?

¿No es bastante la sed
con la que sabes que te miro?
¿O acaso es que la luz
que yo percibo en ti
es aparente y poca?

¿Qué compuertas impiden
que se abra tu corazón
y que tu piel se empape?

Tus ojos dicen sí, permite
que tus labios se enciendan y me besen.

Del libro “Amores colaterales”

Mariano Estrada http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
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lunes, 24 de enero de 2011

Pasión

Foto tomada de internet sin ánimo de lucro


Ver PPS de Mar:
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Pasión

Te quiero pasional hasta el delirio,
hasta que el último
resuello de la bestia
se vuelva resignada mansedumbre.

Así, consciente de que
el límite del fuego es un rescoldo
donde ya no hay pasión sino ternura
en estado de gran felicidad,
me instalo en las caricias y deseo
que no se acabe nunca el magnetismo
de este fuego sin llama.

Y te cubro de seda hasta que
el peso de mis manos
estimule los potros de tu piel
y de nuevo la bestia nos exalte.

Y nada más, amar...

Amar hasta el desmayo,
hasta la muerte lenta del deseo,
hasta vaciar el corazón
del inclemente peso de la sangre.

Del libro “Amores colaterales”

Mariano Estrada http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
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sábado, 22 de enero de 2011

Puede ser

Rosa, Hotel Montiboli, primeros años ochenta

Ver el PPS de Mar:
http://cid-b9547652472c3167.office.live.com/self.aspx/.Documents/Mar%5E_PuedeSer.pps


Puede ser

Puede ser que el recuerdo
desvirtúe la realidad
y que además la modifique
en beneficio propio.

Es posible, por tanto,
que no seas tan bella
como apareces en el centro
de mi imaginación,
tercamente convulsa.

Puede ser que no tengas
un glosario de muertes en tus curvas
ni una hueste de imanes
concitando mil gatos en tus pechos.

En fin,
puede ser que tu cuerpo,
aun siendo una manzana newtoniana,
no tenga el atractivo
de la Gravitación Universal.

O sí, quién sabe.

Lo que es indiscutible
es que hay un hombre como yo
que, adicto a la belleza,
no ha logrado jamás
desvincularte de sus sueños.

Ni va a lograrlo ahora porque
sigue soñándote con una
nocturnidad actualizada
y con una creciente alevosía.

Del libro "Amores colaterales"

Mariano Estrada http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
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Poemas recreados: http://groups.google.com/group/paisajes-literarios

martes, 18 de enero de 2011

Separaciones

Rosa y Mariano, Benidorm, hotel Cimbel, septiembre de 1975

Ver PPS de Mar:


Separaciones

Diz que las rupturas o disoluciones matrimoniales ya casi alcanzan a tres de cada cuatro.

Vamos a ver cómo explico yo esta cosa tan fácil: si se casan cuatro y se separan tres, queda uno casado, ¿no? Pero uno solo es lo que se dice un soltero, de modo que vamos a hacer sonar la música de otra manera. Lo que quiero decir en realidad es que, de cada cuatro parejas que se casan, se separan tres. O sea, que queda una casada, que son dos. Y dos ya pueden seguir estando casados, si ésa es su santa voluntad, como es obvio.

De lo dicho se pudiera colegir, sin embargo, que una sola pareja casada, o sea, dos personas, va a encontrarse muy sola y aburrirse cantidad en las largas noches de invierno, cuando esto no es así exactamente, por lo que voy a intentar explicarme de otro modo.

La equivalencia real es ésta: de cada cien matrimonios que se contraen, hacen aguas setenta y cinco, que es lo mismo que tres, y se mantienen veinticinco, que es lo mismo que uno. La diferencia estriba en que si uno son dos, veinticinco son cincuenta. Y esto ya empieza a ser otra cosa, porque cincuenta son legión, dan para hacer una guerra a tomatazos y nadie puede decir ya que se aburre.

Este dato me ha llamado mucho la atención porque hace poco más de dos años el porcentaje de disoluciones que yo manejaba en un poema era del sesenta por ciento. Es decir, dos escasos de cada tres. En un bienio ha subido un quince, que es la niña bonita ¿Tal vez la niña bonita de Rajoy?

En unos años más, el setenta y cinco y el cien podrán darse la mano a medio camino, y entonces andaremos en el ochenta y siete y medio. Ya sé que ese medio no se entiende muy bien, porque podría querer decir que una pareja tiene un miembro de cada parte. Ella permanecerá perfectamente casada, como la dejó Fray Luís de León hace ya un rato, y él se irá de culo a la soltería. O al revés. No sé si me explico.

Lo que me preocupa de verdad es lo que puede pasar el día en que el porcentaje de disoluciones pille al porcentaje de matrimonios. Y no porque no quede ninguna pareja en pie, para dar testimonio a las generaciones venideras, sino porque el porcentaje de las rupturas, acostumbrado a crecer, no va a conformarse con la paridad, que será realmente un estancamiento. Y a lo mejor hay que hacer un banco de matrimonios a cuenta, de manera que los porcentajes puedan tomar las rupturas en préstamo ¿Que esto ya es pura fantasía? Bueno, antes tampoco se comprendían los préstamos en moneda corriente. Y ahí estamos, disfrutando de un dinero que no tenemos y pagando en un futuro del que nadie va a saber si vendrá ¿O no puede imaginarse una sociedad en la que las rupturas sean acreedoras de los matrimonios que tengan que venir? ¿Ein, tíos? Es sólo otra forma de las hipotecas.

Coda: antes, todo el mundo sabía lo que eran las separaciones: tú te vas por un lado y yo me voy por otro. Ahora las separaciones vienen a ser las rupturas menos los divorcios. O sea, el pi minus erre al que se refería Gabriel y Galán, poeta extremeño-castellano del que tengo la sospecha de que nos hemos divorciado los solteros, los casados y los que podíamos llamar separatistas.

Queda claro, por tanto, que las separaciones del poema no son las separaciones del artículo, sino las rupturas o disoluciones. Pero entiendo perfectamente que no se me entienda, aunque creo que se me entiende muy bien.

Un abrazo

Separaciones

Cuando amamos de cerca,
somos parte del sueño
que intentamos forjar.
Cuando amamos de lejos recreamos
los sueños anteriores
a la airada expulsión del Paraíso.

Y aunque somos un barro soñador
que tiende a aproximarse,
una proximidad desaforada
a menudo es preludio
de la desilusión, tal vez
de la discordia y de la hartura.

La distancia, que suele ser
abono del olvido,
en ciertas ocasiones
(misticismo, sublimación,
romanticismo, culto)
concita el interés en beneficio
del capital que, prodigiosamente,
se multiplica con el tiempo.
(¿Alegoría? No, recuerdo
gozoso de la banca).

Así, si por estar
enamorados pretendemos
un amor para siempre,
acaso nos convenga
no juntarnos jamás.

Con ello nos zafamos de las crudas
estadísticas de separación,
donde el mayor de los amores
ya tiene adjudicada una advertencia
del sesenta por ciento.

La alternativa del suicidio
- como reminiscencia
mitológica del pasado-
es una solución contraindicada
en los manuales conocidos sobre
la relación actual de la pareja,
que es carne de divorcio
- como ha quedado escrito-
pero también de sucesivos
matrimonios, junturas
y otras formas de unión o adosamiento.

Lo que importa es amar.
¡Qué más da si los cuerpos, con sus almas,
son de pésima mano!

Del libro “Amores colaterales”

Mariano Estrada, http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
Blog http://paisajes.blogcindario.com/

sábado, 15 de enero de 2011

Belleza

Fotografía de Fernando Medrano


Belleza

Reconozco que se llega a una edad en la que todas las cosas que cuentas tienen idéntico principio: “un lejano día…”. Pues bien, dejemos que las aguas discurran por sus cauces y digamos una vez más:

Hace mucho tiempo, estando entre amigos de los que ya no esperas grandes sorpresas, una mujer muy querida hizo la siguiente declaración:
-Mariano, tú le pegas a todo.
-Mujer, dicho así…Pero no creas: porros no fumo, alcohol no bebo, coca no esnifo… -respondí yo, un tanto socarronamente, añadiendo-. No le pego a las damas ni al parchís, no le pego a los hijos, no le pego al balón (en esa época no, sí antes y después)… Por no pegar, ya no pego carteles en las paredes ni sellos a las cartas…
-Si llegas a ser más ganso, no naces, hijo mío, parece mentira lo tonto que puedes llegar a ser…
- Y eso que no sabes que estuve muy cerca de ser fraile y que antes fui monaguillo, que jugué un partido de fútbol con los juveniles del Rayo Vallecano, que canté folkore ruso en una coral de Madrid, que hice de “contable” en un mesón sin tener ni pajolera de contabilidad, que fui profesor de gitanos en las chabolas de Nazaret, que he manejado una guillotina real, por más que fuera en la imprenta de un conocido falangista, que he currado de delineante para un famoso arquitecto dominico, que obtuve una magnífica beca de estudios a la que no tenía derecho… ¿A qué te refieres concretamente?
-¿De verdad has hecho todas esas cosas? Pues nadie lo diría, hijo mío, mirándote… Hasta da la impresión de que no te fijas en nada y que te da lo mismo ocho que ochenta. Pero yo me refiero a la literatura, y digo que le pegas lo mismo a la poesía que a la prosa. Y dentro de la poesía, tanto te da un soneto como una soleá, por no hablar del romance o del verso libre…Eso sí, la pega que yo te pongo es que lo supeditas todo a la estética. Todo muy pulidín, todo muy lírico. Y digo yo, ¿no puedes ser un poco más verbenero, más prosaico, más funcional, no sé, acercarte más al lenguaje de uso que al académico, más a la impureza de la gente que a la perfección de las estatuas, más al tronco del árbol que a las flores? Es que, hijo mío, a veces te andas un tanto por las ramas.
-Como el Barón rampante que soy, querida mía ¿No sabes que yo he corrido por las ramas de un roble?
-No, pero no me extraña nada, con lo peludo que eres…
-Y lo que es peor, a veces he dado con los huesos en el suelo. Claro que hay árboles de los que no te puedes fiar, por ejemplo: las higueras. Recordarás muy bien que la higuera es un árbol maldito…Y yo añado: y de madera frágil, muy frágil.
-Ya estamos. También le pegas mucho a las tonterías…No se puede contigo, ¿por qué no hablas en serio alguna vez? Te has ido completamente del tema
-O sea, que he caído en las garras de Ana Coluto
-¿Qué?
-Que a esa figura se le llama anacoluto, pero da igual como la llames porque no atiende a razones…
-¿Ves? Contigo es imposible, hijo mío… No, ahora no me hagas carantoñas ni ñoñerías. Te lo digo completamente en serio, ¿sabes? Eres un petardo.
-Eso es cierto, ya ves, pero tengo la pólvora mojada ¿Cómo la tienes tú, piedra pequeña? Lo que no sé es por qué te empeñas en llamarme hijo tuyo, yo creía que estabas enamorada de mí, pero si eres mi madre… Claro que quien hace incesto hace ciento…

De aquella conversación, que no fue exactamente la que acabáis de leer ahora mismo, sino otra que pudo no ser ni parecida, nació el poema que voy a dejar aquí “colgao”, que es como decían en otros tiempos que los gitanos querían ver a la Guardia Civil. No hay ni que decir que el poema es un tanto superficial. Y tonto, más o menos como la conversación.

Coda: A propósito del último párrafo, en un poema llamado “También probé el amor” del libro “Desde la flor del almendro”, yo llamé “perigonio verde” a la pareja de la Guardia Civil. Lo insólito es que el editor se percatara, como efectivamente lo hizo.

Transcribo el pasaje, que tal vez ayude a entender lo que quería transmitir mi interlocutora, matando así dos pájaros de un tiro (nada más fácil para quien anda mucho en las ramas):

“…Amado en el amor y consentido amante,
entre salvias, genistas y torviscos,
rociado por espumas de vilano y
ausente en realidad
de otra estadía que la gloria,
ni siquiera advertí que me espiaban
-impunes y morbosos-, los ojos de
dos cuervos disfrazados de Civiles.

De pronto se hizo verbo el perigonio verde,
mas ya volvía yo de los hortales
fecundos de la gleba”

Y ahora sí, el poema de marras:

Fotografía de Fernando Medrano



Belleza

Hurtar belleza a la vida
en nombre de un cacareo
funcional,
si acaso no es criminal,
no es justamente una honra.

Es una herida
bien honda,
una eclosión, una bomba,
un jarro de agua, un baldeo.

El bienestar a la sombra
de lo feo,
ni es bienestar
ni se nombra,
creo.

Es pernicioso y nefando.

Quien ha firmado ese bando
con no poca ligereza,
le ha quitado al corazón
la sutileza,
el ritmo a la pulsación,
la altura al monte,
la utopía al horizonte
y la esperanza al que reza

Hurtar belleza a la vida
no puede dar más comida
ni justeza.
Sí puede dar ocasión
para que medre el ramplón
y el que bosteza.

Mariano Estrada http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
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jueves, 13 de enero de 2011

Cogito, ergo sum. O la duda metódica

René Descartes. Tomado de internet sin ánimo de lucro


Cogito, ergo sum. O la duda metódica

El criterio de autoridad mantuvo al silogismo de pie durante veinte siglos. Gracias a él se pudo sostener sin socavones el llamado “criterio de verdad”, con el cual se confundía. En la Edad Media, cuando alguna controversia se extremaba, al defensor de lo establecido le bastaba dejar caer con más o menos énfasis: “lo dijo Aristóteles” o “eso es lo que dice la Biblia”, para zanjar inmediatamente el asunto. El cuerpo de doctrina pagano armonizaba muy bien con las creencias de la tradición cristiana y los principios generales (premisa mayor, método deductivo) se alcanzaban por la fe o quedaban avalados por la autoridad de Aristóteles o de la Iglesia ¿Quién iba a osar tocallos?

Tuvo que pasar mucho tiempo para que alguien empezara a ponerlos en duda, cosa que no ocurrió hasta principios del siglo XVII, cuando un gran filósofo llamado Francis Bacon estableció el criterio empírico (método inductivo, experiencia sensible) como criterio de verdad, y otro gran filósofo, René Descartes, apoyado en la solidez, certeza y evidencia de las verdades matemáticas, estableció el criterio de evidencia racional (claridad y distinción), en el que iba a apoyarse toda la filosofía cartesiana, llamada también racionalista.

En un primer paso, Descartes empezó a dudar de las ciencias entonces existentes (todas ellas compuestas), salvo de las matemáticas, hasta llegar a las naturalezas simples elementales: cuerpo, extensión, figura, magnitud y número. Pero estaba el escollo de Dios, que era todopoderoso y bien podía hacer que los humanos viéramos blanco donde sólo había negro, es decir, que bien podía engañarnos en cosas que nos parecían evidentes. Claro que, si Dios era bondad suma y principio de toda verdad, ¿cómo iba a hacer algo así? Entonces se sacó de la manga al famoso geniecillo maligno, cuyo poder sobre nosotros, unido a la maldad intrínseca que le confirió, le sirvió a Descartes para dudar -ya sí- absolutamente de todo.

Y cuando el escepticismo era completo, se encontró con que había algo de lo que no podía dudar, y ese algo era su pensamiento: “Pienso, luego soy”. (Soy como ser pensante, no como cuerpo con brazos y piernas y barriga). Un principio general irrefutable y absoluto, que era precisamente lo que él andaba buscando. Toda la filosofía idealista moderna se apoya en esta proposición, alcanzada, como hemos visto, por el procedimiento que conocemos como duda metódica.

Nota: recordarle estas cosas a un filósofo es como recordarle a un matemático el triángulo de Tartaglia, pero esto no está escrito para filósofos, sino, precisamente, para todos aquellos que andan muy peces en filosofía. Al fin y al cabo, lo que a mí me interesaba al escribirlo es que los peces llegaran al cogito con la lección aprendida

Un abrazo


Cogito, ergo sum. O la duda metódica

Descartes, con su duda, puso a prueba
la espléndida sapiencia del pasado.
Llenó de tachaduras el legado
e hizo en el borrón la cuenta nueva.

Dudó del corazón, de Adán y Eva,
de Ulfilas, de Platón, del vino aguado.
Y puso en el montón lo más sagrado:
Espacio y aire y fuego y agua y gleba.

Mas fue la misma duda, su manceba,
aquella que, extremando en lo dudado,
le hizo proferir: “pensar me es dado”.

“Existo” –concluyó-, “como lo aprueba
el no poder dudar de lo sobrado.
De aquí vendrá la luz: estoy preñado”.


Del libro “Vientos de soledad” (1984)

Mariano Estrada http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
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martes, 11 de enero de 2011

Dos estados del alba

Foto tomada de internet sin ánimo de lucro


Ver PPS de Mar:


Dos estados del alba

Para Lidia

1

Amanece con plomo
en las paredes de la intimidad,
donde hoy habita el hielo.
También el día es triste
en los espacios
helados de la casa.
La grama del jardín
se ha agostado en los picos
cortantes del termómetro.
Las plantas gimotean, en silencio,
una tristeza persistente
y mis ojos no encuentran en el mar
el bálsamo que el alma necesita.

Quisiera estar dormido, nuevamente,
y sólo despertar cuando pudiera
volver a contemplarte.


2

Despunta la mañana
con un beso de luz y de dulzura.
El día ofrece al sol
un horizonte rojo
de fuego y de belleza
y en mi frente se posa la caricia
de un aliento dormido.
El rocío embellece
la hierba del jardín
y las hojas tupidas de las plantas.
Los reflejos del sol,
sobre la extensa
llanura del Mediterráneo,
se meten en mis ojos
como un asedio múltiple de espejos.

Espejos que desvío hacia tu rostro
para mirarte con delectación
y penetrar tu alma.

Del libro Las orillas del mar

Mariano Estrada http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
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domingo, 9 de enero de 2011

La angustia

Cuadro de David Alfaro Siqueiros. Tomado de internet sin ánimo de lucro

No hablamos aquí de las teorías freudianas sobre la angustia ni tampoco del concepto de la angustia desarrollado por Kierkegaard. La angustia de nuestro tiempo es el estado de ansiedad o de miedo en el que viven muchas personas esperando  a que lleguen sus hijos adolescentes o jóvenes a altas horas de la mañana.


La angustia

1

Son las siete de la mañana
del día 3 de agosto
del dos mil ocho.
Domingo, por añadidura
y todavía virgen.

¿A quién le importa esto?
Seguramente a nadie, por inocuo.

Zurea una paloma en los alrededores
proclamando, tal vez,
la salida del sol.

Es la hora en que el sueño
se estrella en las gargantas
incontinentes de los gallos
y en los chisporroteos
crecientes de la aurora.

Es obvio que hay lugares
donde el amanecer
se viste todavía
con un traje de noche, pero insisto:
¿A quién le importa esto?
A nadie, por elemental
carencia de interés.

A la gente le importan otras cosas,
por ejemplo: que al despuntar el día,
todo huela a café y a mermelada.
Que el frigorífico reviente
de bienestar acumulado
y renovable.
Que el coche nos espere
en el aparcamiento
con dos litros de más,
por si hay que ir al mercado o a la playa.

¿Que además amanece con dulzura?
Bendito sea Dios, benditos sean
los zureos de todas las palomas
del mundo y que amanezca en paz

En paz, repito,
porque la noche de los sábados
acaba con frecuencia al mediodía
de los domingos.
Y a estas horas hay ojos
que nadan en alcohol,
mientras el genio de la sociedad
y los predicadores de todas las iglesias
-política incluida-
habitan las profundidades
sordomudas del desentendimiento.

Por lo que cabe preguntar:
¿Le preocupan a alguien estas cosas?

Y, más concretamente:
¿A quién le importa
la nieve que esta noche
ha caído en el monte
de la respiración,
que es la ingente nariz
de la conciencia satisfecha?
Es verdad que son muchos
los que sufren por ello, pero al gato
nadie le pone el cascabel…


2

Sale el sol por el frente,
levantando en su entorno
una nube de fuego y de belleza
¿Vale decir que me impresiona?
De acuerdo, me impresiona.

Menos mal que la luz
le da otra vez al mar sus horizontes
y la mierda se va a las cañerías.

Borges diría que “de nuevo
el mundo se ha salvado”,
pero los técnicos anotan,
en los análisis meticulosos
de las alcantarillas,
el avance de nuestra larga
enfermedad.

No obstante,
cualquier amanecer
es digno de celebración
si, cuando el gallo canta,
no lo hace sólo en Zaragoza,
sino también en las arterias
de los desiertos, en las charcas
del mapa universal
y en los bolsillos inconsútiles
de los desnudos
por falta de justicia.

La noche se ha gastado
en artificios, pero yo pregunto:
¿A quién le importa esto,
pregonero del alba?
A nadie,
salvo a aquellos que,
un día y otro día,
entre espinas de amor
y llantos de impotencia,
han sentido en la sangre
el borboteo amargo de la angustia.

Mariano Estrada http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
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jueves, 6 de enero de 2011

La vaca de Severiana

                               Foto tomada de internet sin ánimo de lucro


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La vaca de Severiana

Como era de esperar, la Navidad había venido con nieve, mucha nieve, tanta que las casas con fachadas a barlovento amanecieron con las puertas cegadas. La estampa era hermosa. El manto que cubría las calles, en sus puntos más gruesos, ganaba en altura a los perros y a las ovejas, e incluso a ciertos niños de 6 ó 7 años a los que la malicia no dejaba crecer. ¿Sería cierto aquello de que la malicia no deja crecer a los niños?
-¿Eh, papá? –preguntó Isidro- ¿Es verdad eso que dicen de la malicia?
-Puede ser, hijo, puede ser –respondió Juan, su padre, y en su respuesta iba un aderezo de sorna- Ya sabes que “cuando el río suena...”
-Sí, y también sé que cuando llueve hay barro. Pero tú ¿qué dices, eh? ¿Te parezco yo pequeño para mi edad?
-¿Pequeño, tú? ¡Nooo! Una vaca tendría que cagar dos veces para taparte...
Con semejante nevada ante sus ojos, la gente no sabía qué hacer ni para dónde tirar, pero el Alcalde, en un concejo de urgencia al que los hombres acudieron con picos y las mujeres con palas, o al revés, no sé, pero todos ellos armados de voluntad y, por supuesto, pletóricos de musculatura, mandó llenar el pueblo de un tinglado de zanjas que a los niños les resultaban divertidas. Hartos de batallas campales o de hacer horribles muñecos, la ocasión era excelente para jugar al “escondite, lerite, tranliré, móquili-móquili, zis-zás, tú salvadito estás”. Y ello fue así hasta que se puso delante la vaca de Severiana.
-¿La que se tira? –preguntó Jacinto, Herrero de apellido y de profesión, gracias a la fragua que, por mitad, le habían dejado sus padres.
-La que se tira o la que se cae –respondió Tiburcio, quien gozaba de las mismas herrerías y era un poco mayor-. Porque has de saber, Jacinto, que en este otoño último se le cayó al pozo ella sola.
-Al pozo van los gatos de agosto, pero no van solos. Uno cae del burro o del tejado por accidente, no por voluntad. Las hojas caen del árbol a su tiempo, también la fruta madura. Cae la lluvia y la nieve y el granizo... Cayó Jesús, cayó el Imperio Romano.... Caer no está en la intención, Tiburcio, y yo te digo: esa vaca embiste...
Disquisiciones aparte, lo cierto es que la vaca apareció de repente por el carril y los muchachos, cogidos por sorpresa, no veían refugio donde meterse. Algunos de ellos eran tan pequeños que andaban casi en pañales.
-¡Ese niño! ¡Ese niño!... –gritaron varias voces mayores desde sus respectivas atalayas.
Pero el niño no se inmutó. La vaca le pasó por encima sin hacerle un solo rasguño y, con aire suficiente y majestuoso, se dirigió hacia el centro de la Plaza de Matalera, que también era el centro de aquel improvisado laberinto de nieve. Allí clavó sus patas en un quietismo extraño y, de este modo, los vecinos agolpados en los alrededores pudieron ver erigida la estatua que algunos no dejaban de reclamar y el Alcalde no acababa de conceder. “Por mis huevos de Alcalde, que son equilibrados y comprensivos, ¿para qué querrán una estatua estos mamones, habiendo como hay necesidad?”.
Nevaba en los horizontes de Muelas. Los copos se depositaban mansamente sobre la ancha piel del cuadrúpedo, cuyo pelo era rubio y bermejo. Nevaba en los castaños y en el tilo, en las acacias y en los aleros, pero ahí nevaba ya sobre nevado. Nevaba también en las espaldas de los concurrentes y en las sufridas orejas de los que, teniendo puesta la boina, no la tenían calada hasta las amígdalas.
La vaca seguía en sus quietudes, tal vez en sus profundos nirvanas.
-¡El Minotauro! –gritó Fernando, un diletante que, por razones no indagadas, pasaba las Navidades en Muelas. Se trataba de un ingeniero de Zamora que tenía en común con su mujer una barriga de imposibles cinturones, anchas vestimentas y muy flexibles tirantes. No tenían hijos. Se decía que los médicos no les daban explicación, y esa explicación que no les daban los médicos se aceptaba en el pueblo como causa de no poder tener hijos, sin meterse en mayores honduras. Pero los niños tenían un porqué de verdad:
-Hombre, porque con esa barriga no le llega, ¿por qué otra cosa va a ser?
Y creían saber el remedio:
-Coño, con ponerse atravesados...
En lo tocante a la vaca, nadie acertaba la razón por la que había llegado al baile ella sola. ¿De dónde había salido?
-De Creta –insistió Fernando, y miraba intensamente al Alcalde.
-Que no decreto, hombre, que no decreto –dijo éste- El presupuesto no da para estatuas y mucho menos con artificios y cinceladuras.
-Decreto yo por ti, Alcalde –replicó Juan- Y decreto de este modo: si los de Cuenca son cuencos, como parece, los de Creta han de ser cretos por necesidad, o al menos por derivación o por lógica, pero puede que la excepción haya hecho que algunos sean simplemente cretinos. Ésta no es Minotauro, don Fernando, bien se ve, ésta es una vaca “marela” que al sacar el hocico a la nieve le ha dado un pasmo de congelación...
-No es “marela”, Juan, sino “bretona” –dijo el mayor de los Herreros.
-¿Y no será la Bruja Dolores? –medió Jacinto, su hermano y socio, que seguía de cerca la tertulia- La melena que tiene es una mata florida y el rabo un espeluzno con tirabuzones...
-Entonces no hay más que hablar –sentenció Fernando- Es el Minotauro vestido de Piconera.
Se hizo un breve silencio, durante el cual, la cordura de los presentes miraba hacia la extraña chaveta de Fernando, que algunos creían atolondrada: “Panza tienes mucha, mamón, pero el exceso lo llevas en el cacumen. Si tuvieras algo que hacer...”. A Jacinto, en cambio, todo el mundo le perdonaba las ocurrencias y las sandeces, porque, siendo éstas claras y distintas, eran parte inexcusable del acervo corriente de los vecinos. Las de Fernando eran cábalas oscuras que, siendo de difícil comprensión, no hallaban encaje ni acomodo dentro de la tradición aborigen.
-¿Y tú que ves, chaval? –le preguntó a Isidro una voz de mayor que, procedente de una retaguardia en altura, resultó ser la de un tal José Antonio, primo de la familia.
-Yo veo una montaña nevada –contestó Isidro, al tiempo que se rascaba una falange amenazada de sabañón.
-Ya, y yo soy Franco, no te amuela...
-No, tú eres José Antonio, que te conozco. Y también conozco a Franco, que tiene un comercio de ultramarinos enfrente de mi casa. Y se llama Francisco. Y tiene bolas de anís.
Lentamente, el cielo se iba abriendo e iba entrando la luz. En la plaza se instaló una blancura inmarcesible cuya intensidad hacía daño en los ojos. La gente empezó a desfilar con parsimonia y hasta la vaca tomó de nuevo el carril para dirigirse mansamente a la cuadra, donde, si no el calor de un hogar, tenía el de la paja menuda. Y también tenía el pienso, que, tal como expuso Descartes en su día, es la confirmación “in extremis” de la existencia.
El narrador es consciente de que ha dicho a la cuadra y tal vez hubiera debido decir al establo ¿Por qué? Porque hay algunos países en los que, aun siendo del entorno de nuestro idioma, una misma palabra puede tener significados diferentes, induciendo a confusión, como puede verse en este texto de Borges: “Lento el andar, en la posesión de la espera, llego a la cuadra y a la casa y a la sincera puerta que busco”. No obstante, en los pueblos de La Carballeda zamorana, el establo se asocia mayormente con el Portal de Belén y, éste, debido a sus connotaciones ecuménicas y religiosas, ha gozado siempre de la consideración de impoluto, algo que evidentemente no trasmite la cuadra. Por otra parte, es cierto que la cuadra tiene un nombre menor: la corte, pero todo el mundo dice que la corte está en Madrid y que de tales identidades nominativas sólo pueden salir inconveniencias y mancillamientos, dados los agravios de contenido.
-A ver si te embiste el Minotauro, Fernando, que tú no pasas desapercibido y el laberinto tiene los carriles estrechos.
-Más los tiene la vida, Juan, y, de una forma o de otra, por la vida vamos airosos. Además, ya se ha roto el hechizo y el que antes fue Minotauro ahora es sólo una vaca.
-Nada es del todo lo que parece –arguyó Juan con una cierta ironía-, pero, por más que las cosas descarrilen, todo vuelve a su esencia primigenia. La nieve se licuará y el laberinto será tierra de nuevo. Eso sí, tierra mojada. La tierra se hará barro y el barro se hará polvo. De manera que en el polvo confluiremos, allá por el verano, porque en verano volvéis, ¿no?, calculo... Y, mira, cuando el verano se agoste, confluiremos en el polvo de la eternidad, que es ceniza y es frío...
Durante unos instantes, la vaca de Severiana fue una estatua de nieve y de belleza. La de Eleuterio había sido en su día un modelo de canto y de fornicación. Si las vacas de la India embistieran no podrían ir sueltas por las ciudades, sorteando los automóviles, engullendo los lotos de los jardines, sacralizando sus rumios bajo una estatua de Buda o de Vishnú. La vaca de Severiana era un poco toruna en las maneras, pero no fue nunca machorra. Parió varios terneros en su larga vida. El último le vino atravesado y... ¡Bendito sea Dios!: se los llevó la parca. Pero eso fue más tarde, en los tiempos de la prosperidad, en los que Isidro había salido del pueblo para hacerse un hombre.

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lunes, 3 de enero de 2011

La realidad difusa

Foto tomada de internet sin ánimo de lucro


La realidad difusa

¿Que me importa saber
que el corazón es subjetivo?
Si no te alumbra a ti
la claridad es vana.

También la poesía.

La mañana es de luz, pero mis ojos
te buscan en la sombra,
donde sólo amanece la tristeza.

El mar tiene un color
de realidad difusa.
Y ése es el tono de la vida
que, apagada y distante,
se extiende como fondo
de la pasión intensa del espíritu.

Nada pueden mis ojos
sino ingerir con amargura
esta evidencia triste y desolada.

¿Qué me importa saber
que la mañana es esplendente?
Si no te envuelve a ti
la claridad es ilusoria.

También la poesía.

El horizonte es ciego,
los ojos descreídos,
y la razón espesa.

El resultado es contumaz:
oscuridad y bruma.

Pongo la vista en el papel,
pero el papel, en sí,
es una malva blanca.

El mundo es irreal
y todo palidece frente a ti.
Incluido el dolor
que de repente cesa.

¿Por qué? ¿Qué ocurre?
Me toco, casi no me siento,
me miro con horror
y recupero el llanto.
En él me desahogo y la tristeza
vuelve a ser digerible.

Sonrío levemente.

Y con esa sonrisa rescatada
irrumpo en el jardín
donde me sirvo un desayuno
de claridad.
¡Qué blanca!
Oh, sí, qué blanca, pero,
si no te envuelve a ti,
la claridad es mísera y oscura.

También la poesía.

Me siento bien, no obstante,
sobrevolando muellemente
los lugares hermosos
de la lejana plenitud,
que hace tiempo perdimos.

Y no renuncio a ti, sino que espero,
varado en esta sombra,
recuperar la luz, para que el mundo
recupere a su vez la poesía.

Del libro "Poemas huérfanos"

Mariano Estrada http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
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