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miércoles, 5 de junio de 2013

Campamento de milicias



Aunque la historia que cuento tiene su desarrollo en Talarn, Lérida, donde hice el primer campamento de milicias, la foto corresponde al 2º campamento, que lo hice en Fuencarral, Madrid, en la Escuela de Arillería. Yo estoy sentado en el puesto que me tocaba desempeñar en el cañón cuando disparábamos: la mira. Pocas veces lo hicimos.

Campamento de milicias. La llegada

Talarn, Lérida, junio de 1971

He pasado muchos años llamando “Padre” a más curas de los que pudieran ser mis progenitores, como para pasarme desapercibida una conversación celebrada –si así puede decirse- entre un sargento chusquero del Ejército de España y un soldado en ciernes, como todos los que estábamos con él, el día mismo en que nos llevaron al campamento para empezar las milicias como excedentes de cupo.
En realidad, el muchacho se había dirigido al sargento ignorando la graduación que ostentaba:
- Oiga…
- ¿Oiga? ¿Cómo que oiga? ¿No sabes cómo se llama esto? –contestó el aludido, señalando orgulloso a sus hombreras-
- Pues, no ¿Cómo se llama?
- Mi sargento.
- ¡Ah!
- ¡Ah, mi sargento! ¿Tienes ganas de juerga? Esto se llama galones ¡Ga-lo-nes! ¿Entendido?
- Sí, entendido
- ¡Entendido, mi sargento! ¿De dónde sales tú, eres idiota? A ver, repite conmigo: ¡Mi-sar-gen-to!
- ¡Mi-sar-gen-to!


Hay que decir que aún no habíamos recibido formación castrense ninguna. Acabábamos de llegar al Campamento General Martín Alonso, en Talarn (Lérida), muy cerquita de Tremp. Era el uno de julio de 1971. El viaje, realizado en un convoy militar, había sido largo y tedioso. Cuando entramos al campamento íbamos de acá para allá, pero no sabíamos adónde; nos mandaban esperar, pero no sabíamos qué. Así estábamos, cansados por el viaje y por las largas esperas, cuando se produjo la situación referida. El futuro soldado, mi compañero, ignoraba no sólo los distintivos que el sargento lucía en los hombros, sino todas las graduaciones de la escala militar, que son muchas, y el trato que había que dispensar a los jefes.
Ni que decir tiene que el muchacho se había dirigido al sargento por alguna razón determinada, no por el gusto de cruzar con él un puñado fortuito de frases. Volvió, pues, a la carga:
- Oiga, mi… mi sargento…
- ¿Sí? –contestó éste con aire displicente.
- ¿Puedo ir al servicio?
- ¿Al servicio? ¡Ja! Querrás decir a las letrinas.
- Eso, mi sargento, a las letrinas.
- Denegado, siéntate.

¡Vaya! Aquello me produjo admiración. ¿Por qué había de sentarse? ¿Y dónde? Ojalá hubiera sido posible. Hasta el momento, la mayoría estábamos de pie, pocos habían tenido la oportunidad de encontrar acomodo. Además, ¿por qué se le negaba el permiso para una necesidad que se debe suponer imperiosa? Todas estas preguntas se reflejaban no sólo en mi cara y en la del compañero, sino en la de todos. No obstante, y a pesar de su expresión bobalicona, el muchacho no creyó necesario sentarse, puesto que no se sentó. Digamos que había interpretado la orden como si hubiera sido un desliz de quien la daba: una especie de inercia o automatismo como consecuencia, quizás, de la costumbre. El que esta interpretación no coincidía con la realidad, pronto lo iba a demostrar el sargento:
-¿No te he dicho que te sientes, coño?
- Sí, mi sargento.
- ¡¿Y por qué no lo haceeeeeeeeeeeeees…?!

Hasta ese momento no nos habíamos dado cuenta de que el fuego empezaba a echar humo. El chaval echó una mirada a los poyos o muretes que bordeaban el pabellón –que es donde se habían sentado los listos-, con la idea de obedecer al sargento, pero éste ya había perdido del todo la paciencia:
-¡Siéntate aquí! ¡Aquíííííí…! ¡Aquí! –gritó encolerizado y señalando la tierra con el dedo.

Se hizo un silencio profundo, tenso, expectante, que sólo se vino a quebrar cuando el muchacho estuvo sentado. Porque al final se sentó, vaya que se sentó. . Y menos mal que el susto, aunque gordo, no lo había sido tanto como para que aquella necesidad imperiosa –para cuya satisfacción había solicitado permiso- le hubiera hecho cuerpo en los calzoncillos ¡Menuda plasta! Porque estaba claro que de sentarse no lo libraba ni Dios.
Este recibimiento, sin duda anormal, no sólo nos dejó acongojados –especialmente al protagonista-, sino que tenía todas las trazas de ser un negro presagio. Mal despuntaba la mili. Por lo pronto, tuvo la suficiente viveza como para quitarnos de encima la desgana: a partir de ese momento, las órdenes fueron mejor obedecidas, al menos con más solicitud, ya que no con más gusto.
-Vais al pabellón número 12, allí os dirán lo que tenéis que hacer. ¡Vamos, deprisa, deprisa! Y que nadie se desmande, ¿entendido? A ver, tú… Sí, ese, ese que va pisando huevos ¿Qué acabo yo de decir?
- Pues…
- ¡Silencio! Si sigues pisando huevos te voy a poner los tuyos de corbata.

Desde allí al pabellón número 12, nadie le dio la más leve oportunidad de desahogarse, si es que necesitaba desahogo, que no lo sé. A lo mejor era un tic, o una pose. Yo le fui observando con el rabillo del ojo y no dejó de sorprenderme que en su semblante, al menos a simple vista, no se reflejara ningún resto de enfado; es más, parecía estar contento. En el pabellón número 12, al parecer, iban a darnos la ropa. Con este propósito nos mandaron ponernos en fila; así lo hicimos, quedando yo de los últimos. Cuando quise percatarme, el sargento no estaba, de lo cual me alegré lo indecible; y aún me alegré más cuando, al día siguiente, comprobamos que no había sido destinado a la segunda compañía, que era la nuestra.
Cuando a mí me tocó recoger la indumentaria se habían acabado las tallas pequeñas, así que, como traje de faena, me dieron el mismo que al gigante de la compañía. Yo mido un metro sesenta y cinco, aproximadamente, es decir, unos treinta centímetros menos que los cabezas de fila. Huelga decir que las ropas me quedaban holgadas, tanto que yo podía bailar en ellas como un liviano fideo en la claridad de una sopa. Los bolsillos laterales del pantalón, que se debieran corresponder con el muslo, me caían de la rodilla hacia abajo y sus fondos volaban sobre las cañas de las botas. ¡Qué pinta, señor! ¡Qué ejército! Y como quiera que, de todas formas, eran los bolsillos más cómodos del traje, es fácil imaginar las veces que al cabo del día tenía que agacharme para coger el tabaco. Yo fumaba unas dos cajetillas diarias, pero eran muchos los desconsiderados que se acercaban pidiéndome fuego. ¡Fue-go! No sirvió de nada que intentara razonar mis protestas, recurriendo incluso al capitán:
- Mi capitán ¿Cómo voy a ponerme esta ropa?
- ¿Qué le pasa a esa ropa, soldado?
- Nada, mi capitán, que puedo nadar en ella.
- ¿Las botas te vienen bien?
- Las botas, sí, mi capitán.
- Pues asunto arreglado.
- Pero…
- No hay pero que valga: asunto arreglado.

Me las arreglé, pues, como pude y, entre otras cosas, le hice unos pliegues a la cintura del pantalón que, con el tiempo, se acabaron acostumbrando e iban solos al sitio. También me acostumbré a hacer instrucción con aquella carga pesada y, más que pesada, incómoda. ¡Un, os, es, aro, inco! Sí, ciertamente el asunto estaba arreglado.

Fragmento del libro "Campamento de milicias".

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

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