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martes, 15 de junio de 2010

La vaca de Severiana

Foto tomada de internet sin ánimo de lucro

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La vaca de Severiana



Como era de esperar, la Navidad había venido con nieve, mucha nieve, tanta que las casas con fachadas a barlovento amanecieron con las puertas cegadas. La estampa era hermosa. El manto que cubría las calles, en sus puntos más gruesos, ganaba en altura a los perros y a las ovejas, e incluso a ciertos niños de 6 ó 7 años a los que la malicia no dejaba crecer. ¿Sería cierto aquello de que la malicia no deja crecer a los niños?

- ¿Eh, papá? –preguntó Isidro- ¿Es verdad eso que dicen de la malicia?

- Puede ser, hijo, puede ser –respondió Juan, su padre, y en su respuesta iba un aderezo de sorna- Ya sabes que “cuando el río suena...”

- Sí, y también sé que cuando llueve hay barro. Pero tú ¿qué dices, eh? ¿Te parezco yo pequeño para mi edad?

- ¿Pequeño, tú? ¡Nooo! Una vaca tendría que cagar dos veces para taparte...

Con semejante nevada ante sus ojos, la gente no sabía qué hacer ni para dónde tirar, pero el Alcalde, en un concejo de urgencia al que los hombres acudieron con picos y las mujeres con palas, o al revés, no sé, pero todos ellos armados de voluntad y, por supuesto, pletóricos de musculatura, mandó llenar el pueblo de un tinglado de zanjas que a los niños les resultaban divertidas. Hartos de batallas campales o de hacer horribles muñecos, la ocasión era excelente para jugar al “escondite, lerite, tranliré, móquili-móquili, zis-zás, tú salvadito estás”. Y ello fue así hasta que se puso delante la vaca de Severiana.

- ¿La que se tira? –preguntó Jacinto, Herrero de apellido y de profesión, gracias a la fragua que, por mitad, le habían dejado sus padres.

- La que se tira o la que se cae –respondió Tiburcio, quien gozaba de las mismas herrerías y era un poco mayor-. Porque has de saber, Jacinto, que en este otoño último se le cayó al pozo ella sola.

- Al pozo van los gatos de agosto, pero no van solos. Uno cae del burro o del tejado por accidente, no por voluntad. Las hojas caen del árbol a su tiempo, también la fruta madura. Cae la lluvia y la nieve y el granizo... Cayó Jesús, cayó el Imperio Romano.... Caer no está en la intención, Tiburcio, y yo te digo: esa vaca embiste...

Disquisiciones aparte, lo cierto es que la vaca apareció de repente por el carril y los muchachos, cogidos por sorpresa, no veían refugio donde meterse. Algunos de ellos eran tan pequeños que andaban casi en pañales.

- ¡Ese niño! ¡Ese niño!... –gritaron varias voces mayores desde sus respectivas atalayas.

Pero el niño no se inmutó. La vaca le pasó por encima sin hacerle un solo rasguño y, con aire suficiente y majestuoso, se dirigió hacia el centro de la Plaza de Matalera, que también era el centro de aquel improvisado laberinto de nieve. Allí clavó sus patas en un quietismo extraño y, de este modo, los vecinos agolpados en los alrededores pudieron ver erigida la estatua que algunos no dejaban de reclamar y el Alcalde no acababa de conceder. “Por mis huevos de Alcalde, que son equilibrados y comprensivos, ¿para qué querrán una estatua estos mamones, habiendo como hay necesidad?”.

Nevaba en los horizontes de Muelas. Los copos se depositaban mansamente sobre la ancha piel del cuadrúpedo, cuyo pelo era rubio y bermejo. Nevaba en los castaños y en el tilo, en las acacias y en los aleros, pero ahí nevaba ya sobre nevado. Nevaba también en las espaldas de los concurrentes y en las sufridas orejas de los que, teniendo puesta la boina, no la tenían calada hasta las amígdalas.

La vaca seguía en sus quietudes, tal vez en sus profundos nirvanas.

- ¡El Minotauro! –gritó Fernando, un diletante que, por razones no indagadas, pasaba las Navidades en Muelas. Se trataba de un ingeniero de Zamora que tenía en común con su mujer una barriga de imposibles cinturones, anchas vestimentas y muy flexibles tirantes. No tenían hijos. Se decía que los médicos no les daban explicación, y esa explicación que no les daban los médicos se aceptaba en el pueblo como causa de no poder tener hijos, sin meterse en mayores honduras. Pero los niños tenían un porqué de verdad:

- Hombre, porque con esa barriga no le llega, ¿por qué otra cosa va a ser?

Y creían saber el remedio:

- Coño, con ponerse atravesados...

En lo tocante a la vaca, nadie acertaba la razón por la que había llegado al baile ella sola. ¿De dónde había salido?

- De Creta –insistió Fernando, y miraba intensamente al Alcalde.

- Que no decreto, hombre, que no decreto –dijo éste- El presupuesto no da para estatuas y mucho menos con artificios y cinceladuras.

- Decreto yo por ti, Alcalde –replicó Juan- Y decreto de este modo: si los de Cuenca son cuencos, como parece, los de Creta han de ser cretos por necesidad, o al menos por derivación o por lógica, pero puede que la excepción haya hecho que algunos sean simplemente cretinos. Ésta no es Minotauro, don Fernando, bien se ve, ésta es una vaca “marela” que al sacar el hocico a la nieve le ha dado un pasmo de congelación...

- No es “marela”, Juan, sino “bretona” –dijo el mayor de los Herreros.

- ¿Y no será la Bruja Dolores? –medió Jacinto, su hermano y socio, que seguía de cerca la tertulia- La melena que tiene es una mata florida y el rabo un espeluzno con tirabuzones...

- Entonces no hay más que hablar –sentenció Fernando- Es el Minotauro vestido de Piconera.

Se hizo un breve silencio, durante el cual, la cordura de los presentes miraba hacia la extraña chaveta de Fernando, que algunos creían atolondrada: “Panza tienes mucha, mamón, pero el exceso lo llevas en el cacumen. Si tuvieras algo que hacer...”. A Jacinto, en cambio, todo el mundo le perdonaba las ocurrencias y las sandeces, porque, siendo éstas claras y distintas, eran parte inexcusable del acervo corriente de los vecinos. Las de Fernando eran cábalas oscuras que, siendo de difícil comprensión, no hallaban encaje ni acomodo dentro de la tradición aborigen.

- ¿Y tú que ves, chaval? –le preguntó a Isidro una voz de mayor que, procedente de una retaguardia en altura, resultó ser la de un tal José Antonio, primo de la familia.

- Yo veo una montaña nevada –contestó Isidro, al tiempo que se rascaba una falange amenazada de sabañón.

- Ya, y yo soy Franco, no te amuela...

- No, tú eres José Antonio, que te conozco. Y también conozco a Franco, que tiene un comercio de ultramarinos enfrente de mi casa. Y se llama Francisco. Y tiene bolas de anís.

Lentamente, el cielo se iba abriendo e iba entrando la luz. En la plaza se instaló una blancura inmarcesible cuya intensidad hacía daño en los ojos. La gente empezó a desfilar con parsimonia y hasta la vaca tomó de nuevo el carril para dirigirse mansamente a la cuadra, donde, si no el calor de un hogar, tenía el de la paja menuda. Y también tenía el pienso, que, tal como expuso Descartes en su día, es la confirmación “in extremis” de la existencia.

El narrador es consciente de que ha dicho a la cuadra y tal vez hubiera debido decir al establo ¿Por qué? Porque hay algunos países en los que, aun siendo del entorno de nuestro idioma, una misma palabra puede tener significados diferentes, induciendo a confusión, como puede verse en este texto de Borges: “Lento el andar, en la posesión de la espera, llego a la cuadra y a la casa y a la sincera puerta que busco”. No obstante, en los pueblos de La Carballeda zamorana, el establo se asocia mayormente con el Portal de Belén y, éste, debido a sus connotaciones ecuménicas y religiosas, ha gozado siempre de la consideración de impoluto, algo que evidentemente no trasmite la cuadra. Por otra parte, es cierto que la cuadra tiene un nombre menor: la corte, pero todo el mundo dice que la corte está en Madrid y que de tales identidades nominativas sólo pueden salir inconveniencias y mancillamientos, dados los agravios de contenido.

- A ver si te embiste el Minotauro, Fernando, que tú no pasas desapercibido y el laberinto tiene los carriles estrechos.

- Más los tiene la vida, Juan, y, de una forma o de otra, por la vida vamos airosos. Además, ya se ha roto el hechizo y el que antes fue Minotauro ahora es sólo una vaca.

- Nada es del todo lo que parece –arguyó Juan con una cierta ironía-, pero, por más que las cosas descarrilen, todo vuelve a su esencia primigenia. La nieve se licuará y el laberinto será tierra de nuevo. Eso sí, tierra mojada. La tierra se hará barro y el barro se hará polvo. De manera que en el polvo confluiremos, allá por el verano, porque en verano volvéis, ¿no?, calculo... Y, mira, cuando el verano se agoste, confluiremos en el polvo de la eternidad, que es ceniza y es frío...

Durante unos instantes, la vaca de Severiana fue una estatua de nieve y de belleza. La de Eleuterio había sido en su día un modelo de canto y de fornicación. Si las vacas de la India embistieran no podrían ir sueltas por las ciudades, sorteando los automóviles, engullendo los lotos de los jardines, sacralizando sus rumios bajo una estatua de Buda o de Vishnú. La vaca de Severiana era un poco toruna en las maneras, pero no fue nunca machorra. Parió varios terneros en su larga vida. El último le vino atravesado y... ¡Bendito sea Dios!: se los llevó la parca. Pero eso fue más tarde, en los tiempos de la prosperidad, en los que Isidro había salido del pueblo para hacerse un hombre.


Mariano Estrada http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
Blog http://paisajes.blogcindario.com/
Poemas recreados: http://groups.google.com/group/paisajes-literarios

7 comentarios:

  1. Divertido relato el de la vaca Severiana. Todos los pueblos ganaderos han tenido algún astado bravucón, que la gente temía más que al diablo. Solían pasar las reses por el pueblo al atardecer,abrevando por los caños, las que se suponían mansas y las que no lo eran tanto.A estas se las barruntaba ya de lejos entre carrreras y ademán altanero. Nunca pude acostumbrarme a caminar entre esos bichos, sobrecogida con el recuerdo de las hazañas de los bravos en las dehesas. Historias truculentas que mis tíos ganaderos nos contaban entre risas y aguardiente,a buen seguro para que los chiquillos no saltáramos las cercas y probáramos a llamarlas a ver si se arrancaban.
    ¡Y pensar que corre por mis venas sangre salmantina, patria de toreros!

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  2. Divertido relato el de la vaca Severiana. Todos los pueblos ganaderos han tenido algún astado bravucón, que la gente temía más que al diablo. Solían pasar las reses por el pueblo al atardecer,abrevando por los caños, las que se suponían mansas y las que no lo eran tanto.A éstas se las barruntaba ya de lejos entre carreras y ademán altanero. Nunca pude acostumbrarme a caminar entre esos bichos, sobrecogida con el recuerdo de las hazañas de los bravos en las dehesas. Historias truculentas que mis tíos ganaderos nos contaban entre risas y aguardiente,a buen seguro para que los chiquillos no saltáramos las cercas y probáramos a llamarlas a ver si se arrancaban.
    ¡Y pensar que corre por mis venas sangre salmantina, patria de toreros! Ascensión.

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  3. Buena sangre la salmantina, Ascensión, porque puede saber a totos y a toreros, pero también a sabiduría y a universidad. La de Salamanca fue una de las más prestigiosas.
    Las vacas, en nuestra zona, tenían la misión del trabajo. Subsidiariamente, producían algunos terneros y leche. Para el consumo propio, sobre todo. Eran mansas en su inmensa mayoría, pero siempre había alguna que miraba con el ojo atravesado, como la de Severiana.
    Y entre todas ellas, dominando el panorama como un donjuán, estaba el toro. El semental. Su razón de ser era la reprodución y no tenía otro oficio que cubrir a las vacas. Y a éste sí, a éste se le tenía un poco de miedo.
    Gracias por contarnos tus experiencias vaqueras y hacerlo de una forma tan clara y tan precisa.
    Un abrazo

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  4. Excelente y sentido relato Mariano.
    No se si es fruto del recuerdo y la inspiracion, pero en cualquier caso eso transmite.
    La añoranza de tiempos de infancia e imagenes similares me ha hecho recordar a las vaquillas de mi pueblo manchego, solo que éstas eran bravas y estaban en el campo. Por San Miguel, veías recorrer la calle Jerónimo Frías a los mayorales a caballo, que con sus varas y entre cabestros, conducían a las vacas hacia la plaza. No había encierros, no había chiqueros, sólo las vacas, algun novillo, siempre regalo de la familia ganadera, y las vaquillas.
    Sorteadas, toreadas, inndultadas y muertas en la carnicería nos daban al día siguiente un extra de carne, carne inhabitual en su sabor, nueva por su color obscuro, pero rica y sabrosa. Aún me viene al paladar ese sabor de "chichotas fritas", o de estofado comido entre risas con patatas.
    ¡Que recuerdos!. Gracias.
    Mairena

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  5. Hola, Mairena: bonitos recuerdos, los tuyos. Me alegro de que la vaca de Severiana haya servido de reclamo...
    Todos los que tenemos cierta edad, tenemos recuerdos asociados con el campo y con los animales, de una manera o de otra. Creo que de ese contacto se derivaban grandes beneficios.
    En nuestra zona, las vacas eran mansas y su destino era el trabajo (en menor medida, como he dicho anteriormente, la reproducción y la leche).
    Gracias por tu bonita aportación

    Por cierto: la vaca de Severiana existió realmente. Y Severiana también, que aún vive. La historia está montada con pequeños elementos de realidad y cambiando los nombres de los personajes, menos el de Severiana, una mujer que siempre fue una referencia en el barrio, y casi te diría que en el pueblo.
    Un abrazo

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  6. Casi a dos meses de que mi abuela Severiana ya no esté entre nosotros, leo una vez mas este relato y me hace sentir un poco mas humano, no tanto como mi abuela que como bien dice Mariano era una referencia en el barrio porque detrás de su personalidad sólo había sencillez y eso era lo que la hacía ser realmente humana. Gracias Mariano por ponerme este gustoso nudo en la garganta, muchas gracias por recordar a mi abuela de esta manera tan graciosa y locuela que tenemos los Carbayo-Mayo. MIL GRACIAS!

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  7. Hola, Anónimo: puedes estar seguro de que a tu abuela Severiana será recordada por muchísimo tiempo. En el barrio era una institución. La puerta de su casa era un punto de confluencia vecinal. La cantidad de gente que se reunía allí las noches de verano, madre mía. Con la cazuela de sopas, con la risa, con la palabra...
    Qué pena que se haya perdido esa extraordinaria convivencia. Pero, claro, apenas queda gente...
    Un fuerte abrazo

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