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domingo, 16 de octubre de 2016

La madriguera


Madriguera de conejo. El Charco, Villajoyosa



La madriguera

Los conejos del Charco fueron convocados a una asamblea extraordinaria y urgente. Algunos se olían que iba a ser también peliaguda.
     -¿Qué pasa? ¿Por qué nos reunimos?
     -Porque tenemos que dilucidar.
     -¿Sobre qué? ¿Qué ha pasado?
     -Se ha detectado un okupa en las madrigueras del hondo.
     -¿Cuál de ellas?
     -La 27.
     -Vaya, esa es la madriguera de Darco, el Bueno.
     -¿Y quién la ha ocupado?
     -Gene, un joven que procede de los derrumbaderos del Carrichal, que quedan fuera de nuestros dominios.
     -¿Del Carrichal? Entonces habrá que aplicarle la ley de extranjería.
     Comienza la reunión sin otros preámbulos que el respetuoso silencio de los conejos, empresa nada fácil de conseguir, ya que eran tropecientos y la madre, una coneja respetada por la generalidad.
     -Vamos a ver, Gene –dijo el presidente-. ¿Por qué has ocupado la madriguera de Darco?
     -Yo no he hecho tal cosa, yo solo he entrado en una madriguera.
     -No es una madriguera –replicó Darco-. Es mi madriguera. Yo la excavé con mis propias uñas.
     -¿Ah, sí? ¿Y la has inscrito en el registro de la propiedad?
     Obviamente,  Darco no sabía lo que era el registro de la propiedad. Gene venía de otro mundo, de otra cultura. El Presidente se vio en un apuro, ya que él tampoco sabía lo que era el registro de la propiedad. Pero como era inteligente e  intuitivo, dijo:
     -Querido Gene: no quieras imponernos las normas de tu país, que por lo visto es muy avanzado. Aquí vivimos un poco rezagados y nos regimos por las leyes primigenias de la naturaleza.
     -Pues si no registráis la madriguera no podréis hipotecarla.
     -¿Y para qué queremos hacer tal cosa, Gene, si no sabemos ni lo que es?
     -Para obtener recursos.
     -¿Recursos?
     -Sí, para adquirir más terrenos y hacer más madrigueras, grandes urbanizaciones de madrigueras.
     -¿Para qué?
     -Para venderlas a los conejos que no las tienen y poder seguir adquiriendo terrenos…
     -¿Y para qué tantos terrenos, si aquí tenemos más de los que necesitamos…
     -Pero no son vuestros…
     -¿Cómo que no? Aquí han vivido en paz nuestros antepasados. Tenemos ganado el derecho de prolongación.
     -Ya, y los propietarios tienen ganado el derecho de pernada.
     -¿Quieres decir que pueden violar a nuestras hijas?
     -Pueden violarlas, matarlas con una escopeta y freírlas en una sartén. Pueden taparos la boca de la madriguera, para que os quedéis sin aliento.
     -Con ese riesgo hemos vivido siempre.
     -Pues hay que acabar con él. Hay que registrar las madrigueras, hay que pagar impuestos. ¿Sabes lo que es el IBI?
     -No, Gene, ya te he dicho que aquí somos antiguos.
     -¿Antiguos? Sois más que antiguos, amigo, sois presocráticos, incluso prehistóricos.  El IBI  es un impuesto que el estado te cobra por vivir en tu casa. Si la registras y la habitas y pagas el IBI, entonces ya no hay dios que te la ocupe.
     -¿Y por qué has ocupado tú la de Darco?
     -Para abriros los ojos. He querido demostraros que la vuestra es una comunidad insegura. Que os podéis quedar en la calle en cuanto se percaten de ello los indigentes de las comunidades vecinas.
     -¿Indigentes? ¿Y no serán avispados como tú, Gene?
     -Oye, no te consiento…
     -¿Qué no me consientes? Has venido aquí a sembrar una cizaña que nos perturba. Nosotros somos seres pacíficos, humildes y “convivenciales”. Lo que tú nos propones es una guerra de intereses, un sinvivir, un caldo de cultivo para el estrés, el empujón y la zancadilla.
     A Gene se le empezó a cambiar el color. Darco, en cambio, se reía. Se reía por fuera y por dentro. La suya era una sonrisa de conejo feliz, la sonrisa de alguien que acaba de recuperar la tranquilidad, el sentido y la vivienda.
     -Propongo –culminó el presidente- que por unos momentos nos convirtamos en galgos y persigamos a Gene hasta los confines de nuestro territorio, allá donde se pone el sol. Que se vaya al Carrichal a proponer a los suyos el negocio que vino a proponernos aquí. A ver si en su país le permiten hacer urbanizaciones de madrigueras e integrar a los conejos en la desalmada civilización de los humanos, esos bípedos que, además de escopetas y de perros, disponen de registros de la propiedad.
     La reunión contaba con dos mil asistentes. Gene no se atrevió a correr delante de ellos, porque le hubieran sacado la piel a jirones. Prefirió someterse a la vergüenza de agachar las orejas y dejarse llevar por la patrulla canina de los que, siendo pacíficos conejos, gozaban por un día de la licencia de los galgos. En realidad, quedaron muy decepcionados por el hecho de que Gene, además de un intruso maligno y muñidor, fuera realmente un cobarde.
     Mariano Estrada, 16-10-2016

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