Rosa, desfile en el hotel Montiboli, Villajoyosa
Del prólogo de Azumbres de la noche
…En alguna otra ocasión he hablado de la poesía como de
un ejercicio personal, proclive a la autorreferencia, que germina en la soledad
y no pocas veces se cierra en un solipsismo centrípeto, como un remolino que se
abisma en su interior. Y a tenor de lo que he dicho más atrás, parecería que
nos encontramos ante una poesía ensimismada, salvo en la imprescindible
orientación hacia la otra persona que, en cuanto poesía amorosa que es, tiene.
Pero no estoy nada seguro de que ello sea realmente así cuando hablamos de
“esta “ poesía. Aunque temáticamente estamos ante una poesía de amor, éste no
actúa como otro componente del mundo, al que someterse con olvido de los
restantes. Al contrario: el amor, lejos de todo autismo, unce los elementos
todos de una naturaleza esplendente, de un entorno asombrado, poblado de
espadas y hojas de laurel, cántaros y labios, colores de cielo o de miel. Es
ésta una poesía, aunque amorosa, de la naturaleza global, en la que pueden
sentirse acogidos cuantos sean capaces de apreciar, si no el sentimiento
personal del autor, sí el universo en que éste se aposenta. Quizás no sea tan
importante, en la poesía de Mariano Estrada, el tema de un poema o de un libro,
como la contundencia vital de su expresión poética, que no conoce ni la reserva
sentimental ni la frialdad aséptica. Aunque los poemas de este autor –y me
refiero a las composiciones de cualquiera de sus libros- no son siempre poemas
de amor, son, en todos los casos, poemas amorosos. Démosles paso ya.
Ángel L. Prieto de Paula,
Catedrático de literatura de la Universidad de Alicante.
