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lunes, 25 de abril de 2011

La desgracia tenía nombre de perro

Foto M. Estrada


La desgracia tenía nombre de perro

A mis hermanas Charo y Tere, que recordarán muy bien estas cosas.

Transcurrida la primera juventud, cuando Isidro ya era, sin remedio, todo lo hombre que se podía ser desde su metro sesenta y cinco de estatura, algo más dotado en inteligencia, pero no lo suficiente como para entrar en los servicios de espionaje, y algo más dotado de corazón, aunque no haya muerto de amores finalmente, ni haya dado el alma a ciertas causas honrosas con más o menos grados de humanidad. Es decir, cuando Isidro era el hombre que sus padres, ya muertos, hubieran deseado que fuera... Entonces, sólo entonces, Isidro se dio cuenta de que los paraísos perdidos son los únicos cielos posibles, ahora y en la hora de nuestra muerte, incluso antes y después. Pero sus padres, que habían arrastrado sus cuerpos por aquella tierra tan dura y tan poco generosa en su correspondencia con las inexcusables abnegaciones, le habían dicho siempre que él estaba llamado a otras cosas más altas: más grandes y más altas. Sin embargo, desde la ciega transparencia de los besos, Isidro veía aquellas otras cosas como una caverna de oscuridad.

- ¿Qué cosas? –preguntó, plasmando en la pregunta todos los temores del mundo.

- Tenedor de libros, hijo, un oficio de sabios –contestó su padre, con tono de seriedad y de respeto.

¿Tenedor de libros? Tornadera de diccionarios. Horca de palabras. Pincho malo. Mala espina... ¿Qué oficio era ése? ¿Cómo se tenían los libros, quién te los daba? ¿Y dónde había que tenerlos, y para qué? ¿Y había que estudiar para ser una cosa tan tonta? Un mundo incomprensible, una cueva oscura. Cada vez que veía un tenedor lo veía clavado en el Catón, único habitante, en libros, de su casa, para luego transformarse en un tridente sostenido por un demonio. Yo te arrojo al averno... También se imaginaba de rodillas, con dos gruesos diccionarios en cada mano y la maestra expectante y vigilante para que no se inclinara el ecce homo de los castigos, la balanza justiciera de los brazos en cruz... Tenedor y cuchillo, a veces cuchillo solo. “Esos brazos, muchacho, arriba España”.

- Yo no quiero ser esa cosa –concluyó tajantemente.

- Bien, pues serás ingeniero de caminos.

Y entonces se veía de caminero, como Ambrosio el Zurdo, con una pala al hombro paseando por los bordes de la carretera, diz que arreglando las cunetas ¿Cun eta mano o cun eta ota? La carretera era de grijas y gravilla, coches no había casi ninguno, los carros campaban a su antojo tirados por su lenta caballería rusticana, tanto por carreteras como por caminos, incluso campo a través ¿Qué tenía que hacer allí un ingeniero?

- Sustituir al burro –dijo Juan, entre brómulas y vérulas. Y como Isidro se quedara mirando, puntualizó:

- Los burros van por lo fácil, es verdad, pero hacen muchas curvas y los coches de hoy en día se saldrían por la tangente.

El carro en el que viajaban emitía unas sonatas de alta pedrería de granito y regios golpes de tango, que en las cuestas arriba era un tango de lentitud, parsimonioso y eterno El cielo era azul y contrastaba con los colores melosos del otoño: robles ocres, castaños y chopos amarillos... La temperatura era suave, casi veraniega, y la tarde se inclinaba hacia un ocaso de sombra venturosa. En aquellos momentos, la idea de que se pudiera ser más feliz, a Isidro no le hubiera cabido en la cabeza. Sus padres hablaban y reían, él oía y callaba, sentía y se empapaba. Nada más. El carro prolongaba su concierto de ejes contra bujes, de quejumbres extraídas a las maderas, de llantas que se batían machacona y tenazmente con los morrillos. El amor tenía el tamaño de los árboles, de los montes, de las amplias lontananzas que abarcaban la imaginación y los ojos.

¿Quién podía pensar, desde la afabilidad de esos instantes, que el tiempo atmosférico iba a dar una vuelta de campana para transformarse en aquella horrible tormenta en la que los cielos resplandecían y se resquebrajaban y la lluvia caía con una intensidad aterradora?

La Serrería de Donado tenía las puertas cerradas, de modo que descargaron los troncos que, no sin ciertas dificultades, habían cargado anteriormente en el sobrante de Valdelaseras. Dificultades provenientes de que una de las vacas estaba a medio domar y quiso andar a la contra. La Virgen de La Peregrina, cuya romería se celebra en septiembre, solía traer unas lágrimas copiosas en otoño, pero no en su dimensión de diluvio universal, como era el caso, ni en sus retumbes de dios escandinavo y enfurecido, sino con ponderada intensidad y no menos clemente mansedumbre. ¿Habría pecado alguien de soberbia, que es pecado fanático e inmundo?

Descargados los troncos, cosa que hicieron con soltura y con apremio, el cielo se rompía en largas grietas eléctricas que, no por casualidad, sino por algo semánticamente parecido, se convertían en fuegos deslumbrantes que, a su vez, dejaban en la noche una oscuridad infinita. Tanta que los ojos, tras aquel aparato incandescente, se quedaban inservibles durante unos interminables segundos, incluidos los ojos de las vacas que, sin gobernante y sin timón, se salían de la carretera por sus tangentes sin curva. Juan no sabía qué hacer, salvo tratar de encarrilar a aquellos pobres animales desorientados desde unos ramalillos invisibles y escurridizos. Ana apretaba a su hijo contra su corazón, donde también apretaba sus miedos. Finalmente, los tres se daban de bruces contra las lógicas prevenciones de las vacas que, temerosas y perdidas, acababan deteniéndose en la oscuridad de la carretera y en la incertidumbre repentina del mundo. Con acertada decisión, el carro había quedado aparcado en la Serrería.

- ¿Sabéis lo que podemos hacer? –dijo Isidro, que parecía el más clarividente de los cinco.

- ¿Qué? –respondieron sus padres a una. Las vacas no dijeron ni mu, pues aunque a veces se expresan claramente en el lenguaje de Brahma, los intrépidos bramidos de Thor las habían acobardado y enmudecido.

- Pues, mirad, yo cierro los ojos y los aprieto bien con la mano hasta que pasen los relámpagos. Luego los abro y os guío. Vosotros me avisáis cuando terminen los resplandores...

Esa fue la forma en que a Isidro, de quien su padre decía que era listo como las avispas, pero no creía que tanto, se le había aparecido la Virgen de la Peregrina, patrona de un pueblo tan pequeño que casi podía meter todas sus casas, incluidos los pajares y los corrales, en aquel esplendoroso santuario de piedra que tanta devoción suscitaba no ya entre los vecinos, sino entre los vecinos de los vecinos de los vecinos, en un rosario extenso que trascendía las parameras de León, la Maragatería de Astorga y la famosa Burga de Orense.

Pero ello no contuvo las desatadas furias de los cielos; al contrario, tan inclementes se mostraban éstos que hicieron proferir a su padre:

-¡Lá óspera, cómo relampampija!

Por su parte, y según lo convenido, Ana estaba al quite de los deslumbramientos, esperando los principios de la oscuridad.

-¡Ahora, Isidro, ahora!... ¿Ves algo? –le espetó en el momento oportuno.

-¡Sí, sí...! –contestó Isidro, con una voz que trataba de trasmitir confianza y alegría (Él estaba seguro de su éxito, puesto que, antes de anunciar aquel plan, lo había experimentado por su cuenta). Su madre le apretaba la mano con gratitud, casi con lágrimas.

- Así me gusta, hijo –le animó- Valiente, como tu abuelo, que rompió la cincha a pedos.

La alegría era grande. La felicidad ensombrecida por la tormenta había sido parcialmente recuperada. Isidro estaba contento, casi exultante, casi luminoso; se sentía pequeño como un niño, pero útil y responsable como un David armado con pacíficas hondas de inteligencia. No era para menos, pues aquella idea feliz estaba sacando a sus padres de un apuro engorroso. Y de paso lo hacía con las vacas que, por supuesto, eran parte sustantiva de la familia. Es cierto que proseguían los chuzos y los truenos y las emanaciones luminosas y cegadoras, que el infierno no había cerrado aún sus puertas de fuego y chaparrón, que los corazones latían con la insistencia cercana del peligro. Pero allí estaba Muelas ya, de frente, más que vislumbrado intuido, a menos de un kilómetro de sus agobios y comezones, con toda la felicidad que, sin duda, se iba a restablecer a su ya inminente llegada. Lo que no pudo restablecerse tan pronto fue la electricidad de las bombillas, cuyos voltajes eran corrientes y molientes, casi como aquellos de la tahona de Peñalavega que fueron anteriores a los postes de madera alquitranados y a la catenaria repetida de los tendidos. De modo que prendieron la lumbre y el candil, se cambiaron de ropa, tomaron una cena frugal y, finalmente, después de reconocerse agraciados por el cielo, se metieron felices en la cama.

Ya de mañana, contenidas las furias celestiales y a la luz hermosa del sol, vieron con espanto que, detrás de aquel monte de alegría, la felicidad era trunca. Ahora tocaba la desgracia y la desgracia tenía nombre de perro: se llamaba Totó...

Más que un perro al uso, Totó era una especie de confluencia de manifestaciones familiares que, de otra forma, hubieran tenido una difícil canalización, algo así como un vínculo amoroso en el que todos se encontraban a gusto. Había otros perros en la casa, tres o cuatro, según, todos ellos queridos, por supuesto. Pero éste era Totó, el ungido por las estrellas, el que había nacido con bula, el que llevaba en su ingenuidad y en su descaro un trozo del corazón de sus dueños, especialmente de Isidro, quien, por haber crecido con él, tenía el alma llena de sus innumerables arañazos, de sus juguetonas dentelladas, de su inagotable y amorosa saliva.

El día anterior, por causas que no es necesario recordar, Totó había quedado amarrado a la cancela de un cobertizo, hecha de tablas de roble a media altura y colocadas de punta. Al parecer, el perro se había asustado con la tormenta y había tratado de saltar hacia la parte de dentro, donde acaso esperaba sentirse protegido. Y efectivamente, saltó, pero la cuerda a la que estaba atado era corta. No llegó al suelo, a pesar de que el pobre lo intentó con desesperación, estirando completamente las patas. Cuando Juan se percató de la desgracia, tenía la lengua fuera y estaba rígido y frío, tal como corresponde a un cadáver.

En la casa quedó un tufo de dolor, un ahogo triste y un halo de resignación y de muerte. Isidro lloró con soledad, con impotencia, con la amarga desesperación de un niño indefenso. De nada le valían los consuelos, tan poco convincentes, que trataban de darle sus padres. Después de todo, los corazones de sus padres también estaban llenos de desolación y de angustia. Totó era un perro lanudo que tenía un cascabel dorado y una cara de bendición y de mimo.

Mariano Estrada http://www.mestrada.net/ Paisajes Literarios
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