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domingo, 4 de noviembre de 2012

El otoño y el mar



El Charco, Villajoyosa. Foto M. Estrada


El otoño y el mar

Esta tarde he salido a ver el otoño y me he encontrado con el mar. Podía decirlo de otra forma: esta tarde he salido a ver el mar y me he encontrado con el otoño. Ellos, al igual que mi subconsciente, sabían que los iba a ver a los dos, por eso estaban juntos y meneaban la cola. Yo no sabía nada, pero es que, de los cuatro, yo soy el único que no se entera de la misa la media. La media la perdí en el último atraco y en misa no me pillan, ésa es mi disculpa. ¿Tendré que decir que he disfrutado? Pues sí, he disfrutado. Y mucho. El mar me recibió con la palidez propia de una tarde de otoño, pero con una cierta bravura. Tuve que fruncirle un poco el ceño. ¿Qué pasa contigo, hombre, de dónde te viene hoy esa furia? En cambio el otoño estaba tierno y manso. Y me dijo: soy tuyo. Y me besó. El otoño tiene los besos muy dulces, como caramelos. Hacía un poco de viento, pero el viento se fue con el sol, a la caída de la tarde, también se marchó mi subconsciente y yo quedé a solas con el mar y el otoño, que es lo que trataba de conseguir.

El mar no se va nunca, claro. ¿Cómo se va a ir, el pobre, y adónde, si nadie puede meterlo en su casa? Yo lo metería, pero ahogaría todas las plantas y mi mujer no quiere. Además, se iba a aburrir mucho, porque ya no está la Noah para ladrarle. Los gatitos sí están, pero solo de vez en cuando. Además,  se ahogan en un vaso de agua. Los que no se ahogan son los picudos, los bichos que se ceban en las palmeras, a ésos no hay forma de ahogarlos, tampoco el mar los ahogaría, seguro, aunque yo lo trajera a mi casa. Son como dioses emergentes: aspiran a la inmortalidad. O tal vez como reyes, que se conforman con los privilegios de Palacio, intocables y muchos.

El otoño está ahí hasta diciembre, pero dicen que del 21 no pasa. Para entonces ya será viejo y morirá. A partir de ese momento, el mar quedará  frío y empezarán a rechinarle los dientes, que los tiene dispuestos y afilados.  Por eso viene el invierno, porque el mar se siente abandonado, triste y solo. El 21 se lanzará a la piscina, si es que no lo hace antes. Los árboles quedarán completamente  desnudos, como el corazón de los que han dejado de amar, y las olas se batirán en duelo contra las rocas de los acantilados, hasta que se despierte nuevamente la primavera. Y es entonces, solo entonces y nada más que entonces, cuando surgirán de verdad los brotes verdes. Que ningún gobierno se empeñe en decir otra cosa.

Jinjoler (azufaifo) y almendro, sobre alfombra de trébol. El Charco, Villajoyosa. Foto M. Estrada


Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

2 comentarios:

  1. Excelente post!!! Disfrutemos del otoño y su hermoso colorido aun sin tener el mar cerca.
    Un abrazo

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  2. Hola, Ceditas: aunque vivo junto al mar desde hace muchos años (casi cuarenta), mis otoños más recordados están lejos de aquí, en un lugar donde los árboles son de hoja caduca, con predominio del roble. Naturalmente,suelen ser espléndidos. Gracias por tus palabras. Un abrazo

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