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martes, 25 de octubre de 2011

Memorias del ahogo

Tomado de internet sin ánimo de lucro


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Memorias del ahogo

La tarde son dos árboles
entrelazados que anteponen
su vista a la del mar,
que es un gozo perenne
y a menudo también una tragedia:
un barco,
un cuerpo,
un vendaval,
un oscuro presagio, la expresión
negra del agua
en la garganta del ahogo.

Se oye el tic-tac de los relojes
insobornables
que martillean el naufragio
de una forma obsesiva,
pero no se registra en la mirada
ni un solo movimiento
que confiera vitalidad
al escenario
cautivo de la muerte.

El mar es una ola ensimismada
de tiempo y  de dolor
que el corazón no logra
descabalgar de la retina,
un tambor insidioso que acentúa
la amenaza constante
de un agua procelosa
y eternamente quieta.

Las pupilas rezuman
un anhelo frustrado de humedad.
Hay espanto en la luz
y la razón zozobra.
La amargura recorre los azarbes
de una memoria fría,
mientras llueve metal en las profundas
arterias del espíritu.

La realidad se esconde
detrás de un cuadro sepia
que la conciencia rumia en soledad.
El silencio es un grumo
efervevescente
de arañas cerebrales
que aún no han sido enterradas.
Y en los tumbos del aire,
-a pesar de los cantos de los pájaros-,
se percibe una cruel melancolía
que desbarata
la paz y la convierte
en una sed amarga,
en un deseo íntimo de tierra.

Y sin embargo hay vida
detrás de esa conciencia
mortificada.
Porque la tarde ya es un tigre
vencido por la oscuridad
y la noche es un bálsamo de seda
que las sombras le ponen al dolor.

Detrás está el relámpago
de la esperanza,
ese flujo latente,
ese aliento que vive en el rescoldo
dormido de la noche,
allí donde la luz es un volcán
que siempre resucita.

Del libro “Las orillas del mar”

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

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