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domingo, 20 de diciembre de 2009

Trozos de cazuela compartida







Trozos de cazuela compartida



La estampa nocturna de la vieja cocina de la casa era un pote negro y barrigón, alrededor del cuál, depositadas en el suelo, se juntaban hasta nueve cazuelas de barro (algunas de Pereruela), a cuyos fondos se habían adherido las finas rebanadas de pan que las sopas de unto requieren.


En el llar, bajo la enorme campana, casi tocando la placa de la pared, ardía animadamente una lumbre sobre la que colgaba un caldero de latón ennegrecido que contenía el “escaldao” de los cerdos, personajes de peso imprescindible en la sobria economía de la familia.

En los laterales del hogar, perpendiculares a la pared sobre la que el fuego chisporroteaba, había dos escaños oscuros de madera que, a la hora de las sopas, nunca se encontraban deshabitados. En el hueco que quedaba tras ellos se actualizaba regularmente la leña, que, al margen de las cepas de urz, solía ser de troncos troceados de roble. A falta de ratones, algún que otro gato ronroneaba apaciblemente al arrimo meloso del calor.

El movimiento trascendente lo establecía acompasadamente mi madre, con el cuerpo, con el brazo, con el cazo. Luego, sin ser la nuestra una familia de devotos, se generaba un auténtico y silencioso rosario de peregrinación hacia la cazuela, cada uno hacia la suya. A partir de ahí, la cocina se convertía en un animado refectorio familiar, especialmente en la larga temporada del invierno, cuando las bajas temperaturas nos impedían salir al ancho comedor de la calle, donde las puertas estaban siempre abiertas a la inmensidad de un espacio apenas interrumpido por los árboles de la plaza de Matalera…


TROZOS DE CAZUELA COMPARTIDA

A mi madre,
que hizo posible la cazuela.


Quien haya estado al fuego de un madero
hilando corazón, ceniza y brasa,
¿adónde mirará sino a la casa
que vive en los vapores de un puchero?

¿Adónde mirará sino al caldero
que cuelga de la noche por un asa?
¿Y qué recordará si no traspasa
los muros, los balcones, el alero?

Yo vuelvo a la niñez por el sendero
del gato, del vasar, de la tenaza...,
testigos del amor y de la vida.

Y vuelvo a ser feliz junto al leñero,
hilando humanidad con pan de hogaza
y trozos de cazuela compartida.

Del libro Trozos de cazuela compartida

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios
Blog http://paisajes.blogcindario.com

2 comentarios:

  1. QUE BELLO MARIANO,ME RECUERDA MI INFANCIA Y ADOLESCENCIA,MI MADRE CON SU FOGON A LEÑA,LA OLLA DE HIERRO NEGRA,DE POR SI Y POR EL HUMO.DE TRAER LA LEÑA NOS ENCARGÁBAMOS NOSOTRAS,LAS HIJAS:3 EN TOTAL,MI HERMANO MAYOR CON EL ARADO DE ASIENTO EN TAREAS DE CAMPO Y MI PADRE EN TAREAS DE OFICINA Y COMPARTIR MOMENTOS EN LA CHACRA.QUE EMOCIONANTE,RECORDAR ESA HORA DE COMPARTIR LA MESA EN FAMILIA,HABLANDO TODOS A LA VEZ,UN BOCHINCHE!!Y MI MADRE...PACIENTE ,TRANQUILA,SIRVIENDO LOS PLATOS DE UNA SABROSA Y HUMEANTE CAZUELA.NO LO OLVIDARE JAMÁS.RECUERDO TODO ESO, HASTA EL RATONCITO BLANCO QUE SE ASOMABA CERCA DEL RESCOLDO EN NOCHES DE INVIERNO.GRACIAS MARIANO POR EMOCIONARME EN ESTA MAÑANA.UN ABRAZO.

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  2. Hola, Marisol: en tu comentario se prerciben perfectamente las emociones que has sentido al revivir estas cosas de tu niñez, que son similares a las a las que vivi yo en la mía. Y es que las cosas del campo, con sus variantes, eran en todas partes muy similares. Luego vinieron las máquinas y esas cazuelas compartidas pasaron a mejor vida. Y el campo pasó a la industrialización, en unos casos, y en otros al abandono...
    Un abrazo.

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