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viernes, 15 de junio de 2012

Árboles y desiertos: Memorias del olivo



Campo de olivos, Relleu (Alicante). Al fondo el Puig Campana.


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Árboles y desiertos: Memorias del olivo


En la localidad alicantina de Tárbena, que es una joya perdida-ganada-reconquistada-repoblada, queda uno de aquellos dos “cipreses de bronce” a los que se refirió Gabriel Miró en su libro “Años y leguas”. Gerardo Diego inmortalizó “El ciprés de Silos” en un poema que no necesita presentación. José María Gironella, autor que ahora es muy poco recordado, legó a la posteridad un libro que se titula “Los cipreses creen en Dios”. Por su parte, Miguel Delibes nos advirtió de que “La sombra del ciprés es alargada”.

Lo que quiero decir es que, en esta bendita tierra, de una forma o de otra,  los árboles han tirado mucho de las plumas de los escritores, de las egregias y de las que no lo son tanto.

La obra de Antonio Machado está sembrada de álamos, de pinos y de encinas. Además, específicamente, don Antonio escribió el  poema “A un olmo seco”, que todos conocemos desde la escuela. Claudio Rodríguez dedicó uno de los suyos a “Los almendros de Marialba”. Camilo José Cela, tras años de trabajo y tozudez, nos dejó su “Madera de boj”, que en realidad es un recuento de muertos en la tumultuosa Costa de la muerte.  Rafael Sánchez Ferlosio describió de una forma increíble el fantástico castaño de “Alfanuhí”, que era todo él de colores. Marina Mayoral se ha pasado algunos ratos de su vida escribiendo “Bajo el magnolio”. Santa Montefiori lo hizo “A la sombra del ombú”...

Y, salvando las distancias, yo mismo tengo un libro titulado “Hojas lentas de otoño” que, además de hablar de la muerte, habla de las hojas del roble, árbol que le da nombre a la tierra donde nací, la Carballeda zamorana. Y en la tierra alicantina de la Marina Baixa, en la que vivo desde hace 37 años, escribí “Desde la flor del almendro”…

Esto es sólo un apunte, naturalmente. Un apunte sacado a vuela pluma de los posos de la memoria, a la que fueron pegándose tras persistentes y desordenadas lecturas.  No es, por tanto, un recuento. Y mucho menos un recuento exhaustivo, cuya realización requeriría tiempo y paciencia. Si alguien tiene estas cosas, yo le cedo gratuitamente la idea. Puede ser un trabajo gratificante.

Sin embargo, para mis inmediatos propósitos, con lo dicho hasta aquí tengo más que de sobra. Porque mis inmediatos propósitos se reducen únicamente a llamar la atención. ¿Sobre qué? Veamos:

Es verdad que nuestra literatura está llena de árboles, como no podía ser de otro modo, ya que, en términos generales, hemos vivido siempre entre ellos. El problema es que en determinadas regiones españolas, especialmente del Sur y del Este –y siempre según los entendidos- está empezando a oler a desierto. Y esto es algo por lo que debiéramos estar preocupados ¿Lo estamos? Yo sinceramente lo dudo.

Un abrazo

Memorias del olivo

Regreso al corazón
donde la noche,
con su alud íntimo de dudas,
me ofrece un arrabal
          de hidropesía y piedra.

Y aunque es la luz del alma
un ojo diametral
o contrapunto ciego,
la luna,
con sus óvalos altos de ceniza,
persiste en derramarse en
esos troncos de sed, en esas
memorias
               tristes
                        del olivo.

Del libro “Desde la flor del almendro”

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

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