Buscar este blog

miércoles, 23 de mayo de 2012

El monstruo de piedra



El monstruo de piedra, playa del Bol Nou, Villajoyosa. Foto M. Estrada


El monstruo de piedra

A las tranquilas costas de Villajoyosa  llegó un día un monstruo de piedra que era algo así como un cíclope, con la salvedad de que llegó con todos  sus ojos. Fue mucho antes de que el doctor José María Esquerdo, eminente hijo de la localidad, construyera la residencia de La Pileta frente a la playa del Paraíso.

Tenía hambre y comió, tenía sed y bebió, tenía calor y se dio un chapuzón refrescante  y placentero en las cálidas aguas del Bol Nou, donde recala con frecuencia  cierto poeta peludo de origen zamorano. Allí tomó casa y postura, no sin antes consultar al ministerio de Medio Ambiente, o a su equivalente en la época,  todo lo concerniente a la futura  Ley de  Costas.  Finalmente, se sintió tan a gusto que decidió quedarse sentado, como el indio más vago del  mundo, un mundo que a partir de entonces fue Nuevo para que Dvorak tuviera su sinfonía.

Decidió quedar sentado, como digo, hasta que lo consumiera íntegramente esa diosa con uñas denominada erosión, cosa que ocurrirá en el instante en que dejen de erotizarlo las nereidas en sus visitas nocturnas y alevosas, llenas de violencia concupiscente, o, en su caso, hasta que  Poseidón lo llame a zafarrancho de combate.

Tiene los pies  anclados en la arena, bajo el agua, porque cree que así oculta unos grillos que en puridad solo lleva en la cabeza,  donde sus cantos, persistentes y monótonos, le  producen  tormentos que derivan en cierta locura transitoria,  mientras el resto de su cuerpo es azotado  por las olas con intermitente y machacona energía.

Mira siempre hacia el mar y, por su actitud anirvanada o inmovilista,  se diría que está esperando a Godot,  aunque semejante suposición no se apoya en  una verdad contrastada. A quien espera realmente es a su hermano Cristóbal, que hace muchos años fue a hacer las Américas al Caribe, donde se sabe que congenió con una hermosa india de la tribu de los Navajos, quienes, enfurecidos y cortantes, le extirparon el colon, ya que éste degeneró súbitamente  en un cáncer con plumas como consecuencia, al parecer,  de que algo extraño  se le había metido en el recto, quizás un picotazo de tucán.
  
Cristóbal volvió a España con las alforjas repletas, y aún excedentarias, pero el monstruo no lo supo jamás, ya que, después de confiscarle al Almirante el cargamento de la Niña, donde aparte del oro personal había unos sacos de setas alucinógenas, que en buena lid le correspondían,  la Reina Isabel  la Católica, dado que su consorte Fernando era un azufaifo en calzoncillos, mandó que lo encerraran en la cripta de la Iglesia de los Jerónimos, en el centro de Madrid, construida para honrar al más famoso de todos, al que llamaban por el glorioso nombre de  “El Apache”.

Ahí sigue aún, impertérrito y paciente, en este día de mayo y de las flores del año 2012, martes y no 13, en el que ha tenido la gentileza de permitirme que le hiciera  esta foto que ahora os presento.  A cambio me ha pedido que le acercara la silla unos centímetros, hacia el lado del mar, ya que ésta se corre cada vez que es lamido lascivamente  por las nereidas y por unas primas suyas, tan impúdicas como ellas mismas, que suelen venir  con fuerza en los días de temporal.

Villajoyosa, a 22 de mayo de 2012

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios



1 comentario:

  1. .
    Que manera de narrar...

    Una maravilla en verdad poeta.

    Un abrazo sin cortar tu inspiración.

    ResponderEliminar